Del tigre de Santa Julia, el pollo frito, ‘la charola’ y la discriminación en los camiones de la línea Teo

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¿Ya vieron Green Book? Háganlo. Es una genial película que cuenta la historia de Don Shirley, un virtuoso pianista de raza negra que tiene que tocar en distintos lugares del sur de Estados Unidos, en la época más cruda de segregación racial en ese país. Para ello contrata a un guardia de seguridad quien además de conducir su auto se encargará de mantenerlo a salvo durante su gira. Y claro, de paso fraguarán una entrañable amistad sin que ninguno de los dos lo anticipase.

Hablamos de aquel vergonzoso episodio en la historia norteamericana en que los afrodescendientes debían ocupar ciertos sitios para no mezclarse con los blancos, pues eran considerados seres de baja categoría. De eso va la cinta, de un libro verde que le indicaba a Don Shirley en qué lugares pernoctar y comer para no infringir las reglas.

Durante el viaje, su gendarme personal, Tony Lip (Vigo Mortensen), se da cuenta de que han llegado a la matriz de la hoy famosa cadena de pollo frito, KFC. Al notarlo, no pudo evitar aparcar por una cubeta de pollo. De vuelta en la carretera, el hombre devora un muslo con apetito de envidia, mientras que Don Shirley (Mahershala Ali), de gustos más refinados, en la parte trasera del auto, sólo contempla la escena. Tony le ofrece a su patrón un poco de pollo, pero éste se niega porque no le gusta, nunca lo ha comido. Tony lo intenta una vez más, tal vez con el ánimo de empatizar, pero lo arruina alegando:

— ¿No le gusta el pollo frito?, a su gente le gusta el pollo frito.

Don Shirley hace lo que considera prudente, aprieta los ojos y respira profundo.

Pensar que un afroamericano es por lógica amante del pollo fritos es un estigma tonto y más importante que eso, violento. Amén del valor semiótico de dicha creencia.

La película está plagada de escenas por el estilo en que el personaje de Mortensen hace toma de conciencia de cómo se ejerce ese tipo de segregación todos los días. Incluso hoy, ya verá usted.

Don Shirley hizo su carrera en los Estados Unidos entre los años 50 o 60, pero por ridículo que suene, esas viejas y ominosas mañas han conseguido llegar hasta la actualidad.

No hace mucho, hubo un lamentable incidente en el estadio de “la bombonera” de Toluca, la casa de ‘Los diablos’. Los protocolos de seguridad fallaron y un cineasta resultó herido. Una desgracia. A propósito de esto hubo cientos de comentarios personas a favor y encontrar. Rescato uno: en él se repudiaba lo sucedido en el estadio, se condenaba el hecho y se exigía justicia. Bien hasta ahí. Lo malo fue cuando esa misma persona aseguraba que el futbol estaba plagado de violencia y que por consecuencia todo aquel que siguiera dicho deporte era una persona violenta en potencia.

Increíble. Pensar de ese modo es lo mismo que asumir que un alemán es por consecuencia nazi, un colombiano narcotraficante o un homosexual portador del VIH. Ahí tienen a Trump diciendo que todos los mexicanos éramos narcotraficantes y violadores. Es claro de qué tipo de mentes emergen este tipo de pensamientos.

Todo esto para llegar al cometido de esta columna. En fechas recientes se hizo viral en redes sociales, Facebook principalmente, el caso de un sujeto que fue capturado luego de asaltar –al parecer– un camión de la línea Teo que corre de Toluca hasta Tenancingo. El caso tuvo mucha resonancia, pues al ladrón no lo atraparon infraganti, sino mientras defecaba minutos después del atraco en los baños de Galerías Metepec.

A dicho personaje se le veía por la zona de Metepec y el boulevard de Pino Suarez, hasta antes del suceso, como un músico más que se trepaba a lo camiones a cantar algunas canciones por unas monedas hasta que decidió cambiar de giro. Desde entonces las cosas han cambiado en los camiones Teo, ahora ya no permiten que los músicos urbanos suban al camión a cantar y cuando se les pregunta la razón, dicen:

— Ya no nos dan chance, carnal, por el este vato de la guitarra que agarraron asaltando.

El oficio de la charola es viejo en el mundo. En todos lados hay músicos que deben ganarse el pan de ese modo. Pero no se crea ni por un momento que lo que antes sucedía en los camiones de la línea Teo es un acto de bondad, pues éstos cuentan dos barras en cada puerta para contar a los pasajeros y saber la recaudación del día –que ya de por sí habla mucho de la autoridad moral de quien le niega el  chance directamente al músico–, así que quien sube a cantar tiene que poner de su bolsa para pagar su pasaje como cualquier otro.

Antaño los camioneros ejercían cierto tipo de violencia también con los músicos a quienes ven como parias y les cierran las puertas en las narices torciendo el hocico de vez en cuando, pero ahora, cuando se advierte que lo que ellos y la compañía hacen es un acto discriminatorio, la palabra les suena terrible, ridícula y escandalosa. Al final terminan por reírse.

Pero sí, asumir que porque un músico asaltó un camión es la regla que marca la norma, es estúpido y prejuicioso. Y sí, es un acto de discriminación como pasaba en la década de los cincuenta y alguien tendría que hacer algo.