La Alhambra

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A veces, soñando, nos atrevemos a volar planeando cañadas y barrancos. Y aprovechando la inercia de la imaginación, por altas sierras nevadas y adentrarnos en mares tan azules como el cielo y tan verdes como gladiolos y crisantemos. Y, cuando nos va cubriendo un manto de estrellas, y el sueño nos va rindiendo, bajo las ramas de la higuera, llegamos a una realidad que le puede a la soledad. Sus aromas nos embriagan y mi caballo, que nunca duerme, con un susurro de voz, me pide:

Ponme a la grupa los aromas y volemos hasta la Alhambra, a ver si con el de las rosas se despierta antes del alba, que me gustan sus murallas arreboladas, rojas como mejillas de mocitas enamoradas, cuando por primera vez son besadas y acariciadas por las alboradas, esos amaneceres apasionados de los placeres tempranos.

¡Qué dulce la caña recién cortada, qué dulce el aroma del higo! ¡Cómo presume la rosa, y qué señorial el jazmín! ¡Ay, azahar del limonar!, que al bajar te posas en las aguas que buscan el mar. Cómo te gusta presumir entre ninfas y caracolas, algas y corales, porque llevas en tus entrañas los suspiros de la dama, la embrujadora y bella Alhambra.

¡Qué bonito es soñar! Qué bello despertar entre sombras y retama, contemplar las murallas y a mi lado, mi caballo, con sus ojos bien abiertos. Siempre despierto, siempre soñando con los sueños que yo sueño:

Galopar por sierras nevadas, navegar por mares verdes y azules. Y a la caída de la tarde, ¡en Granada! Ahí, nos perdemos por sus calles con aromas de azahares. Y al llegar al Albaicín*, camino del Sacromonte*, ¡a la fuente del Avellano*, nos vamos!, a saciar nuestra sed de tanta belleza con las lágrimas del poeta. ¡Ay, guardianes!, de amores, almas y penas, que vagáis por la vega, como sombras de una condena.

¡Mira cómo brilla! Corazón mío, mira cómo llega a la cita mañanera, el sol que tanto la añora cuando la luna se esconde. Ya vuelan bandadas de pajarillos, ya se repite el rito, la danza comienza, ya avanza la alborada. El rocío despierta la rosa, y vuelven a soñar los jazmines, dompedros y clavellinas, a los pies de la Señora.

¡Qué dulce la caña, qué dulce la brisa, qué besa la higuera! Qué bello despertar. ¡Ojalá soñar siempre pudiera!, en tu alma de mujer, enamorada y soñadora, y jamás fueran quimeras el estar siempre a tu vera.

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Nuestro secreto.

Él pone sus alas, yo, anhelos y sueños. Las alforjas, yo, él, las miradas. Y… soñando con mares azules y verdes, y blancas sierras nevadas, galopamos libremente.

Libres como el viento

que llega perfumando

con aromas de la higuera,

de los jazmines y las rosas

del azahar y el limonero

a la Alhambra en sus mañanas.

Somos secretos, y… nuestro amor, no tiene fronteras. El suyo, cumbres doradas, el mío, un cielo inmenso. Porque somos almas enamoradas que suspiramos por ella, al llegar a la higuera, embriagados con sus dulces aromas, suspiramos y nos decimos:

¡Mira qué hermosura!

¡Mira cómo luce la bella dama!

¡Mira los pajarillos cómo le cantan!

Ya empieza a clarear la mañana.

Amaneciendo está en La Alhambra.

¡Qué bello despertar!, caballo mío.

Anda, vayamos a beber otra vez

las lágrimas del poeta

y calmar la sed de tanto encanto

que no habrá mejor menester 

cuando la necesidad aprieta

que estar despiertos a sus pies

como dos locos enamorados 

que añoran los besos soñados. 

Alzó su mirada extasiada y desplegando las alas, con sus crines al viento, partimos rumbo al cielo, ese azul que corona el más bello de los sueños.

¡La Alhambra!

¡Ay, de sus suspiros!!

Qué… 

Al despertar la mañana,

con sus reflejos dorados

es la enamorada que añora

los amores apasionados

de aquel eterno desterrado

que vagando va por la vega

camino de la Alpujarra

llorando sin desconsuelo

por lo que atrás se dejaba 

los llantos de la sultana

y sus amores de alboradas

presos tras las murallas.

Y, así… 

Empezamos un nuevo día, con la alegría de llegar hasta sus plantas y la inmensa pena de sentir en nuestros corazones el dolor que guardan sus entrañas. De amores, destierro y voces silenciadas que llorando claman. 

Principio de muchas lunas. Con alforjas, alas y sueños, camino de la hermosa Granada. Atrás vamos dejando la Dehesa del Generalife con sus matorrales, olivos y pinares, delante, los besos de la mañana, los que llegan para rendir pleitesía a la más bella entre las damas, nuestra hermosa y querida Alhambra.

