In Memoriam. La Historia de este amor se escribió para la eternidad
Hoy quiero saborear mi dolor, no pido compasión ni piedad
El Triste
Sin duda José Rómulo Sosa Ortiz fue uno de los más grandes referentes de la balada romántica, también fue conocido como El Príncipe de la Canción, claro está, por sus exquisitas interpretaciones que ofrecía a la gente con su voz no estudiada, pero de natural barítono lírica. Desde pequeño en contacto con la música, pues su padre – José Sosa Esquivel – era un reconocido tenor cantante de ópera y su madre – Margarita Ortiz – era pianista. Por si fuera poco gustaba mucho de escuchar en la radio a Johnny Mathis y a Frank Sinatra, dos grandes influencias para él.
A lo largo de su carrera vendió cantidades enormes de discos y también ganó muchos premios. Sin embargo la magia no está ahí, sino que se encontraba en todo aquel sentimiento que imprimía en cada una de sus interpretaciones en las que relucía su capacidad para cantar sin desafinar por largos tiempos, convirtiéndose en miel para los oídos. Un hombre que dedicó buena parte de su vida a cantarle al dolor que deja el fin del amor. Una voz que destroza el alma de quién escucha con temas de dolor, perdón y traiciones.
Hace unos cuantos días al saber de su muerte me vino la cabeza aquel episodio en que nuestro artista habló sobre una de las varias batallas que peleó en su vida, tal vez, sólo tal vez, la más dura que haya librado, la de su alcoholismo. Recuerdo aquella recaída en 1993 donde estuvo internado por varios días e incluso recorrían por todo México los rumores de su fallecimiento. Desde entonces Don José Romualdo ha sido ubicado en la tumba en numerables ocasiones. En aquella ocasión él mismo en una entrevista con Ricardo Rocha habló acerca de aquel episodio tan doloroso en su vida, él mismo señaló que: No es mi turno de irme de este mundo, veintiséis años después lo fue.
Por ahí se asoman algunas palabras que en este contexto encajan como mandadas a hacer, nos las regala Adolfo Bioy Casares cuando señalaba que la memoria suele ser el cielo de los hombres. Y que la muerte, tan dolorosa como paradójica siempre, a menudo culmina rindiendo un homenaje auténtico a todos aquellos que han encontrado aquella misteriosa fórmula para perdurar. Este es el caso de José José, quien según la versión de algún productor fue bautizado con es nombre, que seguramente perdurará por demasiado tiempo en el corazón del México y el mundo, por la cantante cubana Olga Guillot.
José José, comenzó por lo indispensable, la guitarra, fue en 1963 cuando formó parte de un trío de Jazz y Bosa Nova al lado de su primo Paco Ortiz y su amigo Alfredo Benítez, donde cantaba y tocaba el bajo y contrabajo. Es ahí donde inicia su trayectoria como cantante. Las serenatas con gran repertorio romántico de aquella época era lo que alimentaba al joven. Sin embargo, había que vencer la resistencia de un padre que no quitaba el dedo del renglón para que no abandonara sus estudios de mecánica en aviación, además de que su predilección era por las bondades de la música clásica.
El romántico en esencia ya comenzaba a trabajar en las cafés como el A Plein Solei y El Ipanema. Para el final de la década de los sesenta La Nave del Olvido se convierte en todo un suceso, tal vez, sólo tal vez, había encontrado su canción y un estilo propio que se reafirma. En 1970, es parte de la segunda edición del Festival de la Canción Latina (Hoy OTI) en representación de México, con tan solo veintidós años. Se cuenta cuando el Teatro Ferrocarrilero se pone de pie, pues para todos El Triste, merecía el primer lugar aun cuando el jurado sólo le acreditaba un tercero.
Así comenzaron un sinfín de éxitos; inclusive al lado del famoso ratoncito Topo Gigio, y con ellos fama, y por supuesto crisis en lo físico y espiritual. Sin embargo para esos años –1974– ya nos deleitaba con piezas de primer nivel internacional como Es que te Quiero y Déjame Conocerte de la autoría del gran maestro Paul Anka. Y así continuó, para el año ochenta se da una transición en donde el Teatro de la Ciudad no era suficiente para sus seguidores, así que se presenta ante seis mil espectadores en el auditorio nacional. Solo un año más tarde los asistentes eran ya siete veces más, se había convertido en el Príncipe de la Canción.
Sin embargo todo este éxito me trae a la mente de forma irreversible el episodio que vive con el gran Frank Sinatra. Es sabido que quería firmarlo para grabar un disco en el estudio que el fundara, por supuesto que la propuesta fue aceptada de inmediato por el Príncipe de la Canción, sin embargo por la guerra de disqueras esto no fue posible. Sin duda un duro golpe que lo llevó a una depresión que lo condujo, durante semanas, a los abusos del alcohol mientras escuchaba sin reconfortarse la voz de Sinatra.
Cuatro años más tarde, el intérprete de Fly me to the Moon, viaja a Tijuana para verlo y, para muchos, le comparte una gran lección musical. José José dio un concierto en el centro nocturno Flamingos, donde era observado desde la privacidad por el gran Frank, él no lo vio, pero le dejó un mensaje con el dueño del lugar: dice que si sigues cantando así te vas a lastimar, que tienes que vocalizar. Sin embargo, en una de las anécdotas que cuenta José Rómulo en su libro autobiográfico Está es mi vida, parece haber una lección mucho más grande. Cuenta que fue invitado a una fiesta en casa de Sinatra en los Ángeles, donde canto Misty de Errol Garner. Ahí mismo el intérprete de Can’t Take my Eyes of you le aplaudió en demasía y le azotó tremendo mensaje: no te olvides de que triunfar es muy bello, pero tiene un precio alto. Por ejemplo, siempre estoy encerrado, no puedo ir al cine ni al super, eso duele, aunque tiene su compensación. Nunca dejes de ser José José, el que va al cine con sus hijos y lleva a su mamá de compras. Sin duda tuvo un precio alto. Uno de los más grandes fue su alcoholismo.
Fue Ricardo Rocha una de las personas que lo apoyó a recuperar su vida y su carrera. En una de sus pocas entrevistas el propio príncipe de la canción habla al respecto recordando inclusive que ésta fue la causa aunada a otra enfermedad bacteriana de que perdiera lo más preciado que era propio de su existencia, su voz. Comentaba que llevamos una sensibilidad que le debemos a Dios, a las vivencias, a este –cariño del público– que es el soporte de los que nos dedicamos a esto (…) en aquella experiencia que del todo no fue agradable, que me encontraba yo en pésimas condiciones debido al no buen manejo de mis emociones: mi sensibilidad que es lo único que puedo entregarles con honestidad (…) Así es que (…) tomé la decisión de internarme en una clínica especializada (…) creo que necesitan atravesar por esto para comprender que mi batalla seguiría, mi lucha contra esta enfermedad en esta oportunidad me ganó una batalla, pero no la guerra (…) No es mi momento de irme de este mundo. Yo tuve tantos problemas emocionales que decidí una vez más terminar con mi existencia y él –Dios– no lo ha querido así. No fue hasta hace un par de días o algo así que lo quiso. Descanse en paz José Rómulo Sosa Ortiz.

