El hijo

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Ella jamás imaginó que el niño que amamantó, después de veinte años, viviría la impotencia de no poder ayudarlo; el virus le impide tocarlo.

 

El papá está en la sala, la mamá en otro cuarto; ambos al pendiente del hijo que tose, tose detrás de la puerta de su recámara. Toda la pandemia se cuidó, no tenía ni ocho días de haberse vacunado junto con los de su edad.

  

El muchacho pensó que esta medida lo protegería, ir de fin de semana al campo y no pasar nada. Disfrutaron día y medio la vegetación y la sana vida. Esa confianza los traicionó. 

La pesadilla inició el lunes y martes para decir que los amigos cercanos a él tenían síntomas de gripe perfilados a los del Covid-19.  Alguno de ellos demasiado mal: diarrea, vómito, temperatura, el malestar del cuerpo y el infaltable dolor de cabeza. 

De inmediato se hicieron las pruebas, de los siete, tres de ellos: positivos. Unos a otros se han monitoreado, las familias, los padres. Unos más mal que otros viven un infierno.

 

El hijo avisa que saldrá del cuarto; los padres tendrán que alejarse o encerrarse mientras él va al baño y lavarse las manos. El muchacho sale con la angustia de quien no tiene asideros, ni certezas, la única seguridad: está contagiado a sus veinticuatro años y su cuerpo no tiene las mínimas fuerzas para enfrentarlo. Los padres guardan la distancia recomendada por los médicos. La madre lo mira de espaldas lavarse las manos mientras él llora diciéndole: mami, ¿por qué tengo tantas ganas de llorar? Inevitablemente, ella lo observa impotente, dolorida, desconcertada, angustiada; reprimiendo las lágrimas le contesta: estarás bien

La expresión de la madre suena hueca, lejana, por lo que ambos, mantienen más la distancia marcada por la estridente muerte incubada en uno los millones de hogares que esta pandemia ha dejado registrada en el mundo con el nombre de Covid-19.