¡Habrá consecuencias!

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En un mundo donde el lema no pasa nada se ha convertido en la filosofía de vida favorita de muchos, es casi encantador observar cómo las personas se deslizan por la vida con la certeza de que pueden salirse con la suya en cualquier situación. 

Es un arte que han perfeccionado; saltarse las reglas del juego con una sonrisa, como si cada decisión irresponsable fuera una simple travesura de niño travieso y en donde las consecuencias son solo un mito urbano, porque tenemos autoridades complacientes.

Imagínate a ese personaje en la oficina que llega tarde todos los días, se sienta con la misma actitud despreocupada, como si tuviera un contrato exclusivo con el tiempo. Sus colegas lo miran con mezcla de admiración y desconcierto. Mientras él sigue acumulando retrasos como si fueran trofeos. La verdad es que en su mente, el reloj es sólo una sugerencia, y su mantra interno le susurra: no pasa nada, total, siempre hay tiempo para la excusa perfecta que, además, mis jefes solapan.

Y qué decir de aquellos que manejan como si toda señal o norma fuera un simple adorno, cruzan las intersecciones con una actitud digna de un piloto de Fórmula 1, invaden carriles prohibidos porque son listos, se estacionan donde consideran necesario o circulan en sentido contrario convencidos de que nadie dirá algo; esa postura se convierte en su escudo de protección, hasta que un día, esa misma despreocupación los pondrá de frente al destino, justo en el momento en que piensan que lo han burlado.

En las relaciones personales, este fenómeno es aún más notable; quienes siempre esperan que el de enfrente les resuelva todas sus broncas, los que exigen atenciones que no están dispuestas a dar, quienes buscan demostrar lo que no son , quienes abusan de sus padres sin ninguna contraprestación a cambio. 

Personas que viven en un mundo imaginario en el cual su visión de vida es perfecta y estable, ¡no pasa nada!  Como todo cuento de hadas, la historia tendrá un giro inesperado. 

Un día, la impunidad se agota y el karma indicará categóricamente que habrá consecuencias. Lo más irónico de esta postura de vida es que, por cada acción que aparentemente no enfrenta consecuencia alguna, acumula una deuda que no se ve. 

El tiempo, ese viejo sabio, nos recuerda que todo tiene un costo; la falta de responsabilidad y el desprecio por las normas no sólo afectan a los demás; también dejan una huella en el propio corazón y ese desdén por el compromiso cobra factura en nuestra forma de vida, en nuestro entorno y en los frutos que cosechamos de nuestros actos.

Ese mismo tiempo no es nada más un espectador; es un actor en esta obra de teatro de la vida, y en su escena final, se encarga de equilibrar la balanza. Al final del día, siempre hay que pagar la cuenta, y el no pasa nada puede resultar en una sorpresa muy costosa.

En su libro Caín, José Saramago escribe: Más tarde o más pronto las consecuencias caerán sobre nuestras cabezas, De eso, amigos, nadie escapa en este mundo.

horroreseducativos@hotmail.com