Días de chicle
La tolerancia se convierte en un delito cuando se aplica al mal
Thomas Mann
Pasa el tiempo. A veces rápido, a veces lento. Días de chicle que se alargan, que saben bien y otros que sólo hay que tragarlos porque no sabemos qué hacer con ellos. Afortunadamente estamos ya a la mitad de mayo, a escasos días de que se rompa la cuarentena hasta hora dictada. Estamos en la etapa crítica, la punta de la fase 3 dónde en teoría, todo será cuesta abajo luego del mayor número de contagios.
Ambivalente sensación de angustia y calma porque todo termine pronto. Pero, aunque esto suceda nada será lo que fue, de alguna manera todo ha cambiado para siempre y los nuevos hábitos de higiene y convivencia están aún por conocerse. Además, claro, de los estragos psicológicos. No menos importante, las reparaciones a la nevera, ya que las bisagras de la puerta se han averiado por las constantes visitas a la cocina en estos dos meses. Corren pues los primeros apuntes luego del alumbramiento grupal que significará la clausura del aislamiento.
Contrario a lo que se pudiera pensar, no, la divulgación científica no sirve para responder preguntas del, ¿sabía ustedes qué…? Esos son datos curiosos que tan pronto llegan a los oídos, escapan con el primer bostezo. No, la divulgación sirve para empoderar al público y que esa información le sea útil para elevar su calidad de vida, o en términos de pandemia, para preservar la misma. Una tarea que se hace en medios principalmente y en las oficinas de gobierno encargadas de administrar el orden valiéndose de todos los recursos intelectuales a su alcance.
Un ejemplo maravilloso de esta tarea es precisamente cubrirse la nariz al estornudar con la parte interior del codo, un hábito bastante común ya en muchas personas y que no surgió como medida de esta pandemia sino diez años atrás con la epidemia de la influenza H1N1. Un hábito que llegó para quedarse. Lamentablemente los ánimos se fueron desdibujando paulatinamente: dice mucho de ellos la decidía de las radiodifusoras locales para tratar el tema con locutores de una ignorancia y soberbia lacerantes, despreciando recomendaciones o abordando el tema de forma superflua o evadiéndolo de plano con el pretexto de que todos se olviden de las malas noticias.
Es ahí cuando el profesionalismo cuenta y no las boberas de entusiastas que por chistositos tienen un empleo con mucha más responsabilidad de la que piensan y se convierten más bien en un peligro que sublima la relevancia de una emergencia y merman el flujo de información valiosa que pudo salvar vidas. Ni hablar de la burocracia que pasó desapercibida y se resumieron a lastimosos bomberazos.
Entonces la rutina se apoltronó, seguir las medidas de sanidad significa mucho más salvarte a ti, que protegernos entre todos. Así llegaba el desayuno, entretener la mente, las citas con el refrigerador y al final la cena, pero ahora el control remoto se quedaba quieto cuando aparecen los noticieros. En ellos, desde hace tres semanas es una vorágine de atropellos que, día a día, encuentran la forma de renovarnos la sorpresa. Pasamos de quemar con agua caliente a las enfermeras, a bañarlas con cloro; de negarle los servicios públicos como transporte o el acceso al banco al personal de salud, a los zafarranchos en las clínicas para golpear a todos ahí dentro; de los eventos públicos al aire libre, a destrozar patrullas y linchar policías. En el último de los casos, una señora se negó a cancelar la fiesta de quince años de su hija con el pretexto de que estaba en su propiedad y que estaba en su derecho.
En una clase de periodismo cultural con el gran José Luis Cardona por allá del 2018, en la víspera de las elecciones presidenciales discutíamos, por ejemplo, la oposición tan nutrida a la que se enfrentaría quien resultara ganador, los votos de los indecisos que aún quedaban en el aire o la venta de votos. Esto último me hizo recordar una comida de ocasión días antes. En ella, algunos de los asistentes de la cuadra hacían cuentas mentales, el candidato municipal visitaría el barrio y cuatro credenciales de elector significaban 4 000 pesos para esa familia, ¿broma? Posiblemente, pero también es cierto ese evangelio chiquito que dice que, entre broma y broma, la verdad se asoma. Más bien creo que medían el terreno, ya que luego de unas ocurrencias la más chambona de ellas dijo, pues sí, sí de todos modos todos son unos pinches rateros, pues por lo menos que me den algo por mi voto.
Las motivaciones para pensar de ese modo son muchas, la necesidad, la ignorancia, la desinformación, el sometimiento por años a malos gobiernos, etc. Pero particularmente Cardona defendía la idea de que no se le puede culpar del todo a ciertos grupos victimas también de un sistema fallido y cuya consecuencia son ellos precisamente. Del otro lado, el que aquí suscribe con que, de todos modos, algo se tendría que hacer ya que no siempre se puede disculpar la falta de valor cívico que, en ese caso, entorpecían un ejercicio democrático ya de por sí cuestionable, o ahora, que se vulneren las garantías esenciales como el de la salud. Todo con la excusa de la libertad o la victimización para ser luego verdugo.
Es cierto, se tiene el derecho de pensar de forma repugnante. Se tiene la libertad de expresarlo incluso sin que nada te suceda por ello. Se tiene también la libertad de hacer lo que te plazca, pero cuando esa libertad limita la de terceros entonces deja de ser libertad y se convierte en opresión. El libertarismo es una idea distópica en la que todos harían lo que quisieran. A la par de los derechos que gozamos, tenemos reglas que seguir, normas de convivencia que nos obligan a respetar al resto. Es verdad que históricamente se cometieron crímenes de todo tipo, pero esa falsa justicia visceral ha dejado ver, también, en poco tiempo el rostro más ruin de sectores que ahora también gozan de impunidad y eso también debe señalarse.

