Como lo quitamos (II)

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EL SEPELIO

 

La condición humana, las palabras de Zubieta, el supón, irrupción de Don Chilo, otra vez la guerra.

¿Morir es irse y ya?

Tres días nomás de sufrimiento de semisopor, de ir con la mente de aquí para allá hasta que suave, leve, tenuemente, navegando, suspendido en el éter pensando en cuando jugaba en la poza del pueblito lejano y con el olor de guayabas en sazón Wilfredo murió.

En gobierno, todo es un ovillo sin punta. Unos a otros se ordenan tareas y nadie hila una idea clara; lo que no obsta decir al preclaro poeta y orador local Píndaro Zubieta que vaya preparando la oración fúnebre, con los mil requisitos que ésta lleva, porque ya se avisó de la Presidencia de la República que vendrá al sepelio el titular del Poder Ejecutivo Federal.

El emérito maestro Zubieta glosador de símbolos patrios y gobernantes en turno, trabaja febrilmente buscando las oraciones que rompan estrellas, las frases que estallen en luces de bengala para que en esa última despedida al ex gobernante, el gobierno, el Estado, él mismo, todos queden bien. Ah…y recuerda el maestro al escribir, que entre frase y frase oropelesca hay que recalcar la desaparición del pistolerismo en el Estado.

Mientras el maestro trabaja en el discurso, la noticia, difundida a nivel nacional, sorprende, las versiones, contradictorias, dan diversidad de móviles y los testigos,  –como si el agazaparse fuera la mejor protección– no dicen esta boca es mía.

La viuda, elegante, señorial, pide justicia y los diputados, testigos de todo, como moderno Senado Romano, tibiamente condenan a su Brutus: y desde aquí, exequias, juicio y datos duros se cubrirán con un velo de misterio.

Desde que recibió el telefonazo presidencial, el licenciado Virgilio Fabila Amaro, dubitativo sabe en el fondo que es una orden, pero conociéndose sabe también lo difícil de la tarea. ¿Estaré hecho para gobernar? Y su personal balanza de sus virtudes se inclina para uno y otro lado. Y para lanzar más lumbre al incendio, ya leyó las Constituciones Federales y locales y vio que no llena los requisitos legales.

¿Y no aceptar? El, hombre de Estado, es también hombre del presidente.

Ni modo.

En esos días, el radio te ofrecía al Panzón Panseco y las canciones de Lara. Unos años después, La policía siempre vigila o Las aventuras de Carlos Lacroix  mantendrán a los tlalolcanos quietecitos en la casa.

La sala se inundaba con música y chistes, cuando la noticia suspendía la programación: Como es sabido en la cercana Tlalolcán se suscitó un zafarrancho en el que resultaron heridas varias personas, entre otros, el gobernador de la entidad… quien nos informan que acaba de fallecer seguiremos informando.

Eso era más que todo. La escueta noticia por la estación que era la voz de la América Latina desde México, se oyó en todo el país.

No muchos años después, crímenes famosos iban a hacer personajes de leyenda a Goyo Cárdenas e Higinio Sobera de la Flor, y serían éxitos tan grandes que en las noches, escurriéndose por el patio vecindero al salir la voz del radio por las ventanas, cualquier viandante se tropezaba con las macetas floridas al seguir la trama.

La historia radiofónica del crimen de Arzate –si se diera– no daría para mucho: el magnicidio no contaba con el color, los personajes populares y la sangre de las  series sacadas de la nota roja. No habría saña y el asesino –hasta la palabra quedaba grande pues parecía más bien un gentleman sacando de una novela  policiaca inglesa–, era sin chiste.

La historia era más bien para pensarla, para fotografiar un estilo de vida y meterse en la psicología de los personajes principales y las personas del pueblo a quienes tocó vivir ese peculiar tiempo.

La riqueza del sucedido no estribaba en la persecución del homicida por tenebrosos callejones, la escapatoria en un veloz Packard seguido por cinco patrullas con las torretas lanzado luces rojas y amarillas y las sirenas abiertas, subiendo por calles terrosas, brincando los baches de la barriada y disparando al auto en fuga.

Definitivamente no tenía mucho color radiofónico la historia. Y menos en ese tiempo en que en la capital, la mayoría de sus habitantes no sabía donde estaba Tlalolcán.

En su muerte y sepelio Wilfredo tuvo cerca a la gente que lo quiso mucho y con los sentimientos encontrados: el dolor auténtico y el fingido. Quienes sintieron que con su pérdida, perdían el hueso, ¡chin!, y quienes vieron la oportunidad de acceder al poder.

¿Quieres saber tus virtudes? Muérete, vete al otro mundo pélate de a casquete corto, píntate de morado…

Así sucedió, de pronto, de luego con el Wilfredo Arzate Barrón: A pesar de que se pusieron en juego todos los recursos de ciencia médica, vino inevitablemente el deceso, se dijo al momento. Luego, con los años será: Baleado en una borrachera, contraerá una septicemia generalizada