LA ETICA EN LA VIDA 2

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Discurso pronunciado por Wittgenstein sobre Ética

Todos sabemos qué quiere decir en la vida ordinaria estar seguro. Me siento seguro en mi habitación, ya que no puede atropellarme un autobús. Me siento seguro si he tenido la tosferina y, por tanto, ya no puedo tenerla de nuevo. En esencia, sentirse seguro significa que es físicamente imposible que ciertas cosas puedan ocurrirme y, por consiguiente, carece de sentido decir que me siento seguro pase lo que pase. Una vez más, se trata de un mal uso de la palabra seguro, del mismo modo que el otro ejemplo era un mal uso de la palabra existencia asombrarse. Quiero convencerles ahora de que un característico mal uso de nuestro lenguaje subyace en todas las expresiones éticas y religiosas. Todas ellas parecenprima facie, ser sólo símiles. Así, parece que cuando usamos, en un sentido ético, la palabra correcto, si bien lo que queremos decir no es correcto en su sentido trivial, es algo similar. Cuando decimos: “Es una buena persona”, aunque la palabra buena aquí no significa lo mismo que en la frase: “Este es un buen jugador de fútbol”, parece haber alguna similitud. Cuando decimos: “La vida de este hombre era valiosa”, no lo entendemos en el mismo sentido que si habláramos de alguna joya valiosa, pero parece haber algún tipo de analogía. De este modo, todos los términos religiosos parecen utilizarse como símiles o alegorías. Cuando hablamos de Dios y de que lo ve todo, y cuando nos arrodillamos y le oramos, todos nuestros términos y acciones se asemejan a partes de una gran y compleja alegoría que le representa como un ser humano de enorme poder cuya gracia tratamos de

ganarnos, etc., etc. Pero esta alegoría describe también la experiencia a la que acabo de aludir. Porque la primera de ellas es, según creo, exactamente aquello a lo que la gente se refiere cuando dice que Dios ha creado el mundo; y la experiencia de la absoluta seguridad ha sido descrita diciendo que nos sentimos seguros en las manos de Dios. Una tercera vivencia de este tipo es la de sentirse culpable y queda también descrita por la frase: Dios condena nuestra conducta. De esta forma parece que, en el lenguaje ético y religioso, constantemente usemos símiles. Pero un símil debe ser símil de algo. Y si puedo describir un hecho mediante un símil, debo también ser capaz de abandonarlo y describir los hechos sin su ayuda. En nuestro caso, tan pronto como intentamos dejar a un lado el símil y enunciar directamente los hechos que están detrás de él, nos encontramos con que no hay tales hechos. Así, aquello que, en un primer momento, pareció ser un símil, se manifiesta ahora un mero sinsentido. Quizá para aquellos -por ejemplo, yo- que han vivido las tres experiencias que he mencionado (y podría añadir otras) éstas les parezcan tener todavía, en algún sentido, un valor intrínseco y absoluto. Pero desde el momento en que digo que son experiencias, ciertamente son hechos; han ocurrido en lugar y han durado cierto tiempo y, por consiguiente, son descriptibles. A partir de esto y de lo dicho hace unos minutos, debo admitir que carece de sentido afirmar que tienen un valor absoluto. Precisaré mi argumentación diciendo: es una paradoja que una experiencia, un hecho, parezca tener un valor sobrenatural. Hay una vía por la que me siento tentado a solucionar esta paradoja. Permítanme reconsiderar, en primer lugar, nuestra primera experiencia de asombro ante la existencia del mundo describiendo la de una forma ligeramente diferente; todos sabemos lo que en la vida cotidiana podría denominarse un milagro. Evidentemente, es un acontecimiento de tal naturaleza que nunca hemos visto nada parecido

a él. Supongan que este acontecimiento ha tenido lugar. Piensen en el caso de que a uno de ustedes le crezca una cabeza de león y empiece a rugir. Ciertamente esto sería una de las cosas más extraordinarias que soy capaz de imaginar. Tan pronto como nos hubiéramos repuesto de la sorpresa, lo que yo sugeriría sería buscar un médico e investigar científicamente el caso y, si no fuera porque esto le produciría sufrimiento, le haría practicar una vivisección. ¿Dónde estaría entonces el milagro? Está claro que, en el momento en que miráramos las cosas así, todo lo milagroso habría desaparecido; a menos que entendamos por este término simplemente un hecho que todavía no ha sido explicado por la ciencia, cosa que a su vez significa que no hemos conseguido agrupar este hecho junto con otros en un sistema científico. Esto muestra que es absurdo decir que la ciencia ha probado que no hay milagros. La verdad es que el modo científico de ver un hecho no es él verlo como un milagro. Pueden ustedes imaginar el hecho que quieran y éste no será en sí milagroso en el sentido absoluto del término. Ahora nos damos cuenta de que hemos estado utilizando la palabra milagro tanto en el sentido absoluto como en el relativo. Voy a describir la experiencia de asombro ante la existencia del mundo diciendo: es la experiencia de ver el mundo como un milagro. Me siento inclinado a decir que la expresión lingüística correcta del milagro de la existencia del mundo -a pesar de no ser una proposición en el lenguaje- es la existencia del lenguaje mismo. Pero entonces, ¿qué significa tener conciencia de este milagro en ciertos momentos y en otros no? Todo lo que he dicho al trasladar la expresión de lo milagroso de una expresión por medio del lenguaje a la expresión por la existencia del lenguaje, todo lo que he dicho con ello es, una vez más, que no podemos expresar lo que queremos expresar y que todo lo que decimos sobre lo absolutamente milagroso sigue careciendo de sentido. A muchos de ustedes la respuesta les

