Historia del árbol que soñó que nada fue verdad –Relato–
Su sorpresa fue enorme, cuando en lo que quedaba del tallo, había esculpido un rostro de mirada triste, melancólica. Sus ojos parecían tener vida propia, me miraban despertando mi conciencia y ahí me di cuenta de la soledad que tenía frente a mí. Troncos cortados, ramas en el suelo, nubes de hojas me rodeaban.
No muy lejos, un grupo de empresarios, habían creado una industria química, generando residuos, que contaminaban severamente el medioambiente.
Producir oxígeno, purificar el aire, dar sombra a quien la necesitara, servir de refugio a la pequeña fauna del lugar. Eran algunas funciones de la Acacia que se había bajado de aquel cuadro. Y ahí estaba, bien plantada, en su lugar, con el tronco torcido, pero erguida y orgullosa, ofreciendo sus servicios sin mayor interés que ser sombra, y refugio. Según pasaba el tiempo y la demanda que pudiera surgir, ya que la generosidad y el desprendimiento corrían como agua bendita por la sabia de sus ramas.
Se adaptaba, sobrevivía y cada día, con las mismas ganas, el mismo entusiasmo de hacer lo que, de antemano, ya estaba trazado por su destino. Producir oxígeno, purificar el aire, dar sombra, cobijo y refugio a quien la necesitara. No podían anidar en ella grandes aves, se necesitaba frondosidad y altura, ramas fuertes y tupidas, de lo que ella carecía. Pero, en cambio, era el hogar predilecto de sus amigas, las hormigas, ellas, a su vez, la protegían de jirafas y otros herbívoros, que quisieran saborear sus verdes y suculentas hojas, que ella defendía con los pinchos de sus ramas, rechazando hocicos y lenguas, armas que la misma naturaleza le había otorgado, por si acaso las necesitaba.
Llegaba la primavera, y como todo árbol, brotes tiernos y hojas verdes vestían de hermosura sus ramas. Tan verdes como la esperanza, tan hermosas como la luna. Las mariposas, curiosas y nerviosas, revoloteaban formando una nube de gran esperanza. Era la primavera en toda su fragancia, era la Acacia en su renacer con sabias nuevas. Era el tiempo que cumple el mandato divino de que la vida sigue.
En verano, con el agua retenida por sus raíces, le permitía, lucir más hermosa y frondosa, punto de encuentro de aquellas mariposas curiosas. Para aquellos caminantes que buscaban la sombra. Para los pajarillos que tímidamente se acercaban y al notar su fragancia en sus ramas se quedaban.
En otoño, con el viento, se contoneaba y lo hacía más de lo habitual, como queriendo despojarse ella de su vestido, que quizás ya le cansaba. Preparando sus ramas para soportar las inclemencias que se avecinaban. El frío y la lluvia, el que conserva y la que alimenta. Al mismo tiempo que regalaba lo que era imprescindible y que con amor esparcía, oxígeno limpio y puro, con esa su belleza que jamás la abandonaba.
Llegó el invierno y a pesar del frío y los vientos, ella se mantenía firme. No cedía en sus deseos de ayudar a quien la necesitara. Pues aunque se trataba de un árbol pequeño, eran sus raíces grandes y profundas, tanto como sus deseos de fortalecer el medioambiente y hacer sus tareas de la mejor manera posible. Le permitían seguir firme como la verdad y decidida como las olas que besan las orillas.
Pasaron los años y el tronco de nuestro pequeño árbol, aún más torcido de lo común, lo cual no era motivo para verse frustrado, triste, o melancólico como aquellos ojos acongojados que nos miran desde el principio de esta historia.
Como ya hemos dicho, no muy lejos de ahí, un grupo de empresarios, habían creado una industria química. Celulosa que estaba arruinado los campos y convirtiendo en muerte la vida de tantos árboles, saturando el aire de contaminación y despreciando el medioambiente. A pesar de ello, ella, nuestra querida y abnegada Acacia, seguía moviendo sus ramas, era cómplice el viento que se ahogaba por el humo de aquellas fábricas que vomitaban muerte en aras de un progreso que estaba llevando a la ruina a nuestro querido planeta.
Y llegó la desolación y con ella se murió la esperanza. Su tallo se secó, sus ramas se desprendieron, las hormigas que la habitaban murieron. Las jirafas emigraron, los humanos enfermaron, a consecuencia de este aire contaminado. Los empresarios se enriquecieron y siguieron ese ritual macabro que llevaron a nuestra querida Acacia a agonizar en el suelo antes de ser presa de las llamas de aquellas fábricas en las que se enriquecían los avaros y por las que morían los humanos.
Lloran quienes ya no tienen su sombra, ya no se ven las hormigas, ni las hojas, tronco y ramas, todo fue devorado por las llamas. El aire contaminado es testigo de todo ello.
