LA DIVINA ORATORIA
Dedicado con admiración y
cariño a mi hermano, Sergio (+)
Estás tú y tus pensamientos.
Aunque estés rodeado de amigos, estas solo y tu alma. Nervioso, y en la cabeza bailándole el tema que en unos minutos más improvisarás en la tribuna.
¿El tema? La Oratoria y la Facultad de Jurisprudencia.
¿Qué demonios decir? ¿Con qué lúcido pase principiar la difícil faena? ¿De qué aires ocultos jalar la inspiración?
Mientras, desde donde estás, el jardincillo de fuera del auditorio, escuchas el vozarrón, que con vehemencia trata de persuadir, el concursante que te antecede.
Las palabras que te dirigen los amigos, en lugar de ayudarte, te confunden: Mira, principia por los griegos, ¡Demóstenes! No, hombre, cita una frase inmortal, por ejemplo… y así tus ideas brincotean a más y mejor.
De pronto… ¿Cómo? Quién sabe, pero se te hace la luz. Sabes cómo principiar el exordio. Te vino una idea, una imagen, que desencadenó una cascadita de ideas. Tu cerebro halló la punta del hilito y la posibilidad de jalarlo.
Del auditorio, la ovación que sale, como que mueve los pétalos de una rosa del jardincillo. Baja de la tribuna el concursante que te antecede oh la tribuna. La escucha silente de caídas estrepitosas y elevaciones sublimes.
Tu compañera y cómplice para decir tu verdad, tu diferente concepto, tu frase feliz. Para crear sobre la ya creada palabra.
Escuchas tu nombre y el tema de tu disertación… y ahí vas.
Dentro de treinta segundos, vas a principiar tu dulce agonía, vas a buscar en el fondo de tu mente conceptos, ideas, imágenes. A riesgo del más rotundo fracaso, vas a tejer una eficaz red de palabras en las que capturarás mente y corazón de tus escuchas.
Subes al proscenio. Estás en la tribuna. Tocas nerviosamente su noble madera. Se te quiere salir el corazón cuando principias: Cuantas veces, querida tribuna, quise tenerte de cómplice en mi vida. Cuantas veces quise alzar la voz contigo para decir que eso que veía era una injusticia. Decir con fuerza, con corazón, con todo el conocimiento del derecho que aquí abrevé, que por qué siempre, el pobre carga la más pesada cruz… ¿En dónde está el quijotesco abogado que yo conocí?
Aquí, al dirigirte al jurado, venía la ovación y tomas un respiro:
– Señores miembros del honorable jurado calificador de este concurso de oratoria.
Maestros de mi Facultad aquí presentes.
Compañeros.
Señoras y señores:
En esta presentación ya notaste que tienes quieto al auditorio. La fiera está expectante: ¿Qué más dirá? Y tú piensas: todo o nada, aunque muy dentro sientes que todos los corazones están contigo. Principias ya el cuerpo del discurso, elevando el tono de voz:
– Cuando en el exordio expresé que me hubiera gustado tener junto a mí a esta clásica tribuna, fue porque…
Y continúas con una cascada de palabras salidas del alma. Con calma primero y después, arrebatado, nervioso, volcánico, hablas de tu tema. Con cólera y sentimiento, fustigas y enterneces. Sacas tu esencia vital. Por lo que vives, por lo que quieres. Desgranas tu ser en la tribuna.
Ya estás en pleno en la oratoria de improvisación. La auténtica oratoria. La difícil. La bien practicada por unos cuantos. La que, cuando hablas, la palabra es exhalación de tu alma, tu sentir, el color de tus pensamientos, tu opción.
¡Qué momento, esos en lo que te enredas al auditorio en la urdimbre de tu pensar! Cuando sientes que cada palabra rebrinca traviesa por todo el auditorio y los conceptos, libres, desencadenados, persuasivos, martilleantes, acariciantes, son como flechas que horadan cerebros y corazones. Pero no todo es saborear miel: a veces te metes en momentáneas arenas movedizas, conceptuales, o sin nadar bien, te ves inmerso en pequeñas lagunas mentales, mas, buen improvisador que eres, sales velozmente con el concepto salvador o la frase feliz que salió de la chistera del mago del hablar.
Y ahí, envalentonado, arremetes contra lo falaz, lo cobarde, lo corrupto y como dócil potro llevas a tu palabra donde dicta tu corazón.
Nadie te detiene. Hablas de la oratoria falsa, la de compromiso, la de los políticos rastreros.
Defiendes a ésta que destila verdad, por valiosa en sí. Fustigas a los practicantes de esa oratoria de conceptos por encargo, de consignas y de público dócil y adherente. Arremetes en contra de los oradores memoristas, lectores, repetidores de slogans, que quién sabe quien escribió.
Elevas a la oratoria universitaria y fustigas por ser enemigo de la misma palabra, al falso orador.
Ligero respiro. Notas que ya tienes al público metido en tu actuación y juegas con la palabra.
Adornas el discurso. Ensayas figuras de pensamiento como esa que se acomodó bien a tu tesis en que dices:
Con imaginación, en el sucio charco callejero descubrimos el cielo.
Los jurados de vez en cuando apuntan algo.
Y junto con lo que hablas, con la velocidad del rayo cruza por tu mente. ¿Y si voy mal en mímica? ¿O en voz? O en otras variantes: imaginación, persuasión, dominio del tema…
Ya se fue el rayo de la duda. Prosigues diciendo que el abogado debe ser el soldado… ¡Tiempo de terminar!
Terminar, y bien. ¿Cómo? Hablas porque tienes que hacerlo. Subes la voz mecánicamente.
– Y siempre que regresé de una litis difícil del juzgado de la vida, vendré a verte, querida tribuna, para decirte, quizá solitario en la penumbra de este auditorio… ¡He cumplido!
Terminas.
Esa ovación la llevarás hasta que te mueras, hasta que casi no tengas voz y tu mente se vaya diluyendo en el viaje final.
Aunque en lo efímero de la oratoria tu discurso ya se lo haya llevado el viento, llevarás la ovación pegada a ti, hasta el final de tus siglos y por tus siglos. Amén.
¡He dicho!
