Ruta del Hummus: cuando el turismo deja de ser turismo

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En el valle sagrado de los Incas, donde las montañas aún guardan memoria de un tiempo anterior a la conquista, las señales de los senderos públicos han empezado a hablar en un idioma extraño. Ya no son solo indicaciones para caminantes, se han cubierto con pegatinas de soldados de la ocupación. Los carteles de Prohibido el paso han aparecido en zonas de acampada que siempre fueron de todos. Los guías locales, los lugareños, los que conocen el rumor de cada sendero, miran con incredulidad y rabia. Y preguntan: ¿quién ha dado permiso a estos extranjeros para marcar nuestro territorio como suyo?

Veamos primero, la liga parlamentaria, el papel que firma la entrega

El 21 de octubre de 2021, un grupo de congresistas peruanos se reunió, a través de la plataforma Microsoft Teams, para instalar la Liga Parlamentaria de Amistad Perú – Israel. El acta de esa sesión, que hoy tengo frente a mí, es un documento que debería quemar en la memoria de cualquier peruano que se precie de soberano. En ella se nombra a Javier Padilla Romero como Presidente, a María de los Milagros Jáuregui Martínez de Aguayo como Vicepresidenta, y a Janet Milagros Rivas Chacara como Secretaria. También figuran los nombres de Patricia Chirinos, Miguel Ciccia, Noelia Herrera, Esdras Medina, Jeny López y Jorge Zeballos, entre otros. Todos ellos, los mismos que hoy se llenan la boca hablando de libertad y democracia mientras suscriben un documento que es, en esencia, un cheque en blanco a una potencia extranjera.

Pero el alma de la alianza no está en el acta de instalación. Está en el Plan de Trabajo Anual 2021–2022, un documento de 5 páginas que, bajo la apariencia de una cooperación cultural y económica, revela las verdaderas intenciones del grupo (el cual dejó abajo). Leamos con atención los objetivos específicos que se han propuesto:

  • Impulsar el programa israelí de becas con el objetivo de que jóvenes estudiantes peruanos reciban especialización en universidades e institutos hebreos. Es decir, formar una élite peruana que mire a Israel como su referente intelectual y político.
  • Desarrollar en conjunto entrenamiento en el programa hebreo ‘Ciudad sin Violencia’ para contrarrestar la delincuencia de las calles. Este es el punto más revelador. No se trata de cooperación policial; se trata de importar una doctrina de control social y seguridad ciudadana diseñada por un ejército de ocupación. ¿Qué mejor escuela para aprender a reprimir que aquella que ha perfeccionado el arte de mantener a una población bajo asedio?
  • Impulsar en lo comercial, capacitación técnica e implementación de tecnologías de avanzada en lo agropecuario, agua limpia, ganadería, energía solar, seguridad de estado y ciudadana a favor de nuestro país. La frase es una joya del cinismo: seguridad de estado y seguridad ciudadana aparecen como si fueran un mismo concepto. Pero en el lenguaje de la Liga, seguridad de estado es el eufemismo para

cooperación militar e inteligencia, y seguridad ciudadana es el nombre que se le da al control social y a la vigilancia de la población.

Estos son los mismos congresistas que, en las sesiones del Pleno, se rasgan las vestiduras por la inseguridad, pero que, en la práctica, están importando el modelo de seguridad de un Estado genocida para aplicarlo en los barrios populares, en las comunidades campesinas y en las calles de nuestras ciudades. O quienes (Jauregui) se jactan de defender la familia y la vida mientras apoyan a un Estado genocida. Porque la vida de un niño importa dentro del vientre, no fuera de él. Y todo esto, no lo olvidemos, se hace en nombre de la amistad, una amistad que tiene su origen en el voto favorable del Perú en la ONU en 1947, y que en 2006 se consolidó con la declaración del 29 de noviembre como el DÍA DE LA AMISTAD PERÚ– ISRAEL. Una amistad que, según el plan, se nutre de eventos de unidad y amistad con las iglesias cristianas del Perú, es decir, con el ala evangélica más conservadora y sionista del país, y de programas sociales en las zonas más precarias, que no son más que la antesala de la penetración ideológica y militar. Esta Liga no es un grupo de amistad, es la comisión de avanzada de un proyecto geopolítico.

La ruta del Hummus

Pero, mientras los congresistas firman documentos y planean capacitaciones, en el Cusco, en Pisac, en los senderos del Valle Sagrado, la guerra se ha vuelto paisaje. Los turistas israelíes que llegan cada año, los que han hecho del año sabático una tradición, son la prueba viviente de que la estrategia de la Liga no se queda en el papel. Son soldados de vacaciones, y no lo digo como una metáfora: han cumplido su servicio militar en las Fuerzas de Defensa de Israel, han participado en la ocupación de territorios, han visto morir a civiles, han sido entrenados para considerar al otro como una amenaza. Y ahora vienen a los Andes buscando un exotismo que pueda ser consumido sin preguntas.

Ellos en realidad no son solo turistas; son portadores de una ideología de control que no puede desconectarse de la guerra. Los comerciantes locales, para sobrevivir, traducen sus cartas al hebreo. Los centros Chabad se instalan para ofrecerles el confort de su tradición, y las municipalidades no dicen nada. Perú, el país que aún sangra por las heridas de una guerra interna que nunca terminó del todo, acepta, en silencio o de modo observatorio, que sus montañas se conviertan en el escenario de una ocupación simbólica.

