La nueva normalidad

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Imagino que el aire será más puro, con otro porcentaje de oxígeno, más benigno para el cerebro, que el espacio ya no será transitable por vehículos a base de combustible hidrocarburo, qué tal, podremos ver esos monopatines cinematográficos flotando a un pie del suelo.

Pienso también en alimentos hidropónicos, nutridos con aguas tratadas químicamente en nuestros propios lavabos, en cápsulas de vitaminas que contengan la fórmula mágica para proteger el epitelio pulmonar.

Supongo que los nuevos niños ya no se llevarán todo a la boca, que los cubiertos ya no serán necesarios y todos seremos ergonómicamente apropiados, es decir,  sin riesgos metabólicos. Sanos, bonitos.

En todo eso me distraigo momentáneamente cuando escucho la frase nominal la nueva normalidad y me gusta por unos segundos, hasta que comprendo que nunca podremos limpiar las calles con hisopos ni, menos aún, clarificar las gargantas de una población inmunocompetida y enferma de malnutrición, tampoco enseñar a sanitizar la pobreza, eliminar la injusta distribución de la riqueza, las bulas capitalistas o el narcisismo de los antiguos emprendedores.

La nueva normalidad es muy antigua.