La eterna herida, izquierda, derecha y el estigma que no deja ver el abismo

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Han pasado dos semanas desde las elecciones generales en Perú, que fueron el pasado 12 de Abril, y aún no tenemos resultados definitivos. Mientras el recuento avanza entre tiras y aflojas técnicos, lo único claro (y lo más oscuro) es que, una vez más, el país se prepara para una segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez. Pero lo realmente preocupante es cómo se está construyendo esa disputa, como una nueva edición de la vieja dicotomía izquierda vs. derecha, que en el Perú nunca ha sido un debate ideológico genuino, sino una máquina de producir estigmas.

En esta columna quiero explorar tres cosas, primero cómo el fantasma del terrorismo y el Pensamiento Gonzalo se usan para criminalizar cualquier opción que huela a cambio o véase cualquier cosa relacionado a lo social-colectivo, segundo, por qué Keiko Fujimori representa la continuidad de un modelo que ya conocemos y tercero por qué la izquierda actual es, para millones de peruanos, el único reflejo de su abandono. 

El estigma como arma de guerra política

Durante las décadas de 1980 y 1990, el Perú atravesó uno de los periodos más violentos de su historia republicana. El accionar de grupos subversivos como el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) y, sobre todo, Sendero Luminoso bajo el liderazgo de Abimael Guzmán, quien desarrolló el llamado Pensamiento Gonzalo, lo que dejó una huella indeleble en la memoria colectiva. Sendero Luminoso fue una organización que instrumentalizó una versión dogmática y violenta del maoísmo, desatando una guerra interna que cobró cerca de 70,000 vidas, según el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR, 2003).

Sin embargo, lo que siguió a esa violencia no fue un proceso profundo de educación política ni de diferenciación ideológica. Por el contrario, se consolidó un relato simplificador: izquierda igual a terrorismo. Este relato fue funcional al régimen de Alberto Fujimori (1990–2000), quien, bajo la bandera de la lucha contra el terrorismo, instauró un gobierno autoritario. El autogolpe de 1992, la disolución del Congreso, la manipulación del sistema judicial, las violaciones a los derechos humanos (como las masacres de Barrios Altos y La Cantuta) y las redes de corrupción lideradas por Vladimiro Montesinos  fue en definitiva parte estructural de un régimen que legitimó el miedo como herramienta política.

En La década de la antipolítica el antropólogo Carlos Iván Degregori, decía: El miedo a Sendero fue instrumentalizado para desmovilizar cualquier disidencia

Hoy, décadas después, esa herencia sigue operando, con Keiko Fujimori, quien no es solo una candidata, es en esencia  también la portadora de una memoria política que muchos prefieren olvidar o relativizar. Y frente a ella, la figura de una izquierda popular (heterogénea, muchas veces desorganizada y, sí, también permeada por discursos populistas)  es rápidamente reducida a una caricatura peligrosa.

Keiko Fujimori, la derecha que no quiere memoria

Del otro lado está Keiko Fujimori. Su proyecto político no es solo neoliberal, es fujimorista. Y ser fujimorista hoy no significa simplemente apoyar un modelo económico; significa defender la gestión de Alberto Fujimori, un gobierno que cerró el Congreso (autogolpe de 1992), compró medios de comunicación, persiguió opositores y, según sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Caso Barrios Altos y La Cantuta, 2001), fue responsable de masacres cometidas por el Grupo Colina.

¿Qué debería recordar el Perú, pero parece haber olvidado? Breve ejercicio de memoria 

  • Esterilizaciones forzadas: entre 1996 y 2000, más de 300 mil mujeres (mayoritariamente quechuahablantes y pobres) fueron sometidas a esterilizaciones quirúrgicas sin consentimiento pleno, como parte de un programa poblacional. La CVR lo calificó como un crimen de lesa humanidad (CVR, tomo VI, 2003). Keiko, como Primera dama (1996-2000), formaba parte de ese gobierno.

  • Corrupción sistémica: Vladimiro Montesinos, asesor del SIN, dirigió una red de sobornos a jueces, congresistas y medios. La megacomisión del Congreso (2001-2003) documentó pagos millonarios desde el propio despacho presidencial. Keiko ha dicho en entrevistas que su padre no supo de eso (Panorama, 2016), pero el expediente judicial muestra lo contrario (Caso Fujimori-Montesinos, sentencia 2009).

  • Narcotráfico y connivencia: aunque se construyó la imagen de lucha antisubversiva, investigaciones posteriores (CVR, informe de la DEA) demostraron que durante el gobierno de Fujimori algunos mandos militares facilitaron rutas a narcotraficantes a cambio de financiamiento para la inteligencia militar.

