Diez de mayo, Covid 2021
Con todo mi amor a
las madres que se adelantaron.
Él, nunca pensó no verla sentada en la cabecera de la mesa del comedor. No mirarla en esa cocina que sazonó la intimidad de la familia en reuniones, fiestas, celebraciones o simplemente, acompañarse de ese cuerpo frágilmente pequeño por el desgaste de los años, el trabajo, los hijos, la viudez y de tantas historias tejidas con ellos.
La mente del muchacho a veces le decía que un día, su madre ya no estaría con ellos, engañaba su pensamiento mirándola sonreír. Ese gesto intentaba ocultar las arrugas, los ojos tristes de párpados caídos, el cuerpo encorvado y achicado por el desgaste del tiempo y la labor de sacar adelante una familia numerosa que acrecentó su esfuerzo.
Cumplidos los ochenta de su madre, él cubría la realidad con el manto de amor de hijo, todos los pretextos eran excelentes y extraordinarios para ir a la casa que lo vio crecer. Procuraba escucharla, mirarla, oler su suéter preferido, su mandil con los aromas que lo alimentaron. Tomar todos los recuerdos de su voz, apoderarse de esa sonrisa esforzada por el cúmulo de vida con todos ellos, los vivos y los que se le habían adelantado.
Cuando el hijo se sentaba a su lado, procuraba vivirla con todos sus sentidos, a cada detalle de su madre anciana, pero lo que más le dolía era la opacidad de la mirada. Una mirada nublada por la sombra de la cercana muerte.
El corazón del muchacho se hacía pequeño cuando sus hermanas le avisaban de alguna enfermedad inevitable en el cuerpo de la mujer. Corría a verla sobreponiéndose al miedo de perderla por siempre. En el momento que ella se reponía, el hijo regresaba tranquilo a concentrarse a su vida cotidiana como padre de familia.
Lo que jamás contempló fue esta muerte silenciosa que tomó por asalto a toda la humanidad; como las adicciones, no respetó edad, sexo, ni condición social.
En noviembre del Coronavirus, le arrebató al hermano antecediéndole familiares, amigos y las cifras disparadas de contagio. Él, no supo si de noviembre a diciembre su mamá se contagió de la muerte silenciosa o de la tristeza de su muchacho perdido. Tampoco supo en qué momento pasó de un dolor a otro.
Hoy sólo tiene una certeza, éste es su primer diez de mayo sin el amor que le dio la vida.

