La senda del excluido
Uno de los más certeros y fiables axiomas para pensar a máxima profundidad, sospecha y consistentemente al mundo, es el de la negación de la negación. Hacerle caso supone hacerse con una potencia conceptual sobre cualquier asunto tan momentáneamente arrolladora como enriquecedora por tener subsumida dentro de sí, la superación de todo cuanto la compone. Insigne mandamiento ontológico como él solo, es traducible además al menos y menos es más si se da fe a que lo que es nada más antitético, que destruye y lo doblemente antitético reconstruye, sintetiza, y extiende el sentido de las cosas en lugar de sepultarlo. Y, hoy, lo traeremos a lo cotidiano de la realidad peruana: una superficie abundante en cráteres sociales por haber soportado dos siglos de los impactos del sinsentido.
Extrapolándolo a la vida cotidiana de un país clásicamente excluyente en términos sociales como el Perú en sus castas medias altas, y nada más que para dejar al fenómeno que nos interesa en el punto de mira, aceptaremos esta división. A pesar, de que nada gana quien entiende a las sociedades nada más que en clases sociales en comparación al que las entiende en clases de hombres.
Excluir, fundamentalmente es en este sentido marginar, y no privar justamente a quien lo merece de algo de lo que ha dejado de ser merecedor, como es el ladrón privado de la libertad por hacerse indigno de ella tras abusar de su caudal de riqueza, pretendiendo por sistema no cumplir nunca con las responsabilidades que siempre le serán implícitas al ser libre. Por lo mismo, la antonomasia de la exclusión peruana se fundamenta en la sistematicidad y se vertebra en la inauditamente estúpida convicción de que quien opta y goza de mucho, trascendentalmente también vale mucho. Mientras, se va dando pie a una crianza que mantiene el prejuicio y la comodidad espiritual e intelectual por bandera, que se ratifica con los años y que se erige en una hipocresía desmesuradamente férrea, encargada de insensibilizar a perpetuidad al individuo que la sufre contra toda la culpabilidad que debiera de recaer a la larga sobre quien padezca el terrible mal de entender al Perú, en clases y razas.
Dicha separación del hombre de a pie de la supuesta dignidad del opulento, lógicamente nada tiene de rico, fecundo y provechoso. Quien niega a continuidad con los prejuicios del ayer sin volver a oponerse a ellos mismos, condena su existencia a una esterilidad conceptual y a una ceguera mental irreversibles, a la postre de cosechar una memoria que, a futuro, pesará y valdrá tanto como un grano de arena. Como algo que vuela de un soplido. Como algo casi imperceptible.
