Enero

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Juana abre los ojos. Tener conciencia de su despertar le da una incierta sensación de estar viva. Como otras veces, se sienta a la orilla de la cama. Contempla a la nada, trata de enlazarse con su incipiente jornada. Se mira las manos, los pies desnudos, observa la pared, los muebles; es otro día más y no sabe cómo iniciarlo.

Tambaleante de ánimo, se pone de pie dirigiéndose a la pared donde se encuentra el calendario que le regaló el señor de las verduras. Frente a él, mira los números; con el fin de ubicarse en las fechas, se detiene en los dígitos negros, en los días: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes…Si hoy es diecinueve de enero… ¡Qué rápido ha pasado este año nuevo!

Le vienen a la mente las posadas, los preparativos de la cena de navidad, los adornos, los regalos, el frío de invierno, el año nuevo, los buenos deseos, los propósitos, las metas, los sueños… ¡Caray! El día de reyes, la ilusión de los dones, los obsequios, la magia, una magia que quisiera detener los vívidos momentos.

La noche anterior cayó agotada, la extenuación del quehacer, evitó el insomnio de otras noches; ha sido bendecida por la noche, por el día, por la mañana.

Otro día más, repite el mismo ritual, conversando con su casa, inicia recogiendo su cama, recogiendo los trastos de la mesa, preparando el desayuno y su comedera de medio día pensando un poco en ella.

Ella que se siente triste, tiene descocida el alma, ella que lucha contra sí misma cuando se encuentra mal. Sin embargo recuerda que algo la reconforta: se coloca frente a la máquina y escribe, escribe, otro mes de enero, otro febrero; así sucesivamente, llegar a otro año: ¿Qué más da otro día de vida?