LAS ALMAS GEMELAS

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Todos los días están juntos, jugando y compartiendo como si fuera la primera vez.

Quieren ser inmortales, son superhéroes y villanos, siempre unidos, intercambiando esos roles protagónicos basados en su amor, en la eterna búsqueda del Premio Oscar de sus vidas.

Hay un lugar que extrañan, un lugar donde pueden dormir sin importar a qué hora retornen, para encontrarse con su soledad, que se retuerce de celos, al saber que los ha perdido para siempre.

Un lugar donde no dan explicaciones y pierden la noción del tiempo, donde sus almas se entrelazan con el fondo musical del Canon en D mayor, que fue compuesto por Schubert, exclusivamente para ellos, transportándolos lentamente y con total entrega a Saturno, perdiéndose finalmente en Andrómeda, su lugar favorito, su confort absoluto, su lugar seguro.

Un lugar donde se alejan del mundo y del reloj que constantemente les marca el tiempo que ya no queda, ese tiempo que se va sin pedir permiso, llevándose lo mejor de ellos y dejando hacía adelante, la víspera de algo nuevo y mejor que está por llegar.

Un lugar donde se olvidan de todo y donde son el uno para el otro, el único remedio para encontrar la paz, ese lugar, llamado el estar juntos, sin importar el código postal o la ubicación en el GOOGLE MAPS y donde el WAZE, nunca marca las coordenadas, porque no cabe el registro.

Son la tierra que sus pies necesitan

Son la memoria de sus infinitas vidas

Tienen la paciencia para reconocer, respetar, entender y proteger sus lados más sensibles.

Son esa hermosa y delicada forma de estar siempre presentes, aunque sea en silencio, a través de la mágica conexión que los caracteriza, que sólo ellos saben desatarla.

Son esa locura superior a la del resto, de la cual se enamoraron, su locura favorita, una locura desigual, de otro planeta, que cualquier persona perseguiría para alcanzar, esa locura única, que, fusionada entre los dos, hacen la locura imperfectamente perfecta.

Tienen esos ojos que en cada amanecer se ven como si nada más fueran ellos y no existiera solo en el mundo, pues el mundo para ellos, son simplemente ellos, no necesitan a nadie más.

Se aceptan como llegaron al nacer, libres, como el viento, despojados de ataduras y de paradigmas impuestos por la sociedad, que finalmente hacen al ser humano, esclavo de su propia vida.

Aprendieron a amarse con sus idas y venidas y no pretenden que el otro se quede encerrado entre cuatro paredes, esa cárcel en la que vivieron muchos años, en silencio, con bajo aliento, con grilletes atando sus pies, pero con la esperanza de salir algún día y cuando se encontraron, por fin se liberaron.

No se ven como un cuadro de honor, trofeo en la pared o una simple inocente presa cazada.

No esperan ser el entretenimiento del otro cuando están aburridos, ni se piden o exigen cosas que al otro le desagrada.

No se olvidan de cómo se enamoraron, ni mucho menos de cómo se conocieron, les encanta escuchar esas historias contadas por ellos mismos, con chispa incluida, gracia exclusiva, que marcaron sus vidas para siempre.

Se comprometen con el mundo del otro, sin olvidarse cómo es su propio mundo, teniéndolo siempre presente, para no olvidarse quiénes son y de dónde vienen.

Saben amarse, libremente, como los delfines nadan en altamar sin ser presos de jaulas y parques temáticos de entretenimiento, pues la libertad es ese impulso que sostiene el sentimiento que los envuelve y los hace sentir, a cada instante, que la vida es un Adonis, difícil de sostener, pero finalmente perfecta.

Juntos crean momentos mágicos, poca distancia y tan inigualable calma y sosiego.

Siempre muestran esas ganas y anhelo de reconocerse constantemente y volver a estar juntos.

Aman con vehemencia sus demonios, los cuales se toman de la mano y caminan, deambulan, entre el infierno y el paraíso, siempre ellos, siempre felices, siempre únicos.

Constantemente quieren saciar su apetito voraz, incontrolable y apasionado por la vida, como el hambre de un León Asiático, en medio del desierto del Sahara, en el bosque Gir de la India, sin posible presa cándida a la vista.

Todos los días se dan suficientes motivos para elegirse sin dudas y sin miedos, con la tranquilidad de que encontrarse era su objetivo final de vida, ese objetivo que envuelve todos los artilugios que saben a gloria.

Nunca dejan de mirarse como se miran, con amor, deferencia y sobre todo con insuperable  admiración.

Siempre logran robarse una sonrisa, cuando el otro se enoja, pues no conocen la palabra orgullo, porque han escuchado que sentirla o aplicarla a veces, puede conducirlos a perderse sin la oportunidad de encontrarse nuevamente.

Y ella siempre le repite al oído:

Ojalá mi cintura siempre se lleve bien con tus manos

Ojalá que tu boca siempre termine en mis labios

Ojalá tus promesas no tengan nunca muerte y tus besos no pierdan el alma

 

Y él le susurra de vuelta:

Ojalá nunca esté lleno de excusas baratas sino de acciones realizadas y siempre esté a tu altura.

Ojalá nunca dejemos de dialogar sin filtros, con respeto y siempre confiemos en el otro a ciegas.

Ojalá que cada vez que nos perdamos, volvamos a encontrarnos como si fuera el primer día.

 

Y ante esto, pienso en voz alta: Que bonitos son los seres humanos cuando guardan un poco de inocencia, de pudor, de paz interior y sobre todo de amor impoluto, como el alma de un recién nacido.

 

Un encuentro fortuito,

Dos desconocidos perfectamente conocidos de otras vidas,

Vidas fugaces,

La taumaturgia de la luna sobre el río Sena,

Dos corazones que laten de prisa,

Cuatro ojos entrelazados,

Pastillas sin receta,

Dos almas gemelas perdidas en medio de esta vida terrestre,

Una puerta que dice escape,

El escape que lleva a la felicidad de estar siempre juntos, básicamente, Magia Pura.