El lenguaje, identidad de los pueblos
Hay palabras que, por sí solas, son capaces de contar la historia de un país. No aparecen en los monumentos ni se estudian en los tratados de historia, pero viven en las conversaciones cotidianas, en las sobremesas familiares, en los mercados, en las aulas y en las calles. Ahorita es una de ellas. Basta pronunciarla para que cualquiera identifique de inmediato al hablante como mexicano. Sin embargo, en los últimos días esta palabra se convirtió, inesperadamente, en el centro de una polémica internacional, luego de que un conocido comunicador argentino la utilizara con un tono de burla para desacreditar a los mexicanos en el contexto de un comentario deportivo.
Más allá de la anécdota, el episodio invita a reflexionar sobre algo mucho más profundo: la forma en que el lenguaje expresa la identidad de los pueblos y el riesgo que implica convertir las diferencias culturales en motivo de desprecio.
Desde la lingüística, las lenguas no son entidades rígidas ni uniformes. Cada comunidad de hablantes adapta el idioma a su historia, a su entorno y a su manera de comprender el mundo. El español, hablado por más de quinientos millones de personas, no es una lengua fragmentada, sino una lengua diversa. Su riqueza reside precisamente en la multiplicidad de formas que adquiere en cada país.
En México, el diminutivo posee una función que trasciende la idea de pequeñez. Cuando decimos cafecito, ratito, momentito o ahorita, no necesariamente hablamos de algo pequeño; muchas veces expresamos cercanía, cortesía, afecto o simplemente una forma particular de relacionarnos con los demás. Esa capacidad para dotar de matices al lenguaje constituye una de las características más fascinantes del español mexicano.
Ahorita, en particular, posee una versatilidad que desconcierta a quienes no crecieron entre nosotros. Puede significar en este instante, dentro de unos minutos, más tarde o incluso convertirse en una respuesta que pospone una acción sin precisar el momento exacto en que ocurrirá. Para algunos extranjeros esto resulta ambiguo; para los mexicanos, en cambio, el contexto, la entonación y la relación entre los interlocutores suelen despejar cualquier duda.
Como lingüista, considero que pocas palabras ilustran mejor el carácter vivo de una lengua. Lejos de ser un error o una deformación del idioma, ahorita representa una adaptación legítima del español a las necesidades comunicativas de una comunidad. Las lenguas sobreviven porque cambian, porque se moldean con el tiempo y porque cada generación imprime en ellas una manera distinta de nombrar el mundo.
Quizá por ello resulta preocupante cuando una expresión tan representativa se utiliza para ridiculizar a quienes la emplean. Las palabras dejan entonces de ser puentes de comunicación para convertirse en instrumentos de exclusión. Y cuando el desprecio se dirige no hacia una persona en particular, sino hacia toda una nacionalidad, el problema deja de ser lingüístico para convertirse en un asunto de convivencia y respeto.
No obstante, sería un error responder a la descalificación con otra descalificación. Una de las mayores virtudes del mexicano ha sido, históricamente, su capacidad para distinguir entre los actos individuales y la identidad colectiva. Sería profundamente injusto atribuir a millones de argentinos las opiniones expresadas por una sola persona, del mismo modo que sería inaceptable juzgar a todos los mexicanos por las palabras desafortunadas de alguno de nuestros compatriotas.
México y Argentina comparten una historia de vínculos mucho más amplia que cualquier rivalidad deportiva. Ambos países han dialogado durante décadas a través de la literatura, la música, el cine, el teatro, la universidad y la ciencia. Escritores, artistas, investigadores y estudiantes han cruzado las fronteras para enriquecer mutuamente sus culturas. Las bibliotecas mexicanas conservan con orgullo la obra de autores argentinos, mientras que numerosas instituciones argentinas han reconocido el pensamiento y la creación intelectual de México.
La relación entre ambas naciones también está marcada por la solidaridad. A lo largo del siglo XX, México abrió sus puertas a miles de personas que encontraron aquí un espacio para reconstruir sus vidas y continuar desarrollando su labor académica, artística y profesional. Ese intercambio dejó una huella indeleble en la vida cultural de ambos países y demuestra que las afinidades son mucho más profundas que las diferencias circunstanciales.
