Virtualidad como potencia
Que vivimos un nuevo auge del fascismo en la aldea global no es ninguna novedad. Las identidades están más diluidas que nunca ante la devoción por los totalitarismos de derecha que cada día emergen en mayor número en todo el mundo. Gran parte de las redes sociales –ni se mencione a X o lo que antes, era Twitter– parecieran estar diseñadas para favorecer al renacer de valores castizos y casposos que llevaban en el olvido una buena cantidad de años. Y no son pocos los adolescentes que tienen un regusto extraño por los programas ultraliberales que consideran al mercado como una panacea en la que todos los problemas de nuestras sociedades pueden encontrar solución.
En este contexto, la faceta ideológica del asunto no es la única que toma protagonismo, y ya ni si quiera los medios de comunicación masiva, como las radios, los periódicos y la televisión completan el campo en el que este fenómeno que hemos referido se desenvuelve. No; hoy, junto a ellos, emerge la tecnología como un tercer brazo del asunto que estamos dejando pasar desapercibido, y que sin embargo es de una importancia fundamental. Esto es, que no sabíamos advertir ni saber apreciar en cuanto a su importancia ontológica.
Por esto, la virtualidad en nuestra vida ordinaria se constituye como un campo de relaciones subrepticio en el que acontece toda la pugna ideológica de nuestros días más inmediatos. Su virtualidad invisible nos confunde y nos hace pensar que su papel es secundario, pero esta suposición no puede ser más falsa. Como es también falsa la idea de que, al tratarse de máquinas y de redes de programación las que sustentan los algoritmos que definen lo que vemos día a día en internet no tienen, a priori, una subjetividad de quienes las regentan impresa, filtrada en ellas. Así las cosas, el lugar en el que nos apoyamos para buscar entretenimiento o información siempre nos determina indirectamente, queramos o no, para tratar de llevar nuestro discurso o nuestras preferencias tanto morales o políticas por el cauce que interesa a quienes pertenecen. Pues, repito, no existe objeto técnico en el que nuestra personalidad no se vea reflejada, y por lo mismo, transmitida, propagada.
Ante esto me parece que no se debe de tener miedo o pensar en un posible apocalipsis tecnológico en el que pronto la tecnología y las máquinas nos dominaran. Más bien, el problema encuentra resistencia cuando desconfiamos del automatismo que caracteriza a la tecnología actual por su capacidad venenosa de anular nuestra imaginación y nuestra capacidad de desconfiar de todo cuanto parece fácil de aceptar. Y es que, es por la anulación de estas dos capacidades tan importantes, que la radicalización y el gusto por los totalitarismos del mundo deja de sonar tan mal y empieza a tener cierto sentido.
