La música y sus rutas

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Entre letras y palabras; diéresis, comas, acentos, puntos suspensivos y seguramente uno que otro apóstrofe despistado atrapado en clave de sol, quizás de fá; el propósito; siempre sugerido, de este espacio, es que aquél grito encerrado en laberinto de paredes haga eco de los acordes fantasmales de Dionisio que en Coliseo retumban  como cuerdas desgarradas, vientos ancestrales, percusiones a galope o el masaje seductor de gruñidos guturales entre estribos, martillos y aterricen en silencios de su habitación.

 

Así es que se trata de traspasar el espejo de la sonrisa de un gato surrealista y abrir los sentidos, la imaginación y el mundo de las sensaciones a la música que no sólo es capaz de romper los silencios de la cotidianidad con exquisitos acordes sino también de reinventar los silencios de la creatividad. Hay dos rutas que se escucharán, una tiene que ver con la propia exquisitez musical y otra con todas las historias que rodean a sus actores que no dejan de tener sus dosis fantásticas. Ambas rutas dan mucho de qué hablar pero son ruidos diferentes que no siempre conviene que se junten, a veces uno es tonal pero el otro atonal y viceversa.

 

En esta ocasión solo quiero hacer la invitación a dejar libres los estribos de ser seducidos. Para ello voy a recomendar hacer a un lado los miedos y las historias macabras que la mente del lector pueda estar fabricando alrededor de lo que pueda haber detrás de excentricidades musicales. Sin lugar a dudas podemos ser cautivados por el Hallelujah de Händel, el Danubio Azul de J. Strauss II, o El Lago de los Cisnes de Tchaikovsky, así como por saccatos, o mejor aún un ricochetes aplicados con maestría de la mano de Yehudi Menuhin interpretando alguna pieza del maestro Nicolo mientras aprovecha para afinar la cuerdas o las vocales de Alissa White-Gluz que, sin duda rasguñan estribos y martillos con tremendos chillidos. Así, de esta manera, puede comenzar un tremendo banquete, claro está, apenas comenzar, y es cuando el gran Nicolo recuerda la deuda que aún no ha saldado, pues se trata del Violinista del Diablo, que sin duda heredó de su antecesor Giuseppe Tartini. No es parte de la ruta, pero por alguna extraña razón recordé la guitarra de Robert Johnson, los juegos de Jimmy Page, la bruja de Alice Cooper y, por supuesto, el Gran Jefe de Bob Dylan.

Recuerdo bien el dicho de Aristóteles en la Poética, en el sentido de que la vista y el odio no eran vitales, pero se trataba de un regalo divino, que ahora veo puso a la disposición de Dionisio, aunque de vez en cuando Apolo le da alguna pelea. Es momento de agradecer ese regalo. En líneas anteriores ya se muestra una idea para comenzar, claro solo para comenzar y a manera de sugerencia.