El colegio

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El 1 de septiembre, la mayoría de las escuelas de educación básica en España, iniciarían el ciclo escolar 2010-2011. Este sería el sexto y último año de nivel primaria de Iker, mientras que para Pamela sería el quinto. El colegio abría sus puertas por primera vez para el central de los periquitos. Un nuevo grupo de compañeros le esperaba en el 6.º B, un salón con más de veinticinco niños dentro de la clase. El nuevo instituto de Carvajal era un recinto reconocido como el tercer mejor colegio internacional dentro de la ciudad y el séptimo en toda España.

La verdad es que aquel niño siempre fue lo contrario de la cancha con la vida cotidiana, en ambas intentaba destacar; pero en el césped era un completo líder y alguien valiente, de mentalidad positiva, que luchaba en todo momento, que nunca se rendía; en cambio, en esos primeros días, como era de esperarse del chico nuevo, era demasiado tímido, en excesiva reservado. Tenía tantas ansias y a la vez miedo de iniciar las clases. Su madre y el resto de su familia confiaban en su desempeño en la escuela y que su adaptación fuera rápida. Su primer día jamás será olvidado. El profesor Balado, un hombre con una edad de veinticinco años, vestido a la moda y un poco puñetas, en pensamientos del dorsal 98 esperaba a que él llegara y entrar juntos al salón:

—Buenos días niños, hoy tenemos a un nuevo estudiante, su nombre es Iker, por favor, dinos un poco de ti —solicitó aquel hombre. Al escuchar esas palabras, el pobre niño se terminó congelado-paralizado. El miedo le estaba ganando, pasaron alrededor de treinta segundos para que contestara:

—Mi nombre es Iker Carvajal, me gusta jugar futbol, formo parte de las filiales del Espanyol, vivía en Madrid, también me gusta mucho la fotografía y soy un poco tímido —respondió él con un tono bajo, mirando al piso y demasiado nervioso.

La primera clase fue español y redacción, le siguió ciencias de la naturaleza y por último matemáticas, para terminar e ir al almuerzo. De lógica, al ser el nuevo y no ser tan sociable le llevó a comer solo, apartado en una parte de la cafetería. El primer día parecía ser el peor en la corta vida escolar de aquel niño de once años, hasta que una niña de su clase, llamada Isabel, se acercó y dijo:

—¿Puedo sentarme? —preguntó aquella desconocida con una gran sonrisa. —Iker afirmó con la cabeza de arriba a abajo, por el exterior parecía que le daba igual, pero internamente se sintió más que contento—. ¿Así que no me vas a hablar? —cuestionó—. ¿Te ha comido la lengua el ratón?

Esas dos preguntas llegaron a incomodar un poco al chico, simplemente no sabía cómo contestarle, nuevamente utilizó su cabeza, esta vez diciendo que no. Ya no hubo más preguntas incómodas, al ver el gesto de él, la niña sonrió. Isabel era una chica con la piel blanca, de mediana estatura, con un pelo largo y castaño, unos labios gruesos color carne y unos hermosos ojos color marrón. Tartamudeando, de una forma sincera y a la vez tímida el chico que recientemente regresaba de Madrid le daba las gracias. Las clases continuaron, tres materias más y de ahí un receso más, otras tres horas y ya era la salida, en la puerta ya le esperaba su madre:

—¿Cómo te ha ido en tu primer día? —inquirió su madre ansiosa.

—Muy bien, demasiado, más de lo que me lo esperaba —respondió alegremente el hijo único de María y Manuel.

María sabía la difícil situación por la que pasaba su niño (a ella también le era complicado, sin embargo, por su hijo y nada más sacó todas las fuerzas posibles de donde no había). Carvajal regresó a comer de manera apresurada, debido a que tenía que ir al entrenamiento de futbol. De regreso hizo sus deberes escolares, tomó un baño de agua caliente y se quedó dormido sin merendar. Iker estaba muy feliz, la razón: su nueva y sincera amiga, Isabel. Ella sería muy importante para la adaptación del niño de once años. El chico ya para el segundo día empezaría a hablar un poco más.