EL GRAN HERMANO

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La lectura de cada renglón va llevando por esos vericuetos que es el tema de la autobiografía, que cuando se hace con el alma y el corazón, como sucede en este caso de Kafka, se haya el documento que define al escritor checo y también a cada uno de nosotros, en las experiencias de vida al interior de la familia. Familia funcional o disfuncional, siempre ha de encontrar en la imagen del padre y de la madre los temas recurrentes del porque ya de hombre o mujeres adultos somos como somos. ¿Qué hace Franz en esta carta?… ¿acaso funciona su carta como una crónica del comportamiento del padre con respecto al hijo? Cronista lo es al hacer diferencias entre el apellido Kafka y Löwie (apellido de soltera de la madre), es decir el señala las diferencias entre uno y otro, y lo que él piensa que hereda de dichos apellidos, nos cuenta: Comparamos a ambos: yo, para expresarlo de modo muy breve, soy un Löwie con cierto fondo de los Kafka, el que sin embargo, no es precisamente agitado por esa voluntad vital, comercial y conquistadora de los Kafka, sino por un aguijón de los Löwie, que actúa más en secreto, más tímidamente y en otra dirección, y que a menudo cesa totalmente de incitar. Al contrario, tú eres un verdadero Kafka en cuanto a fuerza, salud, apetito, potencia vocal, oratoria, autosatisfacción, superioridad mundana, perseverancia, presencia de ánimo, conocimiento de los hombres y cierta amplitud de miras, claro que también con todos los defectos y debilidades correspondientes a tales excelencias.

Muchas veces las familias no se dan cuenta que dentro de casa cuentan con un escritor, que bien llevado puede ser el cronista de la familia, para bien de un árbol genealógico que está ahí, más allá que la familia disfuncional piense que sólo existe mientras los que están presentes tienen vida, pero no hay pasado y mucho menos futuro. Franz Kafka, por sí solo mantiene en este siglo XXI a toda la familia Kafka y a la Löwie, de tal importancia es su presencia en las letras y en las ciencias sociales. Los renglones que se van desgranando en sus letras sencillas y humildes, hacen revisar nuestro propio comportamiento. Es de tal importancia, pues significa que todo individuo es en célula de la colectividad de su presente, de la que fue en el pasado o, la que ha de ser en el futuro. Fallecido en 1924, sólo 41 años de vida que por sus frutos parece una vida de largo aliento. Rafael David Juárez Oñate dice: A los 36 años de edad Kafka escribió la Carta al padre, cuya publicación se debió a su gran amigo y albacea literario Marx Brod. Documento íntimo que ha quedado como una de las principales claves de su obra. Sólo 5 años antes de morir se autor confiesa ante el padre.

El hombre hecho y derecho que le confiesa aquella acción vergonzosa contra un niño, cuenta: Puedo recordar directamente un solo suceso de mis primeros años; quizá también tú lo recuerdes. Una noche, al mismo tiempo que gimoteaba, yo pedía agua sin cesar; desde luego, no tanto por sed, sino probablemente, un poco por fastidiar y un poco por entretenerme. Como no dio resultado ninguna amenaza violenta, me sacaste de la cama, me llevaste en brazos hasta la terraza y allí me dejaste sólo en camisón, de pie ante la puerta cerrada. Reflexionar en las cosas que hacemos con los infantes cuando nos toca ser grandes y fuertes. Escribe: No quiero decir que esto fuera incorrecto, quizá, de otra forma no habrían logrado descansar realmente en toda la noche, pero con ello quiero caracterizar tus métodos y el efecto que tenían en mí. Es indudable que esa vez me torné obediente, pero a costa de algún trauma interno. De acuerdo con mi naturaleza, jamás he podido relacionar en forma correcta lo evidente de aquel absurdo de pedir agua, con el hecho extraordinariamente terrible de verme llevado afuera. Años más tarde, aún me perseguía la visión torturadora de ese hombre gigantesco, mi padre, que en última instancia casi sin causa podía venir de noche y transportarme de la cama a la terraza: a tal punto era yo una nulidad para él.

Sí, cuántas veces somos injustos ante los hijos con acciones crueles o grotescas, que ellos no entienden en el momento que suceden. Me viene el recuerdo del pedagogo ruso Antón Makarenko, quien en su libro Poema Pedagógico escribe que se ve en la necesidad de dar un fuerte golpe, al líder de los adolescentes delincuentes que le mandan para ser reeducados. Acción interesante, pues refleja la necesidad de imponer una acción que determine el quién manda dentro de la comunidad. Lo que escribe a su padre es una larga lista de hechos sucedidos desde sus primeros años: Y tenía que recibirlo sin ninguna objeción, pues a ti te resulta de antemano imposible hablar con tranquilidad acerca de un asunto con el cual no estás de acuerdo o el que, sencillamente, no te planteaste: tu carácter dominante no lo permite. En los últimos años lo explicas achacándoselo a tu nerviosidad cardiaca, pero yo no podría decir que alguna vez las cosas hayan sido esencialmente distintas. Cuando mucho, esta nerviosidad del corazón es para ti un medio para el ejercicio del dominio, ya que al pensar en ella el otro ahoga forzosamente toda respuesta. Lista de sucesos que reflejan él, Franz Kafka, que vive 41 años, siendo un ser silencioso —casi apagado—, pues toda capacidad de confianza en sí mismo su padre la había castrado en sus primeros años.

Sucede así, lo escribe: La imposibilidad de un trato sereno tuvo otra consecuencia más, en realidad muy natural: perdí la costumbre de hablar. De cualquier manera, no habría llegado a ser un gran orador, pero aun así habría dominado el lenguaje humano con fluidez normal. Desde muy temprano tú me prohibías la palabra. Te recuerdo siempre amenazante: “¡Ni una palabra de réplica!” y levantando la mano al mismo tiempo. Cuando se trata de tus asuntos, tú eres un excelente orador y yo adquirí en tu presencia un modo de hablar entrecortado, tartamudeante, y aun eso era demasiado para ti; finalmente me quedé callado, primero, acaso por terquedad y más adelante, debido a que en tu presencia no podía ni pensar ni hablar. Carta para reflexionar en la educación de padres e hijos, pero también, de la sociedad represora de que hablan Herbert Marcuse o Erick Fromm.