EL HOMBRE MOSCA

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Cuento dedicado a los padres no biológicos

que fueron bien padres

 

Después de mucho tiempo llegó a su ciudad natal y en triunfo: era una de las dos atracciones principales del circo. Su acto: subiendo por el mástil central, con las garras de pies y manos llegaba a lo más alto y en la arandela que detenía las lonas, se paraba de manos. La ovación rompía el circo. Luego con una mano quedaba en línea recta con un dedo. Corría el año de gracia de 1954 cuando el gran circo Veas y Modelo, llegó a Toluca. Circazo de 3 pistas y todavía, con leones, tigres, elefantes y enanitos.

La otra atracción, además de El hombre mosca, nombre de batalla de Adán López era TRUCSON el enorme gorila que parecía humano. Salía, agradecía la ovación y se sentaba a comer: se ponía el babero y usaba los cubiertos, ora.

Empero, el acto de Adán hacia sudar las manos: en ciertos lapsos resbalaba y ohh, no caía y de nuevo pá’rriba. Por fin llegaba a la cúspide, ovación retumbante y una cuerda enclavada en la punta del mástil lo ayudaba a bajar. Le ponían su capa dorada y se iba al tráiler-camerino.

Al irse quitando los arreos, Adán no supo cómo las lágrimas le nublaban la vista al recordar su vida.

Aquí nació y creció y quién sabe cómo no se murió. Abandonado en un bote de basura, alguien le dejó en la sacristía de la iglesia de Los Dolores y el padre Germancito López lo crio y lo creo: educación, ropa, comida, techo y amor.

Después de la escuela y luego de la tarea, descubrió que podía subir paredes, así como suena: con pies descalzos y garras en las manos, un día llegó hasta la cúpula de la iglesia.

El padre lo animó: Dios a cada uno le da un don, a ti hijo te hizo escalar al cielo. Sigue tu camino.

 

En la pequeña ciudad todo se sabía y así cuando tenía 14 años, un cirquito se lo llevó y de ese a otro y a otro más grande… hasta hoy.

Nunca dejó de hablar por teléfono con el padre German y supo que había muerto cuando el sacristán le contestó y se lo dijo. Dos días se la pasó llorando y no se cayó del mástil porque Dios es grande. Con un dejo de tristeza salió al aire de su ciudad: nada parecido a lo que dejó: calles amplias, pero frías. ¿aquella tienda?, ¿el baldío donde jugaba fut?… nada.

Se llegó a la iglesia de Los Dolores y un lado de la sacristía localizó los tabiques, los hoyitos por donde subía. Se metió al templo y ahí en el altar viendo la crucifixión del salvador del mundo, recordó las palabras del Padre Germán: Escala hasta el cielo.

 

Y se la cambió: No padre, el que escaló hasta el cielo fue Usted… Gracias.

Se persignó y con lágrimas que se le resbalaban salió a respirar al aire de la nueva ciudad.