Estúpidamente orgullosos

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Algunos meses atrás, la noticia de los estragos de la primer marcha feminista invadió las redes: una estación del Metro había sido vandalizada por un grupo de mujeres encapuchadas y enardecidas. Aquella noticia, recuerdo, levantó ámpula en mí; en aquel entonces —nada lejano de hecho—, me parecía que esa no era la manera de protestar ni de exigir justicia; pensando qué, como dice Gandhi, no hay camino para la paz, que la paz es el camino. En fin,  no habrá pasado de algún post liberador en Facebook, creyendo que, incluso en ese impulso del mal pensado buen civismo, era de hecho a otras mujeres a las que les tocaba señalar que sus congéneres estaban confundiendo el rumbo. Hoy me arrepiento, y todo gracias a un tweet.

Todavía, en la actualidad, sigue siendo increíble que las titulares en los medios sean la cantidad y el monto de los daños ocasionados por las marchas, del grueso de mujeres que cuidaran el bienestar de los inmuebles y las vías alternas de circulación para evitar retrasos en los trabajos y contribuir en medida de lo posible a que el accionar ciudadano no se vea alterado. Así, como para no importunar con sus gritos de auxilio como nos están matando, a las buenas consciencias. Sí, todo es más importante que las cifras y la absoluta incapacidad en cualquier nivel de gobierno —y sin importar el color—, por garantizar la seguridad de las mujeres que son hoy, más que antes, vulnerables a padecer algún tipo de violencia. Aquel tweet, ironizado, preguntaba por la salud del Ángel de la Independencia que a todas luces importaba más que la vida de una mujer.

Sí, hemos cometido un error creyendo que un monumento vale más que la vida de un ser humano; que la vida de una mujer, y lo entiendo así, ya que esos cientos de destrozos han servido —de buena o mala manera—, para visibilizar una problemática obscenamente común, y no, no hay manera poética o prudente para decirlo.

Al final parece que el avance es lento, tan solo hay que ver las redes sociales —sí, las benditas redes sociales—, para darse cuenta de qué, a pesar de que la voz de algunas comienza a ganar espacio, —el espacio de las que ya no están—, no estamos ni cerca de lograr algo; tan sólo hoy, sale una nota en El Universal de los jugadores del América burlándose de un performance feminista que busca concienciar sobre la violencia de género. Entonces, ¿qué obtienen las mujeres cuando alzan la voz?, eso, burlas. La nota es subida por una página de memes que en el encabezado dice: no se enojen, niños de cristal, es humor. Entonces, cuando una mujer levanta la voz, es buena oportunidad para patear al caído, y que los pseudo medios, le digan por ejemplo, mira, ya te vi, pero, como has tardado mucho en pararte, pues de todos modos te voy a patear, con una estúpida acotación que entre líneas dice, te lo digo para que no te enojes de la patada que te voy a dar, entonces advertida la sorna, no puede ser señalada a pesar de que sea repugnante.

Y mire muy preciado lector, si alguien no comulga con la pesada corrección política de la que hoy estamos siendo victimas tantas personas, es precisamente el que suscribe. Nada más porque se está llevando entre los pies la libertad de expresión y el sentido del humor; pero no, caballero, joven y una que otra mujer por ahí, si seguimos creyendo que una mujer, por tener sobrepeso, no puede pedir que no se le tiren piropos en la calle, cuando la que los recibe es la bonita; o que una mujer no puede exigir #NiUnaMenos, porque mata a otro ser en su vientre —que idiotez—; que una feminista es una lesbiana reprimida por no ser hombre o que a los hombres los matan como a ellas por el simple hecho de ser mujer (crimen de género) y en misma proporción, y que por eso no deben quejarse…, señores, no hemos entendido nada, y sí, señores, entonces no basta con una barda, cristal o Ángel de la Independencia pintado o destrozado, hace falta que tiren el mismísimo palacio de gobierno, que ardan los pinches bancos y cierren todas las malditas carreteras que sean necesarias, ya que, mientras se lee esto, y se comparte otro meme donde se frivoliza —de la manera más estúpida— la lucha de cientos de mujeres que exigen lo que todos, una vida tranquila y segura, una mujer, de las diez que mueren al día en el país, se topa con ese lapidario destino.

No comparto, por ejemplo, el uso del lenguaje inclusivo; particularmente cuando se ignora en ese sentido, el verdadero lenguaje inclusivo como la lengua de señas, por eso y porque en definitiva no creo que la lucha se encuentre ahí, que eso no evitará que en África se mutilen los genitales de una mujer represivamente únicamente para privarla de su vida y goce sexual, sin embargo, en el polo opuesto, es también de señalarse la indolencia con que se juzgan los movimientos feminista, y créame, ese post, lejos de hacerlo quedar como una persona inteligente, con el valor y la gallardía que se creé ante la ola de críticas y comentarios claramente de una sociedad, de mujeres que ya están hasta la madre de ello, nos convierte, en menor o mayor grado, en parte mucho más del problema, que de la solución de un país que se niega a aceptar que es terriblemente machista, y peor aún, que lo es tanto que no lo nota y por el contrario se siente estúpidamente orgulloso de ello.