parecerá clara. Dirán: bien, si ciertas experiencias nos incitan constantemente a atribuirles una cualidad que denominamos importancia o valor absoluto o ético, esto sólo muestra que a lo que nos referimos con tales palabras no es un sinsentido. Después de todo, a lo que nos referimos al decir que una experiencia tiene un valor absoluto es simplemente un hecho como cualquier otro y todo se reduce a esto: todavía no hemos dado con el análisis lógico correcto de lo que queremos decir con nuestras expresiones éticas y religiosas. Siempre que se me echa esto en cara, de repente veo con claridad, como si se tratara de un fogonazo, no sólo que ninguna descripción que puede imaginar sería apta para describir lo que entiendo por valor absoluto, sino que rechazaría ab initio cualquier descripción significativa que alguien pudiera posiblemente sugerir por razón de su significación. Es decir: veo ahora que estas expresiones carentes de sentido no carecían de sentido por no haber hallado aún las expresiones correctas, sino que era su falta de sentido lo que constituía su mismísima esencia. Porque lo único que yo pretendía con ellas era, precisamente, ir más allá del mundo, lo cual es lo mismo que ir más allá del lenguaje significativo. Mi único propósito -y creó que el de todos aquellos que han tratado alguna vez de escribir o hablar de ética o religión- es arremeter contra los límites del lenguaje. Este arremeter contra las paredes de nuestra jaula es perfecta y absolutamente desesperanzado. La ética, en la medida en que surge del deseo de decir algo sobre el sentido último de la vida, sobre lo absolutamente bueno, lo absolutamente valioso, no puede ser una ciencia. Lo que dice la ética no añade nada, en ningún sentido, a nuestro conocimiento. Pero es un testimonio de una tendencia del espíritu humano que yo personalmente no puedo sino respetar profundamente y que por nada del mundo ridiculizaría.

Como dije inicialmente, Wittgenstein es un pensador moderno y de corte existencialista y con esto quiero dar entender que se basa fundamentalmente en lo que hay, en lo que existe, independientemente del ámbito cultural y ciertamente, sí hojeamos algún libro de Ética obviamente vamos a encontrar constructos culturales que se dan a conocer a través de proposiciones. Estas, desde luego, dependiendo del autor, pudieran ser como imperativos; como se ha dicho reiteradamente en el mundo jurídico. El ser y el deber ser y esto ciertamente, no apunta a hechos sino a ficciones. No obstante, lo más dramático estriba en que se antoja al ver que la ética no alcanza a aterrizar sus proposiciones provoca frases o proposiciones sinsentido, porque los discursos son solamente eso, discursos y lo importante aquí, creo, que la ética debe basarse en hechos. Es decir, si observamos un fenómeno lingüístico cómo la palabra valentía. Esta, no es mas que eso un grafo.

Para entender mejor voy a acudir a los elementos lógicos de que habla Aristóteles. Comencemos por hablar de las formas del pensamiento: idea, juicio y raciocinio. Las palabras tienen un significado y al hablar significado me estoy refiriendo a la idea o contenido; pero la idea o el contenido de algo, sólo puede transmitirse a través de una forma verbal, que en este caso es la palabra. De tal suerte que podemos decir valentía. Sí la palabra valentía no dice nada; si no se conoce su contenido es porque la palabra valentía, es la expresión verbal de esa idea o de ese concepto. Vamos, de ese significado y si yo digo que la valentía es el actuar frente a un peligro y no tener miedo de enfrentar dicho peligro, no sin el previo razonamiento y deliberación porque lanzarse contra un hecho que representa peligro sin deliberación, no sería un acto de valentía sino un acto de temeridad, que sería el extremo de que nos habla Aristóteles. Siendo el extremo contrario la cobardía. La cobardía se puede entender como miedo. Resumiendo:

Podemos decir que ciertamente lo que se valora no solamente es el hecho o el acto sino el resultado y la intención de quien realiza una conducta en beneficio de alguien. Esa conducta no está basada en un impulso sino en el conocimiento de un previo valor. Siendo éste ciertamente, un constructo cultural pero que ha sido recibido o recogido por la misma experiencia que se ha obtenido a través de los años. Con esto quiero decir que Wittgenstein solamente ve una parte que se antoja frívola de la ética y no se atreve a ver que descansa en valores. Valores universales que han sido recogidos por la experiencia y que se transmiten a través de la expresión; a través de la palabra. Tal vez no ha sido debidamente explicada la ética como una forma de vida; Tal vez, no ha sido explicada la ética en sus grandes beneficios que no son de tipo cultural en cuanto a resultados. Esto es en aspectos verdaderamente existenciales cómo la salud para quién se comporta de manera ética. Esto es de conformidad con los valores. Los cuales ciertamente deben ser internalizados previamente. No puede ser una cuestión de memoria o de imaginación, sino de convencimiento de que esos constructos qué llamamos conductas valiosas o sugerencias de actos valiosos en realidad lo son. La valía del acto estriba en el beneficio físico y mental que producen a quien llega a desplegar conductas éticas. Hasta aquí la reflexión de hoy dejando a usted sus comentarios. Gracias por su atención.