El deporte, por su propia naturaleza, despierta pasiones intensas. La victoria y la derrota suelen amplificar emociones que, en ocasiones, desbordan el terreno de juego y alcanzan el espacio público. Sin embargo, cuando el entusiasmo deportivo deriva en expresiones de desprecio hacia pueblos enteros, el problema deja de pertenecer al fútbol y entra en el ámbito de la responsabilidad ética de quienes tienen acceso a un micrófono.
Las palabras poseen consecuencias. Un comentario emitido desde un medio de comunicación no sólo informa o entretiene; también contribuye a modelar percepciones sociales. Por ello, quienes comunican tienen el deber de ejercer la libertad de expresión con responsabilidad, conscientes de que el humor o la polémica nunca deberían convertirse en pretexto para alimentar prejuicios o estereotipos.
Quizá la mejor respuesta frente a este tipo de episodios no consista en elevar el volumen de la confrontación, sino en reivindicar aquello que nos distingue como sociedad: la capacidad de dialogar, de reconocer la diversidad y de comprender que ninguna nación puede resumirse en la opinión de un individuo.
Mientras algunos eligieron convertir una palabra en motivo de burla, nosotros podemos elegir otro camino: reconocer que las diferencias lingüísticas no son motivo de confrontación, sino una prueba de la extraordinaria vitalidad del español. Cada país ha dejado su huella sobre una lengua común, enriqueciendo un patrimonio que pertenece a millones de personas y que continúa transformándose con cada generación.
México y Argentina lo saben bien. Ambos han contribuido de manera decisiva a la cultura en lengua española. Resulta imposible recorrer la historia de nuestra literatura sin detenerse en la lucidez de Alfonso Reyes, ese humanista que entendió que el conocimiento nada más adquiere sentido cuando sirve para acercar a los pueblos. Del otro lado del continente, Jorge Luis Borges convirtió al español en un territorio infinito donde cabían la filosofía, los laberintos, los espejos y la memoria. Ninguno de ellos escribió para levantar fronteras; ambos hicieron del idioma un espacio de encuentro.
Quizá esa sea la lección más valiosa que podemos rescatar en tiempos donde la inmediatez de las redes sociales convierte cualquier diferencia en motivo de enfrentamiento. La lengua no fue creada para humillar ni para establecer jerarquías entre quienes la hablan. Su verdadera vocación consiste en tender puentes, preservar la memoria y permitir que las personas se reconozcan unas a otras aun cuando vivan a miles de kilómetros de distancia.
Por eso me niego a creer que una palabra pueda separarnos. Ahorita seguirá pronunciándose en las calles de México con la misma naturalidad con la que un argentino dirá che o un español dirá vale. Ninguna de esas expresiones hace mejor o peor a quien las pronuncia. Todas son testimonio de la riqueza de una lengua que ha aprendido a crecer sin renunciar a su diversidad.
Generalizar siempre ha sido una forma de renunciar al pensamiento. Cuando atribuimos a un pueblo entero las palabras o las acciones de un individuo, dejamos de mirar personas para comenzar a mirar estereotipos. Y los estereotipos, tarde o temprano, terminan alimentando prejuicios que empobrecen la convivencia.
Los mexicanos tenemos razones de sobra para sentirnos orgullosos de nuestra manera de hablar. No porque sea superior a ninguna otra, sino porque refleja siglos de historia, de mestizaje, de creatividad y de convivencia entre múltiples culturas. Nuestra lengua conserva la huella de los pueblos originarios, de la tradición hispánica y de innumerables influencias que la han convertido en una de las variantes más ricas del español.
Tal vez por eso, la próxima vez que escuchemos un ahorita, convenga recordar que no estamos frente a una simple palabra. Estamos frente a una manera de entender el tiempo, la cercanía, la cortesía y la vida cotidiana. Estamos, en realidad, frente a un pequeño fragmento de la identidad mexicana.
Y esa identidad, como toda expresión auténticamente humana, merece ser comprendida antes que juzgada.
Nos leemos la próxima semana