¡Vamos, corazón mío! Alcemos de nuevo el vuelo, que ya tenemos las alforjas repletas de amores nuevos; manantiales de plata en las noches embrujadas y relucientes mañanas.

¡No te demores! Paloma blanca, galopa rápido y veloz, que muere el alma mía si se alarga la agonía en las largas travesías.

¡Ay, Alhambra!, por mis ojos navegan los ríos verdes de tu belleza soberana, si me adentro en tus encantos de naturaleza bondadosa y cercana.

Dos tesoros me deslumbran, hermosa dama, la que me dejas ver desde tus ventanas y la que palpita dentro de tus murallas, guardianas de los secretos de tu alma.

Amores que vagan, el que lejos de ti añora y llora, la pena de no estar cerca, cuando el sol acaricia tu cara y la luna besa la tristeza enamorada escondida en tus entrañas.

¡Alhambra!

Erguida y orgullosa

la que nunca se cansa

de mirar para La Vega,

La Vega de la Granada

la Granada de su alma.

Mi alazán, blanca paloma, blanca, enamorado y ansioso como yo, de llegar a su sombra, desplegando las alas blancas y, con sus crines blancas al viento, a su grupa, me lleva con mi mochila de sueños. ¡Ay, fuente de los leones*!, a beber tus aguas, venimos, para saciar de una vez, la sed que nos provoca el estar lejos de su hermosura.

Y galopamos por ti, Señora

rumbo al cielo de tu mirada

ese azul de plata que corona

el más bello de los sueños,

en las noches de luna llena

y en las alboradas doradas.

¡Alhambra! Bella entre las bellas. Señorial, embrujadora y tan soñadora. Por favor, no te defiendas de los halagos, amor. Pues mira, si bien merecidos los tienes, que no habrá mayor dolor que ser ciego y no poder ver tu cara con la luna refleja, o en las mañanas, cuando el sol está preso de tu mirada. 

¡Ay, reina de nuestros anhelos! Cómo te añoramos, si lejos de ti nos encontramos. Ansioso me despierta del sueño, mi blanca paloma, blanca, para que galopemos sin demora al seno de nuestra dama. Bella entre las bellas, soñadora, seductora y soberana, Alhambra.

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De las redundancias, por favor, te pido, que no lo me tengas en cuenta, que, si de un reproche he de merecer, sea este por lo sucinto de mi relato ante lo abundante y deslumbrante belleza. Que, si repetir aquello que engalana y es fuente de muchos caños, no por eso será que sobren las palabras, sino la insistencia, por cercana, a la persistente hermosura que las mismas aguas llevan.

REFERENCIAS. 

Sacromonte: 

Barrio de la ciudad de Granada que se encuentra en el valle Valparaíso y frente a la Alhambra. Lugares emblemáticos de la misma, que se hallan en cada una de las orillas del río Darro. 

El Albaicín: 

Tuvo su mayor influencia en la época de los nazaríes. El Albaicín mantiene la trama urbana del periodo nazarí, con calles estrechas; intimidad en una intrincada red que se extiende desde la parte más alta hasta las orillas del río.

Fuente del avellano: 

Con sus aguas dulces de gran pureza y propiedades curativas. También es conocida por: La fuente de las lágrimas. Se cuenta que, cuando sus aguas se volvían saladas, eran las lágrimas de Aixa, la sultana que fue despreciada por el sultán Mulay Hassan, que se enamoró de Isabel, una cautiva cristiana que luego se convirtió al islam con el nombre de Zoraida.

Fuente de los leones: 

En el mismo corazón de la Alhambra se encuentra el patio con los doce leones que dan nombre a la fuente con sus cuatro caños. El agua, que purifica de forma constante. Que canta la gloria de la vida. Que fluye como la sangre por el cuerpo del mundo. Y es el edén del sediento que se redime al purificar su alma, cuando oye su cantar y, al beberla, enaltece su corazón ávido de gloria eterna. 

Nota: Descripciones (algunas) adaptadas a mi forma de sentir bajo la influencia de tan sublime belleza. La Alhambra, sueños del caminante sediento de la hermosura que sus aguas llevan. 

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“La paciencia cosecha la paz y la prisa, la pierde”, nos dijo Salomón Ibn Gabirol. Posiblemente el más grande poeta medieval hebreo. 

Es así, que recuerdo sus palabras cuando oigo el cantar del agua, en el seno de la maravillosa Alhambra.

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Mi sentir:

Solo una esperanza verdadera merece habitar en el corazón del hombre, la de creer en Dios, porque Él es la vida eterna. Todas las demás son, efímeras, pasajeras, fruto del miedo, la soledad y las quimeras. 

Y acabo con una frase del poema Lindajara (obra poética de tradición Nazarí): 

Soy como órbita de agua que a los hombres manifiesta, reluce, y no se oculta.

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Gracias, muchas gracias por tu presencia en mis humildes letras. Que Dios guíe tus pasos, proteja tu corazón de dolores y penas, y colme de bendiciones tu alma.