La soledad de América Latina: García Márquez y “Nuestra América”
En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura del año 1982, Gabriel García Márquez, nos habla de que el continente podría entenderse a través de crónicas rigurosas que parecen imaginadas. ¿Cómo es eso posible? La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia, nos adelanta en su texto, contra la creencia comúnmente arraigada de que liberarse era la panacea de los problemas de cada sociedad latinoamericana. Y es que, también podemos preguntarnos sobre ¿cómo se han recepcionado desde Europa y Estados Unidos tantas noticias fantasmales de América Latina? La respuesta podría estar en que, dice el mismo García Márquez, por no querer que haya tanto sufrimiento constante en América Latina, han muerto casi 200 mil mujeres y hombres en las últimas décadas –y contando.
La realidad en América Latina es tan increíble de procesar que ha habido que pedirle poco a la imaginación. Hacernos creer a nosotros mismos que estamos viviendo dignamente entre tanta locura. Ahí, en esa constante invención, nos sentimos solos. Esta soledad es el no poder sentirse reconocido en otros ojos por la falta de vivencia de esta realidad fantástica. Ahí viene el sentimiento de sentirnos solos. De tal vez sentirnos observados o acompañados, pero no profundamente entendidos; que es otro tipo de reconocimiento.
Por la falta de vivencias cercanas al territorio latinoamericano, y la incapacidad para entrar a su sentido que se tiene desde Europa, es normal que se hayan quedado sin un método válido para interpretar a América Latina. No podemos medirnos con la misma vara con la que en Europa se miden a sí mismos. Por eso que este hueco interpretativo contribuye a lo que habíamos llamado la soledad de América Latina. Las grandes mentes europeas deberían de “revisar a fondo su manera de ver a Latinoamérica”: lo que se echa realmente en falta es una solidaridad genuina con los sueños de los latinoamericanos. Poder hacer real el hecho de “tener una vida propia en el reparto del mundo”.
Es curioso, pues, que estamos más cerca que nunca por la especialización técnica y que; sin embargo, la distancia cultural se mantenga aislada entre los dos territorios. ¿Por qué no pensar que la justicia social que se persigue en Europa, puede ser algo viable en territorio latinoamericano con métodos y condiciones diferentes? Esta respuesta que hoy suena arriesgada si la desconectamos del contexto en el que escribe García Márquez, me parece que no es enteramente alienante, sino que tiende puentes de diálogo; actualiza modelos extranjeros revelando fallas y particularidades de sus modelos cuando el territorio latinoamericano los informa.
¿Cómo no sentirnos solos en Latinoamérica si precisamente no se ve como una posibilidad hacer propio lo que se hace en otras partes del mundo? ¿Por qué aceptar que necesitamos, indefectiblemente, vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo como si no pudiéramos hacer otra cosa? Un punto importantísimo para entender el mensaje del Gabo frente a esta pregunta tan complicada, creo que es tener presente que, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida.

