Dualidad del alma

Views: 1018

Se define lo que ha de ser, a pesar de pasar por las aulas seminaristas que le hubieran hecho quizá un buen sacerdote. La huella del amor y de la vida religiosa están presentes ahí, ya en forma definitiva. La promesa de amor por la voz femenina es vertiente de su poesía a lo largo de 16 años que vive desde 1905 al 21. Esa dualidad es importante, para comprender el porqué es un poeta mayor, y no como equivocadamente lo denomina Octavio Paz, con su comentado: Gran poeta menor. Tanto Paz como Borges tienen el problema de medir con su regla —regla equivocada—, pues desde su perspectiva la poesía que ellos hacen es la única que se ha de versificar; sin darse cuenta que la historia de las letras humanas se forma de grandes o pequeñas expresiones, que enriquecen en sus mejores escritores las nuevas formas de decir y escribir la poesía.

Así con López Velarde, con James Joyce y el propio Jorge Luis Borges tres renovadores de las imágenes, de la lengua de su patria, del cómo decir las cosas que siendo cotidianas representan un alto nivel de cultura, que surge de mano del individuo en acto solitario de creación: Juan Rulfo para México, o poetas franceses como Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Paul Verlaine o poetas de lengua inglesa o griega, que dan a nuestra lengua hispana nuevas formas de expresión en Thomas S. Eliot, Ezra Pound, William Butler Yeats y los griegos Constantino Cavafis, o Georgio Seferis.

Con fecha del año de 1906, a 18 años de edad, publica el poema Huérfano…  Huérfano quedará mi corazón, / alma del alma, si te vas de ahí, / y para siempre lloraré por ti / enfermo de amorosa consunción. / Triste renuncio a las venturas todas / de tu suave y eterna compañía, / hoy que se apaga, con la dicha mía, / el altar que soñé para mis bodas. / Y el templo aquel de claridad incierta / y tú, como la virgen vestida, / brillarán en la noche de mi vida / como la luz de la esperanza muerta. La raíz está ahí en sus escarceos con el lenguaje que va floreciendo en terreno más asequible a lo humano: amor de pareja que venga de donde venga tiene que ver con alma o corazón de la poesía. La musa que es la Luna de Robert Graves, aparece entre dedos del amante, que no sabe cómo se trata esta nueva emoción nunca antes sentida. Una emoción que es iluminación que desvela todo lo que existe —pero a la vez— que duele en el costado, donde reside el corazón alebrestado por esta emoción. Todo en López Velarde comienza a ser claridad, y a la vez nostalgia. Sus poemas son enseñanza. Si el hombre o la mujer supieran cuántos años han de vivir, pero no. 15 años le quedan a quien ha de pasar por su lugar de nacimiento, Jerez, y después por la capital zacatecana, y ha de caminar por San Luis Potosí, Aguascalientes, Jalisco, hasta llegar al antiguo Distrito Federal. El viejo México que le trae a una colonia legendaria llena de casas construidas al terminar el siglo XIX y principios del XX. El verdadero poeta se enfrenta siempre a la dualidad del alma. Ese es su destino cierto. Sólo aquél que entiende esta disyuntiva y la retrata o dibuja en el papel blanco puede caminar por los senderos que llevan a la poesía y a poder ser un verdadero poeta.

En 1908 escribe el poema: Color de cuento en el cual escribe: ¡Oh qué gratas las horas de los tiempos lejanos / en que quiso la infancia regalarnos un cuento! / Dormida por centurias en un bosque opulento, / despertaste a la blanda caricia de mis manos. / Y después, sin que fueran los barbudos enanos / o las almas en pena a turbar el contento / del señorial palacio, en dulce arrobamiento / unimos nuestras vidas como buenos hermanos. / Hoy se ha roto el encanto: ya la Bella Durmiente / no eres tú; la ilusión de trinos musicales / se fue para otros climas, y pacíficamente / celebraré contigo mis regios esponsales, / al rendir el espíritu, de rostro hacia el poniente, / en la paz evangélica de los campos natales. ¿Vislumbran estos tres poemas al gran poeta que ha de ser? Seguramente que no. Apenas con veinte años de edad, en los ya muy cercanos prolegómenos del inicio de la revolución de 1910, a un año de que intelectuales muy jóvenes den creación al Ateneo de la Juventud de México, lo que leemos en López Velarde es el juego de las palabras y las letras balbuceando su decidida vocación por la poesía. Es prueba su juventud y la de aquellos intelectuales que invocan un nuevo país, pues en las lecciones de la humanidad ellos, los jóvenes, son el aviso de que algo nuevo viene ante el viejo régimen que se está cayendo a pedazos como bien lo comprueba la entrevista de Porfirio Díaz con el periodista Creelman diciendo mentiras de que el país está listo para renovar su gobierno nacional y que él lo comprende si viene de elecciones ciertas y pacíficas.

