Des/conectados
Hola, ya vine. ¿Cómo están?, ¿Hola?, ¿no hay nadie en casa? Ah, ya los vi. Con razón no me contestan, si bien que están concentradísimos en sus teléfonos inteligentes y encerrados en su burbuja con esos audífonos inalámbricos que los aíslan del mundo real y terminan por envolverlos en el digital, los encierran que un mundo donde no tienen que esperar, donde nada les cuesta, pues todo lo tienen al alcance de un solo click.
Están desconectados de este mundo y conectados en el otro. Deja les mando un mensaje de texto para que lo vean en sus teléfonos inteligentes y se percaten de que ya llegué a la casa. Ya no hay comunicación verbal en el hogar, ya nadie habla, nadie grita, nadie pelea. Recuerdo que mi papá llegaba de trabajar y mi mamá lo recibía con quejas y noticias de la escuela… que si se cayó el niño, que si se rompió el uniforme, que si se peleó con su hermana… nos la pasábamos gritando y brincando de aquí para allá. Y ahora, todo es silencio y falsa paz.
Ya nada es como antes. Vamos a un restaurante y ahí están mis dos hijos, con sus teléfonos inteligentes y sus audífonos; y también nosotros, no me voy a eximir de la culpa, mi esposa y yo hemos contribuido a ello. Ella siempre trabajando pegada a su teléfono inteligente y yo, ni se diga, pero por lo menos a la hora de la comida tratamos de dejarlo lejos de nosotros. Aunque al parecer no aplica cuando salimos en familia; y lo digo entre comillas porque no salimos en familia, simplemente nos trasladamos de un lugar a otro en nuestro automóvil. Recuerdo que cuando salíamos con nuestros padres en el auto, todos escuchábamos la misma música que salía del estéreo que traían incluidos; a veces sintonizábamos la radio, alguna estación que nos gustara a todos, o por lo menos que la toleráramos. De vez en cuando, nuestros padres cedían a nuestras peticiones y ponían un cassette de nuestra preferencia y tiempo después algún disco compacto de nuestra música favorita. Pero todos juntos escuchábamos lo que salía del aparato. A veces nos tocaba escuchar las noticias que le gustan a mi papá, otras veces los boleros de mamá, y en otras ocasiones la música de rock y pop que nos gustaba a mi hermana y a mí. Pero ahora, mis hijos se plantan en los asientos traseros con sendos audífonos en sus oídos y sin separar la vista de su teléfono realizan todo el trayecto de ida y de vuelta. Trato de hablarles, de preguntarles cómo les fue en su día, pero no me oyen, o no me escuchan, y cuando subo la voz o intento encender mi radio para escuchar algo, retirándose con una mano uno de los audífonos, me increpan que no los dejo escuchar sus cosas.
Y ni hablar de la hora de la comida; recuerdo que antes todos a la misma hora nos sentábamos a comer en la misma mesa, teníamos televisión en la sala que daba al comedor, por lo que algunas veces, algunas, porque a mi papá no le gustaba mucho, nos permitía ver la tele mientras comíamos.
No que ahora, no recuerdo cuándo fue la última vez que todos nos sentamos en la misma mesa a comer a la misma hora. Cada quien come lo que quiere, sin supervisión, a la hora que le conviene y en el lugar que mejor le plazca; por ejemplo: mi hijo, prefiere subirse la comida a su recámara y cierra la puerta. Mi hija, prefiere la sala, pero casi no está ahí; mi esposa no está casi en casa, come afuera, y yo también.
Ya les he dicho a mis hijos de la importancia de tener los cinco sentidos atentos cuando salen. Cuando van por la calle, si llevan puesto los audífonos no pueden percibir alguna señal de alarma, como el sonido de un tractor echándose de reversa, el claxon de un automóvil para pedirles que se muevan, el grito de auxilio para poder ayudar a alguien que lo necesite. No sé, algo puede pasar por ir con los oídos tapados. Y si a eso le suman que la vista no la despegan de su teléfono inteligente…
Viven, vivimos desconectados de este mundo y conectados en otro.