Keiko no es su padre, pero sí su heredera política, congresista con inmunidad, procesada por el caso Cócteles (aportes ilegales de campaña, con pedido de 30 años de prisión que nunca llegó por cuestiones procesales), y lideresa de un partido que en el Congreso ha blindado a militares sentenciados por violaciones a derechos humanos (Ley de Interpretación Auténtica, 2017). La derecha que hoy la aplaude no es la derecha liberal ilustrada, es la derecha del orden sin justicia.

La llamada izquierda que envuelve al pueblo 

Ahora bien, no quiero idealizar a la izquierda actual, no soy ingenua, Pedro Castillo y Roberto Sánchez representan un populismo de izquierda (en el sentido de Ernesto Laclau: construcción de un pueblo contra una oligarquía), con contradicciones, desconocimiento técnico y alianzas incómodas con grupos que rozan el viejo pensamiento guevarista. No es la izquierda que me gustaría, una que priorice pedagogía política, institucionalidad democrática y ecología. Pero es la izquierda que el pueblo ha elegido en regiones olvidadas por décadas.

¿Por qué? Porque para un campesino de Andahuaylas, un profesor de Huancavelica o una comerciante de La Parada, la derecha es el ministro que no pisa su tierra, que la explota, la empresa minera que contamina su río. Y la izquierda (aunque populista, aunque improvisada) es la única que le habla de esperanza.

Lo dijo el sociólogo Aníbal Quijano: La colonialidad del poder produce que los excluidos solo puedan nombrar su exclusión con los lenguajes que la misma exclusión les permite construir (Quijano, Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina, 2000). Esa izquierda imperfecta, terruqueada y racionalizada es, para millones, la única voz que rompe el silencio de 30 años de neoliberalismo sin rostro.

Y aquí el problema, los sectores de clase media limeña (que se creen objetivos) responden con más estigma. Son unos ignorantes, no saben votar. Ahí se revela lo peor, un racismo de facto que dice: si votan diferente a mí, es porque les falta educación. Esa misma lógica justificó la tortura, la exclusión y el voto censitario en el siglo XIX. Hoy se viste de objetividad en comentarios de redes sociales.

Entonces, ¿qué ocurre cuando la izquierda es percibida no como una tradición filosófica o política legítima, sino como una amenaza ontológica? Ocurre que el debate se empobrece. Se cancela la posibilidad de pensar en proyectos colectivos, en redistribución, en justicia social, se convierte al otro en un enemigo antes que en un interlocutor.

En el Perú, la palabra izquierda acusa.

Filosóficamente, ¿qué hacer? Quizás lo primero es recuperar la memoria. La dictadura fujimorista fue la respuesta violenta a un Estado que nunca supo integrar a sus propios ciudadanos. Como escribió José Carlos Mariátegui en los años 20: El problema del indio no es un problema étnico, es un problema económico-social (Mariátegui, 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, 1928). Eso no ha cambiado: el indio sigue siendo el que no tiene escuela, agua potable, justicia o futuro.

Yo me sitúo, con todas las tensiones que eso implica, en una sensibilidad de izquierda. No en una izquierda dogmática ni ciega, sino en una que cree (quizás todavía con cierta terquedad) que lo colectivo no es una amenaza, sino una necesidad. Que un gobierno debe aspirar a garantizar condiciones dignas para la mayoría, no solo para unos pocos. Que la justicia social no es una consigna vacía, sino una exigencia ética, y eso aunque básico es lo que hace que a una aquí en Perú la llamen terruca. Asumir esa posición en el Perú implica cargar con un peso simbólico enorme, implica ser, de algún modo, sospechosa.

Y aquí es donde la reflexión filosófica se vuelve urgente.

Construir una política desde el estigma es fácil, porque tal vez el problema no sea solo político, sino epistemológico, no sabemos pensar la diferencia sin convertirla en antagonismo absoluto. Hemos heredado una lógica binaria que no admite matices, que te grita: 

¡O eres de derecha o eres de izquierda! ¡O estás con la democracia o con el terrorismo! 

¡O eres racional o eres emocional! 

Pero la realidad y la experiencia humana, es mucho más compleja. Nietzsche advertía sobre el peligro de las categorías rígidas, de los valores que se convierten en dogmas. Tal vez el Perú necesita, más que elegir entre dos polos, aprender a sospechar de las simplificaciones que esos polos imponen. Porque cuando todo se reduce a una dicotomía, lo que se pierde no es solo el matiz, es la posibilidad misma de lo político como espacio de encuentro.

Y en ese sentido, estas elecciones no sólo decidirán un gobierno, decidirán, una vez más, qué relato queremos seguir reproduciendo, el del miedo o el de la memoria crítica.