CURIOSIDAD, CREATIVIDAD Y FELICIDAD: UNA MIRADA DESDE LA PSICOLOGÍA Y LA NEUROCIENCIA
La historia de la humanidad también puede contarse a través de su curiosidad. Alguien observó las estrellas y quiso comprender sus movimientos; alguien descubrió que las plantas podían aliviar ciertos malestares; alguien imaginó que los sonidos podían combinarse hasta convertirse en música. Detrás de innumerables descubrimientos ha existido una inquietud humana: el deseo de explorar aquello que todavía desconocemos.
La curiosidad y la creatividad han acompañado nuestra evolución, transformando no solamente el mundo que habitamos, sino también nuestra manera de experimentarlo. Hoy, la psicología y la neurociencia nos permiten comprender que ambas capacidades pueden contribuir al aprendizaje, al crecimiento personal y a la construcción del bienestar.
La curiosidad es mucho más que querer saber. Es una disposición que nos impulsa a descubrir, investigar y ampliar nuestra comprensión. El psicólogo George Loewenstein explicó, mediante su teoría de la brecha de información, que la curiosidad puede surgir cuando reconocemos una distancia entre lo que sabemos y aquello que deseamos conocer.
Por su parte, Todd Kashdan y sus colaboradores han estudiado cómo la curiosidad se relaciona con la exploración, la apertura a nuevas experiencias y el desarrollo personal.
La neurociencia también ha encontrado resultados reveladores. En 2014, Matthias Gruber, Bernard Gelman y Charan Ranganath demostraron que los estados de mayor curiosidad se relacionan con la actividad de circuitos cerebrales vinculados con la motivación y la recompensa, así como con procesos de memoria dependientes del hipocampo. En determinadas condiciones, sentir curiosidad puede favorecer el aprendizaje y la retención de información.
Pero descubrir es solamente una parte de nuestra capacidad humana. La creatividad nos permite utilizar aquello que conocemos para imaginar posibilidades diferentes.
El psicólogo Mark Runco señala que la creatividad implica generar ideas originales y apropiadas para un contexto. No pertenece exclusivamente a artistas, escritores o científicos. También se manifiesta cuando encontramos una solución distinta a un problema cotidiano, transformamos un espacio o descubrimos nuevas maneras de expresar nuestro cariño.
¿Qué sucede en el cerebro cuando creamos?
Las investigaciones del neurocientífico Roger Beaty muestran que la creatividad involucra la colaboración de distintas redes cerebrales. La red de modo predeterminado participa en procesos relacionados con la memoria, la imaginación y la construcción de asociaciones. Los sistemas de control ejecutivo contribuyen a evaluar, seleccionar y desarrollar nuestras ideas, mientras que la red de saliencia interviene en la identificación de información relevante y la coordinación de diferentes procesos.
Crear, por tanto, no significa producir algo desde el vacío. Nuestro cerebro puede reorganizar conocimientos, recuerdos y experiencias para construir posibilidades que antes no habíamos considerado.
Esta capacidad adquiere especial valor cuando la relacionamos con la felicidad.
Mihaly Csikszentmihalyi estudió el estado de flujo, esa experiencia de concentración profunda que podemos alcanzar cuando participamos en actividades que representan un desafío adecuado para nuestras habilidades. En ocasiones, crear nos permite experimentar disfrute, involucramiento y satisfacción por lo que hacemos.
Además, una investigación de Tamlin Conner y sus colaboradores, publicada en 2018, encontró una relación entre la participación en actividades creativas cotidianas y mayores niveles posteriores de emociones positivas y florecimiento psicológico. Aunque estos resultados no permiten afirmar que la creatividad garantice felicidad, sí muestran una asociación significativa entre crear y experimentar bienestar.
Pensemos en una mujer que descubre una mariposa visitando las flores de su jardín. Su curiosidad la lleva a investigar sobre los polinizadores y las plantas que los atraen. Con el tiempo decide transformar aquel espacio, combina especies, experimenta con colores y aprende de los resultados.
Algunas plantas no prosperan; otras florecen inesperadamente. Sin embargo, encuentra satisfacción en observar, aprender y descubrir. Su curiosidad amplió sus conocimientos; su creatividad le permitió transformar el entorno. Y durante ese proceso encontró nuevas oportunidades para disfrutar y sentirse vinculada con la naturaleza.
La psicología también nos recuerda que el bienestar comprende dimensiones más amplias que el placer inmediato. Carol Ryff destaca el crecimiento personal y el propósito vital, mientras que Edward Deci y Richard Ryan reconocen la importancia de la autonomía, la competencia y las relaciones humanas.
Explorar nuestros intereses, desarrollar habilidades y compartir nuestras creaciones puede contribuir a estas dimensiones.
La creatividad también puede ayudarnos a afrontar cambios y dificultades al permitirnos considerar alternativas. No elimina el sufrimiento ni sustituye los apoyos que necesitamos, pero puede ampliar nuestras posibilidades de adaptación.
Conservar la curiosidad significa reconocer que todavía tenemos algo por descubrir. Cultivar la creatividad implica permitirnos experimentar, equivocarnos, aprender y transformar.
Posiblemente una de las formas más valiosas de enriquecer nuestra felicidad consista en no perder aquella disposición que teníamos durante la infancia: observar el mundo con interés y atrevernos a imaginar lo que todavía no existe.
Porque la curiosidad nos abre las puertas del conocimiento, la creatividad nos invita a construir nuevas posibilidades y, en ese recorrido, podemos descubrir otras maneras de disfrutar, crecer y darle sentido a nuestra vida.

