Gerardo

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Él fue mi compañero de trabajo durante muchos años. La primera impresión que tuve de su persona fue la de ser un maestro jovial, entusiasta y apasionado por la educación.

 

Impecable en su vestimenta, profesional con los alumnos, sonriente en el saludo y al dar sus clases de computación: todo un experto. Su entrega a la docencia lo llevó a ser admirado, querido y reconocido por los estudiantes.

 

Como compañero de escuela fue generoso, prudente, caballeroso. En las reuniones de actualización, él era como los alumnos de dieces; casi no participaba, con mirada inteligente seguía cada palabra de los ponentes obteniendo los mejores resultados del conocimiento compartido.

 

Como amigo, escuchaba respetuoso, después de atender nuestras penas, opinaba poco sobre lo que le platicábamos y lo que aconsejaba era un breve comentario que sellaba la confiabilidad de su persona.

 

Con Gerardo, conocí los primeros bares de esta ciudad, las cantinas tradicionales.

 

En cada una de ellas, se contaron historias, escribimos páginas aventureras.

 

Hace poco, mis antiguos compañeros de trabajo hicieron las continuas e insistentes llamadas, para decirme que mi buen amigo, había fallecido. Escuchar la noticia, soltó lágrimas imparables. Como una adolescente, me repetí hasta calmarme: ¡Se murió mi amigo!

 

La pandemia le robó el ánimo, la sonrisa. Dar clases detrás de las pantallas no fue lo suyo, por cada día transitado en la virtualidad de las clases, el desencanto absorbió la chispa vital, el amor por lo que hacía.

 

Se murió mi amigo y con él viajes, pláticas, aventuras, confianza, lealtad, pícaras historias. Dejó un hijo de un año y una mujer truncada por los sueños de recién casada.

 

Esta pandemia no dejó sólo el contagio corporal, el encierro invadió el alma de millones que cayeron en el abismo de la depresión y soledad pese a la compañía.

Ante la muerte de Gerardo, como otras que me han afectado, rindo homenaje con la vida no sólo por la salud física –de la que me siento privilegiada­– sino por la salud  interior que permite tomar de la adversidad una oportunidad de vida.

 

En esta ocasión, me despido en este escrito, con infinito cariño de mi amigo Gerardo Silva y de usted, mi lector, agradecida por la paciencia que me ha tenido al seguirme en estas palabras trazadas por la vida y la muerte que nos acompañan todo el tiempo.