Falsos protagonismos

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En una época marcada por la inmediatez y la sobreexposición, resulta cada vez más evidente lo estéril que es buscar protagonismo a cualquier costo; las redes sociales han amplificado esa necesidad constante de ser visto, aplaudido y validado, transformando incluso los logros más pequeños en grandes espectáculos, y la rutina más común en una vitrina de egos. 

Est tal la necesidad de ser vistos que se cae en el error de creer que el silencio o la discreción son sinónimos de irrelevancia.

Absurdos hay muchos, hay quienes llegan al extremo de reclamar a los demás por no prestarles atención, por cambiarlos por otros, como si el reconocimiento fuera una obligación ajena. 

Otros se enfrentan a compañeros y colegas, no por diferencias sustanciales, sino por medallitas simbólicas, por un lugar protagónico que, una vez alcanzado, resulta fugaz e insatisfactorio. 

Se hace ruido por todo, se exageran las victorias, se dramatizan los obstáculos, y todo se convierte en una lucha por destacar, incluso a costa de la armonía, del respeto mutuo y del propósito real del trabajo.

El verdadero problema no es el deseo de ser valorado, que es natural, sino la obsesión con el aplauso inmediato; esa necesidad de estar en el centro distrae del fondo: el compromiso, el esfuerzo sostenido, la responsabilidad con uno mismo y con los demás. 

Se olvida que el trabajo bien hecho no siempre hace ruido, pero deja huella, que hay tareas silenciosas que construyen más que los discursos altisonantes, y que hay personas que, sin publicar cada paso, generan un impacto profundo y duradero.

Vivimos en un entorno que premia la exposición por encima del contenido; me parece un enfoque equivocado, pues lo verdaderamente valioso suele crecer en silencio, como las raíces de un árbol y no es necesario gritar para hacer bien las cosas, no hace falta acumular likes para tener sentido y no es necesario presumir logros que sólo existen en nuestra mente.

Lo verdaderamente valioso es vivir con foco, haciendo lo correcto incluso cuando nadie lo nota; en esa constancia, sin reflectores, hay una dignidad que no se compra ni se mendiga: se cultiva.

En consecuencia, necesitamos reencontrarnos con enfoques más positivos y sostenibles, dar sentido al esfuerzo diario, el trabajo en equipo y el respeto por los procesos. 

Estamos muy atentos de lo que otros dicen y presumimos cuestiones intrascendentes, mientras he dejado de lado mi apariencia, mi salud, mi compromiso y mis talentos; dejemos de ver a los colegas como rivales y empezar a verlos como compañeros de camino. 

No todo merece ser documentado, ni todo logro necesita una ovación; en muchas ocasiones, basta con la satisfacción íntima de haber cumplido, de haber aportado, de haber sido coherente.

La búsqueda desmedida de protagonismo agota, divide y, al final, no llena, sobre todo cuando nos convertimos en mitómanos y queremos convencer a todos de lo fregones que somos.

Una vida guiada por el sentido del deber, la calidad y la humildad, aunque pase desapercibida, deja siempre una marca más firme, más real y mucho más humana.

horroreseducativos@hotmail.com