Son jóvenes que nacen en décadas de los setenta y ochenta que marcan la hora de la patria. En ese contexto hay que ubicar a Ramón López Velarde, para comprender en esa otra lección de la historia humana, que ellos, renovadores o revolucionarios no vienen por un solo sendero. Son muchos los senderos —no sólo el del Ateneo de la Juventud— más preocupados por las ciencias sociales en su elaboración que desea renovar todo, ante lo viejo que representa el positivismo y, la presencia del grupo de Los Científicos: cuya expresión y pasión por el poder les hace perder el rumbo que debieron dar al país, si es que querían ser provechosos para el México que no terminaba por hacerse hacia dentro sin tener que mirar a Estados Unidos o Francia. Como sucede en la etapa del porfirismo que deja bellas muestras de obras arquitectónicas, pero que no dibujan al país que sí lo harán a su caída pintores, músicos y poetas, o como lo prueba la corta vida de López Velarde.

 Un poema que cita Antonio Castro Leal, hecho en 1908 según la fecha, señala el 27 de diciembre de ese año, da prueba de los avances que va desarrollando en su lenguaje y, en sus imágenes el poeta de Jerez, dice en versos de El piano de Genoveva Piano llorón de Genoveva, doliente piano / que en tus teclas resumes de la vida el arcano; / piano llorón, tus teclas son blancas y son negras, / como mis días negros, como mis blancas horas, / que hace muchos inviernos crueles que no te alegras: / tu música es historia de poéticos males, / habla de encantamientos y de princesas reales, / de los pequeños novios que por robar los nidos / una tarde nublada se quedaron perdidos / en el bosque; y nos cuenta de la niña agraciada / que recibió regalos de sus once madrinas, / que no invitó a la otra a sus bodas divinas / y que sufrió por ello los enojos del hada. Fantasía de la infancia, ilusión del adolescente que cree en duendes y princesas, pero que oye en ese piano la voz del alma de una mujer que a principios del siglo XX era motivo grave de preocupación, pues ha llegado a sus 30 años sin casarse, y en este país llamado México la particularidad más era al inicio de siglo que mujer que rebasaba los veinte años era una quedada que sólo podrá aspirar a ser tía de sobrinos a los que les dará su amor maternal, pero sin que sean sus hijos biológicos. López Velarde se conduele de ese destino, y el motivo musical y objeto material que es el piano de Genoveva le recuerda que no sólo viste de blanco y negro en sus teclas que crean la música, sino en el vestido de cola que se alarga en su oscuridad hacia el infinito.

El poeta a sus 20 años ya comienza a caminar por un sendero que ha de dar a México una nueva voz, no más surgida de los Modernistas, que en Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Julio Herrera Reissig, José Martí y Amado Nervo alcanzan alturas suficientes para elevar la poesía escrita por latinoamericanos a su más alta calidad en imágenes, elocuencia y brillantez no vista en el siglo XIX. No fueron poca cosa en las letras americanas José María Heredia, Ignacio Ramírez El Nigromante o Ignacio Manuel Altamirano, ni para nuestra patria, en esa búsqueda por encontrar el decir mexicano: si es que se deseaba la independencia cierta de toda otra patria que quisiera dominarnos; dejándonos con ello, sin identidad ni futuro cierto. Raíces de un idioma, que toma despacio su particular decir, hasta llegar a Ramón López Velarde.

<