La segunda oportunidad

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Cuando estoy tenso, me gusta caminar. Cuando el maldito estrés me invade y no hallo solución a los galimatías que fabrico de problemas más ficticios que reales, emprendo la caminata.

Esto, al principio no surte efecto. Es más, los primeros pasos como que me ponen más nervioso. Pero luego, ya tomando el ritmo, como que se me va apaciguando el espíritu.

Y bien, les decía que hago problemones de problemitas. Me ahogo en vasos de agua. Y, como para resolver la situación, más que tomar el toro por los cuernos opto por sacarle el bulto, ¡Imagínense!

Con lo contado no vean la de montañas de humo que me vienen encima.

Y así, no hay otra: taconear por esas benditas calles de Dios. Lo malo es cuando el travieso duendecillo de la preocupación se aparece en la noche y peor en una noche fría. Ahí me tienen a las tres de la mañana marcando el paso. Los que no lo han sentido, vieran qué silencio, qué tranquilidad, qué calma. Se ven cosas que en el día pasan desapercibidas: las viejas puertas a las que el viento hace gemir, luces en edificios insomnes, botes de basura…

Viene entonces al pensamiento una dicotomía casi imposible de cambiar en sus factores: con la rapidez no se puede apreciar el detalle, y vivir en santa paz es harto difícil. Día y noche nomás.

Regresando a mi peregrinación nocturna debo decirles que no es nada fácil para mi mar agitado entrar en procelosa calma. En este principio, aunque es cierto que empezaba a observar el detalle –signo de ir entrando en paz– distaba mucho de  haber dejado atrás la preocupación que me ahogaba el alma.

¿Y si le busco y le encuentro figuras nuevas al enrejado de esta casa? ¿O me imagino que las estrellas se deshacen y recibo un chubasco de plata? ¿O de golpe, me quedo aquí parado, tranquilizándome a la fuerza?

Pero en el rápido caminar, con la preocupación a flor de cerebro y con el frío quemante, fueron ideas que pronto se diluyeron en mi mente. Ejem. Pero creo que ya di muchas vueltas y ya es tiempo que les cuente lo demás que me sucedió esa condenada noche que era igual que otras: Vi un tomador trasnochado, una ventana sin luz y con música y oí el eco de mis pasos llenando las calles vacías. Ah, pero si ustedes son buenos observadores, notaran que falta algo nocturno y que sólo los peregrinos de esa hora sabemos; el ladrido de los perros, o los perros en sí. Y esa vez, en lugar de ladridos lejanos que llenan de tristeza la madrugada, al dar la vuelta es una esquina me hallé de manos a boca con un feroz perro negro.

No era para alarmarse; otras veces ya me habían topado con canes y a veces con más de uno. Así que, sin parar la marcha, continué. Sin ver al dogo… Plac, plac, plac, resonaban mis medias suelas en el cemento de la calle. Ya me sentí pasar junto a él, cuando un feroz gruñido me paró en seco. Como no osé mirarlo por cobardía –esa manía de no querer tomar de frente los problemas– no vi cómo se  movió; el caso fue que ya lo tenía de enfrente. Y ahí no me quedó otra que verlo: en la penumbra, sus ojos eran rendijas de lumbre y sus fauces se movían temblorosas y con furia.

Entonces el temor, me invadió. Ya les decía –¿O no se los dije?– que en mis correrías nocturnas me había familiarizado con la familia canina, pero ahora con la presencia de este perrazo, todo ese bien llevar quedaba borrado de golpe.

Quedé parado. ¿Y, ahora qué? Ni siquiera intente dar un paso. El mastín dio tal gruñido y me mostró los brillantes colmillos tan amenazantes que mejor cerré la persiana de los párpados para no ver.

Y ni un alma de Dios en la calle. Ni otro perro. Ni otros ruidos. Ni otra nada. Nada más los dos solos y frente a frente. Como gallos en un palenque. Como dos pistoleros que algo van dirimir en un duelo

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¿No les he dicho que cuando tengo na problema se me agusanan los sentidos? Pues sí, Así es. Como ya les expresé que soy cobarde para resolver algunos problemas, también es bueno que sepan que cuando se necesita que mis neuronas cerebrales funcionen bien, así sucede. En estos casos me vuelvo lógico, frío, calculador; jerarquizo mentalmente lo que contribuye con el 80% a que haya salido indemne y con bien de anteriores problemas.

Así les hice en el presente caso. Primero ya no caminé. El perro tampoco. Luego pensé: No se ve rabioso, o sea, que por unas buenas mordidas que se aseste, no se acaba el mundo. Y ¡Qué bueno que me traje estas viejas botas de conscripto: si me hubiera dejado los tenis!… mmh… ¡y la gruesa chamarra de lana! ¿Qué buena estrella me alumbró al ponérmela?… así que, en caso de llegar al nada deseable extremo de la lucha, no estoy tan mal equipado.

