La fabulosa mascarada universitaria
Eran los últimos años de la década de los 60. Y eran los fríos invernales, como los que ahora nos azotan.
Recién habían terminado las clases y el viejo caserón sobre Constituyentes y Juárez, asiento principal de la Universidad Autónoma del Estado de México, íbaserepletando de estudiantes.
Eran los prolegómenos de la celebración que llamábamos La Mascarada, y que tenía su culminación en la simbólica Quema del Libro.
Esto ya lo hacían los estudiantes del antiguo I.C.L.A y transformando el Instituto en Universidad, continuó con ésta preciosa tradición.
Nuestra singular Mascarada era una especie de carnaval estudiantil que desafortunadamente se fue perdiendo. Era tan ingeniosa y lucidora, que merece el retorno, cuando menos a través de una crónica.
Entonces, pues, ya tenemos a los estudiantes disfrazados de mil maneras reunidos en el Edificio Central. Ya rugen las motocicletas. Ya La Banda de Viento de Capultitlán afina sus instrumentos. Está presente el Rey Burro, con su respectivo papel higiénico donde escrito está su mensaje. ¿Quién más está? El Contingente Militar Universitario, para en las orillas de la formación poner orden y con su banda de guerra –¿la mejor de México?– romper el aire con vibrantes toques marciales. En fin, también carros alegóricos y el imprescindible carro de sonido para medio poner orden. Total, estaba presente casi toda la Universidad. Y empezábamos.
Abrían las motocicletas de la Dirección de Tránsito del Estado, rugiendo los motores y con luces encendidas. Seguía la Banda de Viento con Zacatecas… tatata chún, tachún, tachún.
Después el mundo de disfrazados. Ingenio, humor y picardía, bailarinas, sacerdotes con su acólito bendiciendo con agua –¿bendita?– a toda la gente, enfermeras, guapas normalistas, un feroz gorila, San José en su burro, Tarzán el Hombre Mono… ¡uh, un arcoíris de disfraces!
Seguían los carros alegóricos con su crítica sociopolítica, recuerdo al de la Facultad de Derecho donde un boxeador güero, mi amigo Ricardo Pliego QEPD, representando al PRI les daba guantazos a dos pequeñines con las siglas del PAN y PPS, y ya luego sabríamos del PRIAN, en este momento si creíamos que ni se conocían. Después venían los estudiantes vestidos de paisanos (¿frío, pena?) y cerrando todo, dos patrullas de Tránsito. ¡Qué alegría, que gentío, ¡que ruidero!
Vamos por Constituyentes (hoy Instituto Literario), con la gente agolpada en las aceras.
Por ahí descubren a una bañista… –¡mira mamá, es Oscar!– y la mímica del ¡vas a ver! se hacía presente con la voz queda de la mamá: me cuidas el traje de tu hermana.
Aldama, Allende, Galeana… de todas partes acudía la gente. El ruidero, los disfraces, el humor. Ahora doblamos hacia Villada y ahí vamos todos: grandes y chicos. Veteranos de diez mascaradas y noveles preparatorianos, mientras la gente reía y aplaudía. Pero, como en la humana dicotomía del bien y el mal, no todo era miel sobre hojuelas: por allá un pelafustán bañó de harina a una señora. Severo castigo por parte de los del contingente, y ¡fuera de la formación!
En eso llegábamos en la calle de Villada, frente al P.R.I. qué les cuento: que atruena el espacio el clamoroso Hombre Lobo: hombre lobo Frankenstein, hombre lobo Frankenstein, el PRI, el PRI, buey, buey, buey. Y adelante.
Al llegar a Hidalgo: ¡qué gentío! Había hasta en las cornisas del cine Coliseo. Más gente que en los desfiles del 16 de septiembre.
El paseo por Hidalgo seguía triunfal. La gente se apiñaba en Los Portales, en la acera de enfrente, donde hubiera lugar. Nadie salía de la formación y los extraños que querían entrar eran repelidos.
Los sucesos simpáticos abundaban: uno de los que pidió prestado el vestido a su hermana iba tan bien caracterizado que a uno del público se le ocurrió comprobar si era verdad tanta belleza. Del mandoble de la guapa fue a dar hasta la Concha Acústica.
Así llegamos a la Plaza Cívica. Todos los disfrazados daban una enorme vuelta en circuito, mientras un Jurado –los periodistas que cubrían el evento– dilucidaban premios y lugares.
Terminado esto, el Rey Burro se subía al carro de sonido y a los cuatro vientos leía su mensaje. Nadie se salvaba, ironía humor, ataque, doble sentido. Cada frase ingeniosa era coreada. En tanto, Palacio de Gobierno y la Santa Iglesia Catedral, a obscuras y sin alma de Dios… ¿por qué sería? A los mejor porque en el mensaje estaban inmiscuidos.
Terminado el Mensaje, venía el retorno.
Muy desordenado era el regreso al viejo caserón. Y aunque otros no regresaban, los que quedábamos, estoicos, prendíamos fuego a un enorme libro hecho de papel manila y madera. Y mientras ardía –ahí frente a rectoría– ya un poco roncos, ensayábamos con sonoras Goyas a romper el frío de la noche.
Y todo terminaba. Los músicos callaban, el libro dejaba solo tres palitos encendidos, el eco de las porras se iba perdiendo. Y luego, la desbandada a las casas: Un príncipe valiente ya corría por Juárez, Tarzán ya se tapaba con grueso abrigo.
Y sólo… nada más con una brasa enrojecida enfrente, se quedaba serio, añejo, señorial… ¿y un poco triste?, nuestro querido y viejo caserón.
