La pelea

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La Diamantina estaba cerca de las oficinas de la Compañía de Luz y Fuerza el Centro y a esa cantina acudían los eléctricos a alegrar el alma con sus variados menjurjes etílicos.

Los Viernes en la tarde, la taberna se llenaba de eléctricos y de éstos destacaban la flota de Pedro El Malo, un mocetón forzudo, noblote y bravero que a veces la hacía de sacaborrachos.

– Oye Pedro –le  espetó a boca de jarro el Ingeniero Mario García, jefe de oda la sección. – Oye Pedrín, ¿pos donde se meten a beber ustedes que no les hace daño?… no sé que me dieron anoche que traigo una crudota que pa’que te cuento.

– Aquí nomás en “La Dinamita” Inge. Qué ¡no quiere que se la cure?..

– ¿La cantina que está en la contraesquina?… ¿sí? Ahí les caigo

– Órale.

A las tres de la tarde, antes de instalarse, Pedro le dijo al señor Pavéz, dueño y único mesero de la cantina.

– Al  ratito vienen mis altos jefes. Lo que quieran ¿eh?

Y en efecto, al ratito, llegaron el Inge García y otros dos altos funcionarios, juntaron dos mesas y frente a dos botellas una de brandy y otra de coñac empezaron a intimar.

– Así que aquí te metes Pedro, Mmmh… no está mal ya que me fijé que no se mandan en los precios. Aquí hay que venir ¡no? (mira a sus acompañantes y éstos asienten) Órale, salucita.

A las cinco de la tarde la cantina está casi llena y como fue día de quincena, hay parroquianos de quién sabe dónde.

– Pedrito, me platicaron que eres bueno pa’l “trompo”.

– Pa’l gasto, Inge, Nomás pa’l gasto.

Algunas personas afirman que los judiciales se notan, que se ven como piedritas en las lentejas, pero la excepción se daba aquí en este bar, en donde tres judas brindando, se carcajeaban de cualquier cosa y nadie reparaba en ellos.

– ¡Que chinga la pusiste al detenido!

– Y ¿dónde dejas la “patiza” que le puse a la detenida?

De las cinco de la tarde, pasemos a las ocho de la noche.

Imaginamos lectores míos, el lento embrutecerse. Sí inge García llegó como gentleman, ahora no encuentra la corbata, si Pedro el Malo empezó tímidamente a tratar a los jefes, ahora les palmea la espalda con familiaridad.

– Orinita vengo.

– ¿Tendrá con que inge?

– Ah, ah pin-che Pedro, ¿así?

El inge García llegó al mingitorio, coincidiendo con el más feroz de los judiciales.

– Órale buey.

– Yo llegué pri-primero mies-timado… y me disculpa.

El judas se le quedo viendo con furia al Ingeniero y mientras se abría la bragueta, farfulló por bajo:

– Chinga tu madre.

– Qué?

– Ya le dije y acostúmbrese a respetar a los mayores.

El Ingeniero llegó a la mesa, además de trastabillando, echando chispas.

– ¿Qué, Inge?

Ese pendejo me lamentó.

Las miradas de los seis eléctricos se dirigieron a la mesa de los judas y el que había hecho el recordatorio familiar les regresó la mirada, reforzándola con la voz.

– ¡Qué!… Ya dije.

– ¿Es ese Inge? Habló Pedro.

– Ese… ya déjalo.

Pedro vio la oportunidad de lucirse. Pudo haberse volteado y servirse otro brandy, pero casi se le salió.

– Déjenme ir a verlo.

– No mames, Ya déjalo así.

– Pérenme. 

Se levantó y llegó a la mesa de los judas

– A quién se la men-tas-te?

– A él y ahora a ti putito ¡¿Qué?!

– Párate pendejo.

– ¿De veras? Ya vete a la chingada, que a lo mejor te quiebro.

– Órale buey. A chingadazo limpio.

El judicial se levantó y quedaron frente a frente como gallos de pelea.

– Yaa, no la’gan de tos, Pedro, ya siéntate. Señores compórtense.

El señor Pavez, con el mandil debajo de la cintura busca separar a los gallos, evitar de paso que se desprestigie su cantina.

