Joaquín
Mi hijo tiene la mirada triste
de quienes han vivido centurias
Es un salvaje domado acaso domesticado
por la vida que lo ha trajinado
sonríe con la piel
que se agranda cuando camina
y más cuando habla
y más cuando llora,
supongo, porque nunca lo he visto
con los ojos mojados
este ser hecho de no sé qué
tiene la educación de un Duque
y el alma en ciernes de un hampón que aún
no se atreve a delinquir en esa juventud llena de deudas
que irá pagando a cuenta gotas o de un tirón.
Prefiero ignorarlo.
Su nobleza es la típica de un hoplita
y esa sabiduría sacada de la vieja chistera cautiva
a todos, y todos es todos,
incluido algún Dios que se reclama la creación
No intento describirlo
pretendo fotografiarlo
sin conceptos
y claro ante tal monumento de persona
las letras se atracan
y es como si éste fuera después de tantos
años el primer escrito que vale la pena
tiene planes fantásticos como Simbad, el Marino
y compone canciones invisibles cuando te habla
comiéndote los ojos
y su pasión,
quizá venida del barrio de Triana,
lo hace un gitano trejo y hermoso
andar con él sin escolta…
supongo que tiene un chaleco debajo de la camisa
Hace deportes a la griega
y lee como un pachá
Es adorable para envidia de sus enemigos
esos pequeños enanos que a veces estorban en la vida
su humildad no soporta los panegíricos,
lo que me queda decir es que quien
lo llega a conocer probablemente corra el riesgo
de morir de insomnio
mi hijo me llama por mi nombre
y es de las mejores condecoraciones
Ultraliberal
estas palabras mal versadas no lo alcanzan
pero quizá se acercan
sabemos lo que sentimos de ida y vuelta
y eso basta para poder seguir con la ilusión
de continuar esta marathón
en la que desconocemos la meta
y con la palabra fin de repuesto en la mochila
me despido dándole la bienvenida,
para siempre, para siempre.