En abril de 2026, la indignación estalló en Cusco. Una turba rodeó a un grupo de turistas israelíes y les gritó: ¡Asesinos de bebés!, ¡Criminales de guerra!, ¡Fuera de aquí!. La prensa israelí, con la misma táctica que usa para justificar cada bombardeo, lo llamó antisemitismo. Pero no lo era, no es odio al judío, es rechazo al soldado que, desde el privilegio, ocupa, impone y después posa de víctima. Es el grito de quienes han visto, a través de las pantallas y de las redes, la verdad de Gaza. Y que, en su tierra, en el lugar que es suyo, han decidido clamar que aquí, no. La prensa sionista, por supuesto, ha presentado este incidente como un ataque antisemita. Un artículo de The Jewish Weekly (o cualquier periódico sionista), habla de una turba hostil y de cánticos asesinos. Pero omite cualquier

contexto sobre Gaza, omite que Israel está siendo juzgado por genocidio en la Corte Internacional de Justicia. Omite que los turistas israelíes, muchos de ellos recién salidos del ejército, encarnan la cara más visible de un Estado que viola sistemáticamente el derecho internacional. No es odio a los judíos; es rechazo a quienes, armados con la coartada del turismo o de la espiritualidad, intentan normalizar la presencia de la ocupación en cada rincón del planeta.

Este sin embargo no es un caso aislado, en Vietnam, en Tailandia, en el Reino Unido, los turistas israelíes están siendo expulsados de los espacios públicos. El mundo está aprendiendo a reconocer el rostro de la impunidad, y está empezando a responder.

¿El nuevo Plan Cóndor?, la derecha liberal y el control de la región

La alianza Perú-Israel no es una excepción en el continente. Es un eslabón de una cadena que se extiende por toda América Latina, Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú, y los que vienen, esto, debo decir no son fenómenos locales, son la expresión política de un plan más amplio, ese que se conoce como la reedición del Plan Cóndor, pero sin uniformes militares, ahora se ejercerá a través de los discursos de la libertad y el orden, del dominio sobre los recursos naturales (litio, agua, metales raros) y de la connivencia con los poderes que, desde Washington y Tel Aviv, definen el destino de la región. Los soldados israelíes en los senderos de Pisac y los gobiernos de Milei en las cumbres continentales son la misma cosa. La conquista ha cambiado de forma, pero sigue siendo conquista.

El Plan Cóndor de los años 70 y 80 fue una operación de coordinación represiva entre las dictaduras del Cono Sur, auspiciada por EE.UU., para aniquilar cualquier movimiento social, político y revolucionario de izquierda. Se secuestraron, torturaron y asesinaron a decenas de miles de personas, se instaló el miedo como forma de gobierno. Hoy, el nuevo Plan Cóndor tiene otros métodos, pero el mismo fin de asegurar el control de la región para los intereses del capital internacional. Se usa la  democracia» y el liberalismo como caballos de Troya. Se promueven gobiernos que abren las puertas a la extracción minera, petrolera y de litio, que firman tratados de libre comercio que perpetúan la dependencia, que importan doctrinas de seguridad que convierten a los activistas en terroristas

Aprender a leer estas señales es una urgencia. Y quiero ser clara con esto, no se trata de odiar a un pueblo; se trata de rechazar la lógica de un Estado que se siente con el derecho de imponer su presencia en cualquier lugar. La Ruta del Hummus no es un viaje espiritual; es una extensión de la guerra, un esfuerzo por normalizar la presencia de la ocupación en los espacios públicos, tanto en Palestina arrasada como en los Andes. Los guías locales en Pisac lo saben, los vecinos de Cusco lo saben. Y si el gobierno peruano sigue callado, si los medios sionistas siguen presentando la indignación como odio, si los negocios locales siguen lucrando con la impunidad de los que vienen de la guerra, entonces estaremos permitiendo que la colonización se vuelva a instalar en nuestro territorio, esta vez con pegatinas y carteles de prohibido el paso.

Coda

Está columna no es un llamado a la violencia. Es un llamado a la lucidez. No se puede llamar paz a esta ocupación simbólica (por ahora?), no se puede llamar turismo a este ejercicio de impunidad. Es hora de que los pueblos de los Andes, de Sudamérica y del mundo, digamos con claridad: estas montañas no son de nadie. Son de todos. Y los que vienen a marcar territorio como si fuera suyo, no serán bienvenidos. Porque saber que el soldado que hoy marca un sendero en el Cusco es el mismo que ayer bombardeó Gaza, no es antisemitismo: es realismo. Y es el principio de una resistencia que no se va a dejar domesticar. No podemos llamar cooperación cultural a la penetración militar y doctrinaria. No podemos llamar amistad a la complicidad con un proyecto de poder que, como denunció el propio Fanon, necesita de la desposesión del otro para existir.

Esto es pues, un llamado a la lucidez, a saber ver detrás de la pegatina, detrás del menú en hebreo, detrás del plan de trabajo parlamentario. Es un llamado a reconocer que el enemigo, como siempre, no es el pueblo judío (como dicen los sionistas, para ser víctimas), sino el proyecto político de un Estado que, alimentado por el poder imperial, busca expandir su influencia hasta los últimos rincones del planeta.