¿Y sí viniera alguien? Pero nada… ningún ruido, sólo los gruñidos de mi compañero nocturno. En este punto añoré que aparecieran esos bravucones con varias copas encima, a los que aquella vez les tuve que sacar la vuelta. O ya en esas, ojalá tuviera unas copas encima… ¡En serio que el vino da valor! Pero es un valor ciego.

Me sorprendí de estar filosofando frente al peligro. Continuo mi monólogo interior: Otros, no tendrían miedo… tal vez hasta le hicieran caricias a este cabrón, entonces ¿la audacia es un poco de ceguera? No recuerdo quien dijo que el héroe tiene mucho de irreflexión. Y en la vida hay anestésicos que a ciertos humanos no les dejan ver la vida en todo su real esplendor… chin, ¿pero esto a que viene?, porque ahora debo pensar…

¿Qué es mejor, tomar la iniciativa o dejársela a este Belcebú canino? Mejor que quede en él y no en mí. Si ataca –maldito animal del demonio– no tendré más que  repelerlo, principalmente a patadas. Pero… ¿qué tal si no ataca?  ¿Será verdad eso

que dicen, perro que ladra no muerde? No quisiera decirlo, pero este momento es una excelente oportunidad para comprobarlo, además que no sea yo el agresor.

Total: aún ganando saldría perdiendo. Así que… ¡Caray! Me salió un pensamiento, que ojalá lo tomaran encuentra los países beligerantes: Si no hay necesidad de derramar sangre evita el problema. Entonces perrito… ¿Perrito? ¡Hijo de tu madre! Sábelo bien: en mí no va a estar la provocación.

En esta reflexión estaba mientras el negroide perro seguía gruñendo y con ganas de lanzarse sobre mí. Impensadamente otro pensamiento me vino: ¿Por qué demonios no controlo mejor mi vida? Ya es necesario que mis nervios vuelvan a su lugar. ¿Por qué no cambio de costumbres? Por ejemplo: en lugar de salir a caminar, ¡Por qué no escribir? En este momento el lugar de estar en este brete, estaría escribiendo un excelente cuento, sobre el estrés, por ejemplo… si, en el calor y tranquilidad de la casa, estuviera creando imágenes e ideas y no embarcado en ese problemón… y este condenado frío.

Mientras tanto, a mi amigo ya lo tenía más cerca. Ya sentí su agitada respiración y me taladraban sus gruñidos… ¡Grrr!… ¡grrr! Ya imaginaba sus colmillos hincándose, sangrando, lastimado mis pantorrillas. Y como no queriendo, busqué con la mirada un objeto contundente en los alrededores. Nada. Estático y sudando frio, esperaba el inminente ataque. Mis músculos en tensión ya estaban preparados a repelar a la agresión.  Entonces en un gesto mecánico, metí la mano a la chamarra buscando algo que sirviera para el contrataque. Actitud casi inútil por saber que no tenía nada. O casi nada: unas monedas, mi cartera, cigarros, mi encendedor… poca cosa, pero algo pasó. Ese movimiento motivó que el dogo se hiciera hacia atrás. Me alegré. Con la mano derecha hice el clásico ademan de alisarme el cabello. ¡Sorpresa!… se alejó más. Incluso diría que se asustó. ¡Sáquese, perro!, dije, al tiempo que lanzaba un manotazo al aire. El perrazo corrió hacia atrás. Caminé, hice el ademán de tomar una imaginaria piedra del suelo y mi compañero nocturno salió corriendo. Me animé y con una sonrisa lo perseguí.

Me transforme de amenazado en amenazador. Volvieron mis reflexiones: En verdad que la vida es una rueda de la fortuna… ya gustándome el juego corrí tras de él… ¡Sáquese! Y el perro huía desaforado.

Lo iba a hostigar más, cuando me repiqueteo en la cabeza: El pasado sirve para hacer lo mejor en el presentea veces la vida no da dos chances. No abuses.

Y, entonces, haciéndose la luz en mi cerebro, apagué la del encendedor, y me acerqué a mi cambiante compañero y le di su segunda oportunidad.

¿Empate? Le presente mi mano diestra. Y entonces –óiganlo todos– el perrazo me  ofreció su pata derecha en plan de aceptación. ¿Sabría el condenado, lo que es la segunda oportunidad?, ¿el segundo chance?

Y con mano y pata, ahí mismo la chocamos… y para que les cuento más. Ahí en esa misma calle de esa misma fría noche, tómanos caminos diferentes.