– Ya ¿sí?.. ándale Pedro, ve y siéntate.

Ninguno se mueve. De pronto, el judicial lanza un mandoble que se estrella en la boca de Pedro ¡Sock! Resonó en la cantina, que a éstas, ya estaba en silencio, en tensión y atenta al pleito.

Del golpazo, Pedro llega la mesa vecina y casi tira una botella y tres vasos que se quedaron temblando.

No iba a quedar así la cosa. Pedro se acercó en guardia zurda. El judas dejó en la mesa una cartuchera y se le fue encima. Sock ¡flup! – ¡Ahora sí se soltaron los chingadazos!– se comentó en una mesa cercana a la barra.

El judicial sabía karate y cuando Pedro se le vino, le lanzó la patada.

¡En el blanco!.. El zapato se hundió en el estomagó, Pedro se resintió. Se quedó agachado con un rictus de dolor. El judicial, en posición de ataque caminó tras pasos rápidos para el presunto remate. Cuando Pedro sorpresivamente se lanzó como catapulta. ¡Ooo! Gritó cargando. El judas que no le esperaba, es arrastrado por la mole humana. Ahí vas los dos tirando una mesa y parando hasta la barra. ¡Sock! Suena el golpazo de la nuca del judicial que pega en el suelo, y ahí en el piso se trenzan como poseídos. Se quieren sacar los ojos. Moviendo como aspas de molino pies y manos, pretenden mutuamente destrozarse. Pedro toma al judas de los pelos y ¡sock! le da un topetazo en la boca. El judas no deja de darle rodillazos a dos caiga; se revuelcan entre los escupitajos, ora uno está arriba, ahora el otro. La tensión se siente. Se van amatar, comenta un beodo.

Pedro le tiene las manos en la cara, el judas se le prende de los güevos con la mano derecha y aprieta con furia para estrellarlos. Pedro lo tamborilea por la panza. Intempestivamente sube la mira y de un golpazo le florea el labio inferior.

– ¡Sepárenlos! ¡Se van a matar! La voz del señor Pavéz, cae en el desierto, y para menos meterse. Otro de los judas pistola en mano. Cayéndose de beodo grita:

– ¡Déjenlos solos! ¡nadie se metaa!

El que primero se levanta es el judicial, que vuelve a tirar a Pedro.

Que a duras penas se levantaba, con una patada que pega por el corazón, Pedro, pega en el suelo con las rodillas y como gallo de pelea se levanta.

Los parroquianos que quedan, ven que ambos tienen la cara destrozada: el ojo derecho de Pedro es un jitomatito que chorrea sangre, lo boca del judas, tiene abierto en flor el labio inferior y una descalabrada en la nuca le forma una serpentina roja que baja por la chamarra.

El judas finta que va a patear con el pie derecho y lanza el izquierdo directo a la cabeza; de milagro Pedro Cabecea y se lanza otra vez como catapulta, pero llegando al encuentro se para en seco; el judas que lanzó otra patada para recibirlo queda mal parado y Pedro se acerca; es lo suyo, en corto, cuerpo a cuerpo. El  judas le hunde el puño en el estomagó. Pedro, dispuesto a matar o morir le toma la oreja derecha con la mano izquierda y con la derecha, juntando todo el coraje escondido, hunde el puño en el centro de la cara ¡crak! Medio se oye y luego luego se ve que le rompió la nariz al judas, ¡Aay!, este deja salir un ronco quejido y un borbotón de sangre… – como  burbujitas diría luego un testigo- tiñó de rojo su camisa.

Los dos gallos de pelea ya se caen solos. Maltrechos, sólo es vencer o morir. El judas se busca algo en la bolsa y mientras lo encuentra, Pedro le da un golpazo en plena mandíbula. Se retuerce y va a dar a la barra.

Los rostros que antes estaban blancos de rabia, ahora están rojos por la sangre, la mayoría de los parroquianos ya se fue sin pagar la cuenta.

