La histeria ecológica

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Sin lugar a dudas, uno de los principales tópicos de preocupación del siglo XXI ha sido el del cuidado del medio ambiente. Así lo evidenció la sorprendente presencia de medidas reguladoras en nuestro día a día, y así también, lo vemos en el fondo de nuestro inconsciente colectivo; en el que contaminar ya dejó de ser una preocupación insulsa para convertirse en tabú. Y aún con lo evidentemente positivo de tal preocupación, le pasa como a casi todos los tópicos que hemos visto brotar con candente importancia en los últimos veinte años: que son abordados y fundamentados con un rigor y una seriedad pobrísima por quienes engrosan sus filas.

Evidentemente, el cambio de paradigma respecto a lo finito del medio ambiente es de sobremanera beneficioso. Toda toma de distancia con las convicciones que durante el siglo XX elevaron la ambición humana por sobre la condición de la tierra misma y del humano mismo es más que conveniente. Los estragos de haber jugado a no aceptar las tendencias a la arrogancia y al monopolio del ser humano durante décadas, hoy, la historia, las recuerda en base a la variable de millones de muertos. Y nada distinto pasó con los recursos finitos de nuestro planeta: antes excluidos del poderoso binomio que hoy forman con la economía política en los países banderas del mundo occidental.

El tratamiento de esta causa, juzgada en su conjunto, derrocha desinformación y comodidad intelectual, serias evidencias de que en el inconsciente de sus defensores, por buenas que sean sus intenciones, prevalece la legislación al derecho, el prejuicio al juicio, y lo acostumbrado al libre examen. Un síntoma más de que pasar de un extremo de desinterés a un extremo de odio no supone dar un salto hacia delante sino desplazarse a otro lugar, desde el que tampoco se avanza. Nadie niega la urgencia del asunto y tampoco la trascendencia que tendrá, a la larga, la tarea del ecologismo, pero, ¿qué le puede esperar a tal propósito si su principal fuente de acción hoy se constituye nada más que en odiar y condenar?

Como ya se había dicho en este espacio antes, el tiempo que corre es infinitamente más libre a como lo fue el mundo durante el siglo XX, y sin embargo parece que la propuesta de seguridad intelectual sigue pareciendo tan sugerible como conveniente y que la propuesta de libertad es una infamia individualista. Y sobre todo, que instituir el odio por método en el inconsciente colectivo de la mayor parte del sector ecologista, es la última gran obra de los estrategas del espíritu. Cuyos resultados habremos de ver cuando, en unos años,  los desacuerdos y el estancamiento político parezcan no tener final.