EL SEÑOR DEL PRENDIMIENTO, CENTRO DE REUNIÓN EN SAN FELIPE TLALMIMILOLPAN

Views: 3618

Año con año, cada 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, caravanas compuestas por cientos de feligreses, visitan el templo del Señor del Prendimiento en San Felipe Tlalmimilolpan, lo que lo convierte en un pueblo con una riqueza cultural notable en la entidad del Estado de México. Aunque el mayor número de visitantes se presenta en los últimos días del año, no es sino hasta las primeras semanas de enero en la que recibe a peregrinos mexiquenses y de la República Mexicana.

De rodillas por las calles empedradas, las personas llegan al templo que saluda a los visitantes desde lejos, cual estrella de Belén, siguen su imagen para guiarse hasta postrarse a los pies del Señor que les permitirá escuchar rezos y sobre todo peticiones para que los momentos difíciles se alejen o llegue la abundancia a sus vidas, pues sus milagros se perciben año con año.

La historia del Señor del Prendimiento, según la historiadora perteneciente al Colegio de México, Nuria González, data desde hace más de 100 años cuando una familia provinciana se desplazó a la ciudad de Toluca, con la intención de tener una mejor vida para sus hijos. La madre Juana Mónica Mulia Manjarez y el padre Cristóbal Mejía, divisaron un hermoso cerro cercano a la ciudad que en aquel entonces tenía unos 400 años de haberse fundado. Arribaron a un espacio en el que los edificios se percibían elegantes, de grandes hechuras como si fuesen las casonas de aquellos deleznables hijos de Dios provenientes de España, que por deleznables se les apreció por el matrimonio, pues de ellos obtuvieron su casa.

Una noche de grandes tormentos, Juana Mónica escuchó un estruendo en las calles del pueblo de San Felipe Tlalmimilolpan, aquel cerrito divisado por ella y su marido y sitio en el que residían con emoción con vista hacia el futuro. Ladridos de perros, cual llano en llamas de Rulfo y llovizna helada traída de los vientos del Xinantécatl, amedrentaron su quietud. Se asomó por una diminuta rendija del ventanal de su sala y pudo percatarse de unos hombres que sin pensarlo, se dirigían directamente a la puerta amaderada de su hogar. “¡No puede ser!” Gritó desesperada, pues sabía que en el alhajero de su madre guardaba las joyas preciosas que con ternura le había regalado. Pensó en ellas, en los muebles recién comprados, en los caballos, en los relojes que “tictaqueaban” en las paredes y corrió frenética hacía la puerta trasera de la casa para esconderse.

“¡Un milagro, Señor! Un milagro es lo único que te pido para protegerme a mí y a mi casa de estos malhechores que no tienen más intención que solamente hacernos daño. Te lo pido, Señor”. Se hincó, con los puños cerrados pidiendo al cielo que una luz del Señor la cubriera e impidiera que los forajidos la identificaran. Cinco minutos después, sucedió. Un destello creó una constelación sobre ella, el árbol detrás del cual se encontraba, la protegió como si su tamaño se hubiera dobleteado. Escuchó: ¡no la encuentro! ¡La vieja se nos fue! Gritaron los ladrones al compás de los rayos de aquella llovizna y se fueron.

Años después, el matrimonio decidió edificar un templo en 1863 en el sitio en el que el árbol se agigantó y le permitió a ella ser invisible para los ladrones. “Es un milagro, el Señor me lo concedió. Debo de hacer algo para regresarle el favor”. Mencionó brillante ante el hecho. El matrimonio murió, no obstante, los habitantes recordaron a la familia con un amor imperante, cuestión por la cual, el Señor del Prendimiento, quien representa con su imagen el pasaje en el que Cristo fue aprehendido siendo inocente, es considerado hasta el día de hoy, como uno de los más milagrosos del mundo católico.

Para los habitantes del lugar, la historia representa un simbolismo único, dado que son el único pueblo colindante con la capital de la entidad que conserva una historia similar. Angélica, Fabiola, Alejandro, Eduardo y Ernesto Gutiérrez, son cinco residentes que crecieron en el pueblo, escuchando la tradición oral de la capilla y su relevancia hacia la cultura de su lugar de origen, por lo que mencionaron que aunque sea poco difundida por las oficinas turísticas del estado, San Felipe es un punto de encuentro de cientos de creyentes en los milagros que realiza el Señor, quien además comparten que debe tener cada día una luz prendida cerca de él o de lo contrario, bajará de su altar para decirle al sacerdote a cargo, “me apagaste la luz. Ve a prenderla”.

De las curiosidades del Cristo, se menciona que cada vez que realiza un milagro desaparece de su altar, por lo que los habitantes están pacientes por verlo ausente, sabiendo que estará caminando por el pueblo para derramar su divinidad.

León y Fátima, dos habitantes y fieles del Señor, comentaron que “para nosotros es una dicha celebrarlo cada año, porque siempre nos acompaña en cada paso que damos, también acompaña a nuestra familia entera y nos ha permitido vivir sin que nada nos haga falta”.

A su vez, Ángel también residente del pueblo, destacó que la celebración brinda felicidad entre los locatarios y permite la unión de las familias.

“Yo recuerdo desde chico la celebración con mucho cariño, además somos testigos de todos los peregrinos que se dan tiempo de venir hasta acá. Realmente es una fiesta que nos permite olvidarnos de los malos ratos y nos hace compartir tiempo con todos los que habitamos San Felipe, además de que muchas personas de otras partes del propio estado y del país vienen. Una vez nos encontramos una familia de Puebla que venía con mucho gusto a nuestro pueblo solo para acompañar al Señor en su fiesta”, dijo.

Hoy San Felipe Tlalmimilolpan debe afrontar diversas dificultades impuestas por el sistema, por el gobierno y por la globalización imparable, pues su población aumenta y se viven con mayor frecuencia problemas de delincuencia, sin embargo, mientras exista su fe, lo demás les ayudará a pasar desapercibidas las tormentas, como Juana Mónica en su momento.