EL PODER DE LOS MUSEOS

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Recuerdo mi primer día de trabajo formal y remunerado en un museo como si fuera ayer. Suena trillado, pero así de trillada suele ser la vida. Me había levantado temprano, con la ropa seleccionada el día anterior, incluyendo un abrigo morado que hoy, mientras escribo, vuelve a mi memoria. Botines, un pantalón gris y un suéter. Mi cabello llegaba hasta el hombro y ciertamente, usaba poco maquillaje para mis 25 años. Mi corazón latía de una emoción que no mata, pero vaya que hace temblar al cuerpo. Respiré profundo al entrar al portón de la antigua cervecera, sonreí y pensé… con la afirmación de la juventud… los sueños se hacen realidad. Y aquel día, cuando mi primera función fue limpiar adecuadamente las vitrinas para colocar las piezas de la sala de Vidrio, me enamoré perdidamente. No lo sabía aún, pero ese amor sí sería para siempre.

Las primeras civilizaciones comparten edad con los primeros museos. Existe registro de muestras de tesoros pertenecientes a territorios conquistados en la antigua Mesopotamia y, de hecho, el nombre museo proviene de museion, la casa de las musas en la antigua Grecia. Se sabe, además, que la propia Biblioteca de Alejandría poseía su museo como un lugar de encuentro del conocimiento, heredando a los siglos posteriores y a pesar de las cenizas, una tradición que evolucionaría como la humanidad misma.

Los museos entendidos como espacios abiertos al público donde se pueden apreciar y conocer colecciones e ideas (museo interactivo) o incluso plantas (jardines botánicos) son producto del mundo moderno y los reclamos de igualdad de finales del siglo XVIII. Sin embargo, para ese tiempo ya existían algunos museos universitarios y los famosos gabinetes de ciencia que coincidían en el valor del coleccionismo, el cuidado de las piezas y el despliegue de los elementos para su comprensión.

Durante los siglos XIX y XX, las transformaciones de estos lugares, tanto en concepto como funciones y formas de operación, evolucionaron con el mismo acelerador del progreso y los avances tecnológicos. Al grado de que, para el 2017, los especialistas se cuestionaban sobre la validez de su concepto y la necesidad de renovación. Existen museos sin colecciones, los servicios educativos han migrado a conceptos de mediación y la museografía ha decidido dar frente a la arquitectura, en una discusión de formas, texturas y colores entre edificio y elementos de exposición.

En medio de la discusión, de las exposiciones que convocaban filas kilométricas y la saturación de dispositivo digitales, la pandemia del 2020 obligó a los museos a dejar un tanto la discusión en la mesa y entender y quizás, reconocer su valor en la sociedad contemporánea. Los más modernos y mejor equipados fortalecieron sus redes sociales y publicidad digital, mientras que los museos más modestos descubrieron las ventajas de la etiqueta y los videos caseros en casa, aunque el 3% de todos estos espacios no lograron abrir nuevamente sus puertas una vez concluida la cuarentena. Del otro extremo, el del público que pareciera siempre preferir algo más comercial, la respuesta sorprendió con un mensaje de esperanza: la gente consumía lo que enviaban a las redes y ese mismo público se atrevió a volver a sus salas en tiempos más mansos, dejando de lado lo digital y disfrutando la posibilidad de poder caminar nuevamente entre sus pasillos.

A principios del año, producto de la invasión rusa a Ucrania, un museo regional que albergaba la obra de una artista ucraniana reconocida por rescatar el folclor de su país, fue atacado deliberadamente por el ejército ruso. Al verlo en llamas, un poblador entró y logró salvar 10 cuadros de la artista que conocía, justo, gracias al museo. El riesgo en el que puso su vida, lo justificaba con el hecho de que aquellos cuadros de aquel museo representaban todo eso por lo que el ejército de su país no se rendía. Así… en menos de dos años, con un mundo en caos, los museos fueron bálsamo e inspiración.

Si cuando era estudiante dudaba del poder de los museos, 20 años después estoy convencida no solo de su poder, sino también y más importante, de su magia. Definieron la brújula de mi destino aquella mañana de verano en París, cuando entre Impresionistas y las bailarinas de Degas supe que a esto me dedicaría el resto de mi vida… pero también han marcado los pasos de artistas que se inspiraron en sus salas, de enfermos mentales que se curaron con sus programas de acercamiento, de los presos que encontraron libertad en sus recorridos custodiados, de los niños con escasos recursos que hicieron válida la promesa del arte para todos. A veces pienso que han subsistido tanto y a tanto, porque son una extensión del hombre, una que lleva el sello de la memoria y adquiere forma con la promesa del futuro.