Help!
Mi Spotify estaba en modo aleatorio cuando comenzó a sonar Help! de The Beatles. No pude evitar pensar que la canción había elegido un momento bastante oportuno para acompañarme mientras escribía sobre una historia que, aunque tiene nombre propio, podría estar ocurriendo en cualquier oficina.
Son las ocho de la noche de un domingo y Lucía está acostada, pero no descansa. El lunes todavía no ha llegado y; sin embargo, ella ya está pensando en el tráfico, las reuniones, los correos marcados como urgentes y los problemas que nadie resolvió el viernes, pero que inexplicablemente aparecerán como prioridad a primera hora del lunes.
Lucía no siempre sintió esto.
Hubo un tiempo en el que disfrutaba su trabajo. Tenía ideas, proponía proyectos y se emocionaba con los desafíos. Hoy, en cambio, termina la semana contando cuánto falta para que llegue el viernes y comienza el domingo con la ansiedad de saber que, inevitablemente, el lunes volverá.
Y el lunes llega.
Lucía se levanta, enfrenta el tráfico, deja la mochila sobre su escritorio, prepara café y abre el correo. Responde mensajes, asiste a reuniones, resuelve problemas y sonríe cuando corresponde. Cumple.
Pero algo ha cambiado.
Hace todo mecánicamente, como si estuviera observando su propia vida desde afuera. Todo tiene el mismo color gris de una película antigua.
Lucía está quemada.
Y probablemente alguien en su organización ya lo ha notado. O quizás no, porque Lucía sigue cumpliendo con su trabajo.
En el mundo corporativo tenemos una curiosa costumbre: mientras una persona continúe entregando resultados, asumimos que está bien. No importa demasiado si llega antes que todos y se va después, si responde mensajes fuera de horario o si hace meses dejó de participar con el entusiasmo de antes. Mientras la productividad continúe, parece que nadie encuentra razones suficientes para hacer preguntas.
Y ese es uno de los problemas del burnout o desgaste profesional.
No siempre aparece acompañado de una renuncia dramática, una crisis evidente o alguien llorando en el baño de la oficina. A veces, la persona sigue ahí, sentada frente a su computadora, cumpliendo cada una de sus responsabilidades.
El cuerpo llega.
La persona, no necesariamente.
Por eso me pregunto cuántas Lucías existen hoy dentro de las organizaciones.
Y también me pregunto cuántas veces confundimos el burnout con cansancio, desmotivación o, peor aún, falta de compromiso.
Porque resulta bastante cómodo pensar que el problema está en la persona. Que necesita aprender a manejar mejor el estrés, organizarse, meditar o, en su defecto, asistir a la próxima charla sobre bienestar que la empresa programó un jueves a las seis de la tarde.
Pero hay una pregunta mucho más incómoda que deberíamos hacernos puertas adentro:
¿Qué pasa cuando el estrés no es un problema individual, sino algo que la propia organización produce todos los días?
¿Qué ocurre cuando Lucía no tiene dificultades para desconectarse, sino que nadie respeta su horario de desconexión?
¿Qué sucede cuando no es poco tolerante a la presión, sino que lleva meses cubriendo el trabajo de tres personas?
¿Qué pasa cuando una cultura laboral premia precisamente aquello que después lamenta: estar siempre disponible, nunca decir que no y demostrar compromiso a través del agotamiento?
Después, cuando esa persona se va, todos parecen sorprendidos.
Pero si ella podía con todo.
Quizá ese fue el problema.
Recursos Humanos tiene un papel importante en esta historia, aunque no puede resolverlo todo desde una oficina ni convertir el bienestar en una presentación de PowerPoint. Su responsabilidad debería empezar por mirar más allá de las actividades y los beneficios.
Porque una charla sobre salud mental puede ser valiosa, pero difícilmente compensará una carga laboral imposible. Una sesión de mindfulness no solucionará un liderazgo que normaliza los mensajes a medianoche. Y una campaña sobre bienestar pierde bastante credibilidad cuando las personas que necesitan tiempo para cuidar su salud sienten que deben justificarlo como si estuvieran solicitando un favor extraordinario.
Tal vez Recursos Humanos debería mirar el burnout como lo que también puede ser: una señal.
Una señal de que algo no está funcionando en los equipos.
Cuando una persona está agotada, podemos hablar de una situación particular. Pero cuando un equipo completo está cansado, desconectado, renunciando o trabajando únicamente en modo supervivencia, probablemente ya no estamos frente a un problema individual.
Estamos frente a un problema de cultura.
Y esa conversación resulta mucho más difícil porque obliga a revisar liderazgos, cargas de trabajo, prioridades y decisiones que, durante mucho tiempo, fueron consideradas normales.
Es más sencillo recomendarle a Lucía que aprenda a gestionar el estrés que preguntarse cuántas razones tiene para estar estresada.
Cuando terminó Help!, mi Spotify siguió con otra canción. Pero me quedé pensando en Lucía y en todas las personas que mañana volverán a la oficina, prepararán café, abrirán el correo y responderán recibido.
Cumplirán con todo lo que se espera de ellas.
Quizá incluso sonreirán.
Y tal vez nadie notará que llevan meses pidiendo ayuda de una manera que la organización todavía no ha aprendido a escuchar.
Porque el burnout no siempre grita.
A veces sigue trabajando.
Y quizás el problema más grave no sea que las personas se estén quemando, sino que nos hemos acostumbrado tanto al humo que ya no nos preguntamos de dónde viene el incendio.