El judas da lástima, está a punto de nocaut… casi inconscientemente se cuadra como karateca y le hace la seña a Pedro que venga. Este, más entero se acerca. El judas le lanza un patadón que se queda entre silla y mesa. Los dos toman aire, y Pedro sin piedad lo cruza, luego le da un rodillazo en las partes nobles y termina con un machetazo en la nuca. El judas se le quiere agarrar por las pantorrillas y por fin queda semi-noqueado, con la boca abierta; sólo un ronco quejido y un ligero movimiento de nuca que chapotea en un charquito de sangre.

Pedro, tambaleante, se recarga en la barra, se toca la cabeza y nota un chichón y una cortada, ve un vaso con tehuacán y hace un buche. El agua con sangre la deja caer sobre el judas caído y como remate le da una patada que pega por los pulmones.

Trastabillando y con los ojos cerrados Pedro llega a su mesa. Los otros dos judas levantan al gladiador perdidoso. El Inge García, blanco como la cera, chasquea los dedos pidiendo la cuenta. Otros tres parroquianos se sientan. Lo, lo primero que va-vamos a hacer es llevarte a la Policlínica a que te revisen.

Pedro ni en cuanta: mete el rostro en el brazo y se queda como muerto, pegado en la superficie de la mesa.

La cantina empieza a tomar ritmo. El guitarrista afina, dos, tres parroquianos regresan a su botella. El señor Pavéz sale de su escondite que está junto al teléfono y en el fondo, con ojos de furia que no se quitan de la mesa de Pedro, los judas reviven al amigo destrozado poniéndole hielo.

–¿Nos vamos? Dice el Inge García.

Pedro, como si saliera e una pesadilla, pide un espejito de cartera para verse el rostro. Vuelve un poco la calma.

El Señor Pavéz saca un trapeador y nadie repara en que un judas borracho y otro chorreando sangre se apersonan en la mesa de Pedro.

– ¿Qué… que dijiste?, ya lo medio maté y ya… ¿su pendejo?

Con ojos que se quieren salir de las orbitas, los cuatro de la mesa ven a la caricatura humana del judas madreado, junto con su pareja armados de sendas fuscas ahí juntito, a unos pasos.

Creo que son judiciales. Un acompañante le dice por debajo al Ingeniero García. Este quiere interceder:

– Miren muchachos…

– ¡Tu cállate puto o también a ti te doy agua! ¡A la chingada!… ¡órale!

Y a patadas sacan de la mesa a los acompañantes de Pedro. Este viendo de golpe la realidad balbucea:

– Ay mue…

– ¡Párate pendejo!

–Yo… yo…

– ¡¿Quieres  morir-te sentado?!

Pedro vio las dos pistolas, sintió primero náuseas y luego muchas ganas de llorar… está cerca su mente le dictó. rápido-pensar y luego luego habló.

– Madréame bien. Madríenme los dos.

– Tú que dijiste pendejo. Yo me voy a chingar al hospital, pero tú te vas a chingar a tu madre.

Como si no existiera alma de Dios en la cantina, sólo se oyen las voces. Los acompañantes de Pedro, si decimos que se largaron de mie-do, no mentimos.

– Perdóname.

 

Y en el último arranque. Pedro se hincó y casi llorando pidió por su vida.

– Tengo  dos chavitos, hazme lo que quieras… mju….

Y se le abrazó por las rodillas.

El otro judicial como que se compadeció.

– Ya pareja, chíngatelo o déjalo, pero ya.

Y el judas lastimado, chorreando sangre, que se cae, que no se cae, con la nariz colgando, infeliz cobarde y desalmado hijo de la chingada, puso la pistola en la sien de Pedro y ¡poom!, el balazo resonó. La bala atravesó la cabeza de lado a lado e hizo que parte del encéfalo con sangre entintara el piso de la cantina.

– Vámonos!

 

Y los tres judiciales volaron.

Pedro quedó inerte en un charco de sangre. Los testigos que quedaron presos en la cantina, despegan del piso las suelas de los zapatos y corren a la salida.

El señor Pavéz va hacia el teléfono y por inercia, una mano de Pedro –la mano derecha, para ser más exactos–, ensangrentada y casi rota, se mueve buscándose imperceptiblemente el corazón.

Y desde arriba, desde el foco más alto de la cantina, la sangre medio coagulada pareciera formar un enorme signo de interrogación.