EL PODER DE LA MAGIA

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Una de las grandes lecciones de la vida, si la observamos con cariño y delicadeza, resulta ser la creencia en los Reyes Magos. Como buena mexicana del centro del país, desde que nací –tenía menos de un mes de haber llegado a este mundo– hasta la fecha, al pie del árbol suelo dejar mi zapato –o a veces mis zapatillas de ballet– y despertar con la bella sorpresa, recompensa de la espera. Algunas veces recibía lo que había pedido en mi carta, otras tantas, no; pero eso sí, recuerdo con mucho cariño: siempre me sentí feliz.

Una de las tradiciones más pintorescas del calendario mexicano es la celebración de Día de Reyes, además de ser la fecha que permite reactivar la compraventa de juguetes y dulces, así como en las panaderías, después del fin de Navidad. A ciencia cierta no se sabe cuándo los Reyes decidieron dar regalos a los niños mexicanos con motivo de la celebración religiosa de la Epifanía, pero sin duda, desde el siglo pasado forma parte de las costumbres de las familias mexicanas, en la maravilla de no conocer clases sociales para ello.

En el invierno del 2010, cumpliendo un sueño de años, mi madre y yo pasamos año nuevo en París, Francia. Llegamos a visitar hasta dos museos por día, nos escapamos al Monte Saint-Michel y despertábamos viendo la Torre Eiffel, esa dama de hierro que hablaba sin expresar palabras, refiriendo a la vigencia de los sueños. Recuerdo que caminaba por el Barrio Latino hasta que me detuve frente a una panadería y sonreí maravillada… como si fuera una niña. Mamá se detuvo conmigo y me preguntó sobre lo que veía. Sin quitar los ojos recargados sobre el aparador, le dije: ¡es la galette de rois, mamá!

Con motivo de la Epifanía y con fuertes raíces paganas, la gastronomía francesa tiene preparada una joya para la tradición cristiana: el galletón de reyes, antecedente de la rosca de reyes consumida en México. Creados para los saturnales, fiestas romanas para celebrar los días de invierno, estos galletones semejan a un pay, con pasta de hojaldre que contenía un haba. Quien encontrara el haba sería rey por un día. Posteriormente fueron incorporados a la creencia cristiana y en tiempo medievales, esta especie de pastel se dividía en el número de comensales y uno más: si a la puerta llegaba ese día un mendigo a pedir alimento, se le regalaba el trozo correspondiente y daba buen augurio al hogar que le recibía.  Existían dos tipos de galette, la tradicional con pasta hojaldrada, típica del norte de lo que hoy es Francia; y en el sur, más como un roscón muy parecido a la rosca de reyes que se consume en España y México. De hecho, esta tradición llegó a nuestro país cuando los españoles vivían una etapa de afrancesamiento, en el siglo XVIII, debido a la ascensión al trono de los Borbones. En México, para ese tiempo, siendo en realidad la Nueva España, ya se celebraba la Epifanía en los conventos, con cantos y buñuelos.

La noche en la que los Reyes Magos debían llegar a la casa, antes de dormirme, veía a las estrellas que hoy sé, corresponden al cinturón de Orión. Tres deseos, uno para cada uno de los Reyes Magos que visitaron el humilde pesebre en el que se encontraba un pequeño destinado a ser distinto a los demás. La Epifanía, en la fe cristiana, es la fiesta de la revelación de Jesús en el mundo, el 06 de enero, retomando el Evangelio de San Mateo sobre la adoración de unos reyes de oriente. En realidad, dentro de la misma fe cristiana, existen otras epifanías, es decir, revelaciones, como son la de San Juan Bautista o el Milagro de Caná. Sin embargo, es el pasaje del Niño Dios adorado por tres personajes místicos, magos y conocedores de las estrellas, el que ha dado forma a tradiciones y festividades e incluso, se ha ganado presencia en la Historia del Arte de la mano del Bosco, el Greco, Rubens o Velázquez. La metáfora es por más hermosa: tres sabios – aunque estudios apuntan a que realmente era un grupo, además de la leyenda del cuarto rey– guiados por la Estrella de Belén, supieron del nacimiento de Jesús y llegaron  a adorarlo, regalándole oro, incienso y mirra. Con ello, el mundo pagano encontraba la luz que Jesús representaría para el mundo, de ahí la epifanía. Y aún más allá, en la lectura cuidadosa de los reyes, se habla de la esperanza o esa posibilidad de creer en algo y seguirlo, sí, como la estrella de Belén.

En México, sobre todo en el centro del país, el 06 de enero es una fiesta familiar. Los niños reciben juguetes y dulces si se portaron bien durante el año y tuvieron cuidado de escribir su cartita el 28 de diciembre. Por la tarde, la merienda consiste en la partida de la Rosca de Reyes con la consigna: quien encuentre la figura del niño –evolucionada de aquella haba romana– deberá pagar los tamales el Día de la  Candelaria, es decir, el día de la presentación de Jesús en el templo. Aún recuerdo la emoción de todas las madrugadas por bajar las escaleras y encontrar los regalos. Los abría, abrazaba y llevaba conmigo para enseñárselos a mis padres. La recompensa de la espera. Y sin duda, la Rosca de reyes era y sigue siendo la más dulce y bella tradición para romper la dieta del mes.

En una ocasión, cuando cursaba sexto de primaria, estuve a punto de perder la esperanza. Recuerdo que una gran amiga de mi mamá me abrazó porque lloraba creyendo que ya no se podía esperar. Ella me dio una de las más bellas lecciones de mi vida: mira a tus padres, son ellos el gran regalo de los Reyes Magos en tu vida. Con el paso de la vida y sus aprendizajes, suelo buscar a esa pequeña niña que creía y seguía a su corazón cuando bajaba las escaleras, un poco emulando a esos reyes que siguieron a la estrella. Ambos creían en el poder de la magia, del bien sobre el mal, pero, sobre todo, en la esperanza. ¡Feliz 06 de enero!