Dos prosas poéticas…

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¿Ya viste la luna?

Te observo caminar a medio patio, envolviendo el ambiente con tu voz, destellando desnudez a media noche, sin importar miradas invernales. Girando, girando alrededor de la luna. Moviéndote al compás del viento, y tu pelo vuela y tus manos vuelan, y las siluetas del horizonte parecen caricias iluminando sinfonías ruborizadas. 

Con promesa a los caminos, se ha prohibido a las pesadillas recostarse en la isla de pecados descalzos; sólo burbujas ardientes pueden cruzar el aire; tú vives ahí. 

Es tu ternura un perturbar de latidos y bramidos, un bálsamo a mis locas ventanas donde te descubriste a mis ojos, y las emociones se desahuciaron, y he naufragado en fantasías ahogando surcos de fuego gris.         Ahí, se derrumbó mi tranquilidad, en las pavesas de tus pestañas y a lo lejos, la tormenta de tatuajes ha hurgado racimos de suspiros, y los ha apilado del lado derecho de mi almohada. 

Calla, intento salvar a mis parpados, de las velas borrachas de tus sueños, que sin conocer tejados, respiran gotas de escritos heridos, angustiados por la neblina que no sabe salpicar tu rostro sin mi esencia. 

En las huellas de tus pies, encontré ternura y al llegar la madrugada con su lluvia, he buscado atracar en tu barco, donde tus alas iniciaron el vuelo hacia la hoguera, ahí,

a medio patio.

Puedo enseñarte a volar

a Mirna

Descubrí que no sabes volar; mirando el diluvio en los pasillos de tu pelo, desenmascarando tu anestesiado caminar en los pastos del sembrador que jugó al sacerdocio en el

confesionario de los deseos, y fomentó mordiscos no sólo en tus labios. Lo supe cuando observé el resplandor de tu espejo peleando por silenciarnos, por borrar la claridad que carcome nuestras señales al encontrar el hambriento paisaje de tus muslos, atizando llantos en el trote de un silencio escarchado. Vi el resplandor de tus tejidos, haciendo ejercicio junto al tren de adolescentes, desmoronando estatuas de sal con la lengua a punto de jadeos en el naufragar de las siete de la mañana. Juguemos al suicidio sin huellas, sin luto, sin templo de hojas sobre el tejado, donde tu inocencia quede inerme y tu aliento, de rienda suelta a plegarias de sucias emociones. Juguemos en el frío descalzo de los secretos robados, en la ceremonia de bragas con labios rojos.

Arrópate en la inocencia del pescador de algodón, del viajero idílico cuando a tropezones, pinta luceros en los linderos de tus carcajadas. Cuéntame

de la llovizna que reescribe los nombres que se amamantaron en tus inviernos, de los adolescentes con fiebre peleando por abrevar en tu cristal de ensueño. Brota tu esencia de escudos rotos, de armas trazando versiones caseras, en la tenue humedad  de tu voz salpicando  cielos y helados de nuez, quemando vientos de arena en la playa de sirenas de dientes perfectos.

 

Escucho el aleteo de las bandadas de guacamayas nombrándote, trayendo mensajes a la vuelta del espeso ronroneo de tus pasos, caminando en el amargo y desolado

cosquilleo de mis excitaciones. Guardaré la ternura que atrapamos al caer en el incierto pozo del ardor, en la esperanza de lo irreal, en el odio de los vellos erguidos, en la necedad creciente de nadar en partículas de implantes de sueños, que convierten milímetros de carbón en señales de mariposas besadoras. 

Me preguntas, si creo en el ángel que tatuará mis dedos en tu barca, forjará estrellas en mi cama, desaparecerá mis infiernos; y

me vuelves a preguntar; ¿aún me puedes recibir?           Ven, ven mi amor, quiero enseñarte a volar.