Las columnas que me sostienen
Veo alturas confusas por la ventana, me siento a escribir con cierto ángulo de nostalgia. Me siento vacía y vaciada de conceptos, de geopolítica, de luchas porque he dejado el horizonte tan alto con lo que pasa allá afuera, que he olvidado el mío.
Debo confesar que, en semanas anteriores mis columnas expulsaban a esta Claudia, porque el sentir, el deseo y aquellos temas tan abstractos y singulares no pueden macular de particularidades frente al verdadero problema: el poder, la violencia, la dominación, el capitalismo, el colonialismo, la historia. Como si escribir sobre mí fuera una concesión burguesa, una frivolidad, una traición al deber político, sostenía que esas cuestiones no debían embadurnar mi fin humano.
Cuando Claudia, a ver, tú conformas ese fin. Es decir, ¿quién sostiene esa política sino alguien de carne y hueso? ¿Acaso el pensamiento puede escribirse desde ninguna parte? Como si el cuerpo no pensara…
He escrito durante meses convencida de que la honestidad intelectual consistía en desterrarme de mis propias columnas. Como si hablar de mí debilitara la gravedad de lo político, como si el pensamiento serio tuviera que presentarse impoluto, sin biografía, sin temblores, sin noches de insomnio, o como si la filosofía naciera de una inteligencia aséptica y no de un cuerpo que alguna vez tuvo miedo. Que sangró. Que amó (y ama) sin guión.
Pero esa renuncia tiene un precio, y es que hay una violencia silenciosa que consiste en desaparecerse de uno mismo. Cada vez que sentía nostalgia la llamaba sentimentalismo, cada vez que deseaba escribir sobre aquello que me estaba quebrando por dentro, aparecía una voz (ya sabe, esa policía interior tan eficiente) recordándome que existían guerras mucho más importantes que mis propias ruinas. Y, paradójicamente, terminé reproduciendo conmigo la misma lógica que tantas veces critiqué: la instrumentalización.
Porque el sujeto político también puede colonizar al sujeto íntimo.
No pretendo que esta columna sea un ejercicio de sentimentalismo. Tampoco una confesión pública donde el dolor busque legitimarse por el simple hecho de ser dolor, la intimidad no es interesante por ser privada; lo es cuando revela algo de la condición humana. Cuando deja de ser únicamente mi historia para convertirse en una pregunta que otros también pueden habitar.
Siempre admiré esa obsesión filosófica por mirar el mundo (con esa admiración decidí estudiar filosofía) pero últimamente me pregunto si no hemos confundido mirar el mundo con olvidar al sujeto que lo mira. Vivimos tan pendientes de las estructuras que, a veces, dejamos de escuchar las grietas desde donde esas estructuras atraviesan nuestra propia existencia. Pensar lo colectivo no exige sacrificar lo singular, al contrario, pues toda teoría que olvida la experiencia termina hablando un idioma impecable, pero inhabitable.
Foucault habló de las Tecnologías del yo (1988), pero nadie me dijo que el yo también es una tecnología del capital, que incluso mi deseo de ser políticamente correcta, de no desentonar, de no ser vista como una privilegiada quejumbrosa, es también una forma de disciplinamiento. El capitalismo no sólo nos explota el cuerpo, nos explota la culpa. Nos hace sentir que nuestro dolor individual es una distracción, una molestia, un ruido que interfiere con la sinfonía de la lucha colectiva. Y así, sin darnos cuenta, convertimos nuestra propia existencia en un obstáculo para la revolución. ¿Qué revolución es esa que no tiene espacio para el que tiembla?
Quizá por eso he sentido que mis propias columnas dejaron de sostenerme. Es curioso llamarlas columnas. La palabra designa aquello que mantiene de pie un edificio, pero también nombra estos textos que aparecen semanalmente. Y, sin embargo, hace poco entendí que escribir una columna no consiste únicamente en sostener ideas; también debería sostener a quien las escribe, porque si el texto no te sostiene a ti, si no te da un lugar donde apoyar la espalda cuando el mundo pesa, entonces no es una columna, es una losa más.
Es cierto que he reconocido la corporalidad en el poder, lo hice en Geopolítica del cuerpo, pero ese es mi problema, reconocer el cuerpo como materia, pero no el mío propio. He obedecido, creyéndome mi propio dios, pero ¿quién en este contemporáneo mundo puede nombrase dueño de sí mismo?
Qué ironía, pasé meses denunciando las tecnologías del poder sin advertir la pequeña dictadura que había instalado sobre mí. Y nadie me prohibió escribir sobre Claudia.
Fui yo.
Y ese es otro gran logro del capitalismo, lograr que nos guste, quiénes somos dentro de sus columnas, es decir hay algo profundamente violento en convertir toda la existencia en utilidad política. Medimos nuestros días según cuánto producimos, incluso (ahora) cuánto denunciamos, cuánto argumentamos, cuánto servimos para la causa correcta. Hasta el dolor empieza a justificar su existencia sólo si logra transformarse en discurso. Regreso a lo mismo, el capitalismo debe estar orgulloso, ha conseguido, pues, que incluso nuestra sensibilidad necesite demostrar rendimiento. Nos roba el tiempo, el descanso, la atención; pero su triunfo más elegante ocurre cuando logra que seamos nosotros quienes despreciemos todo aquello que no puede traducirse en productividad. Incluso la ternura (sí, Lemebel, lo siento).
Por eso desconfío de quienes escriben como si nunca hubieran sido atravesados por aquello que explican; he leído ensayos sobre el duelo escritos con la frialdad de un manual de instrucciones. Porque hay una obscenidad en cierta teoría contemporánea, habla del cuerpo sin respirar, del deseo sin haber deseado, de la violencia sin haber sentido jamás el peso de una ausencia. Tantos conceptos perfectamente esterilizados. Ideas que nadie podría habitar. Sí, filosofía de quirófano, brillante, impoluta, pero sin pulso.
Yo no quiero escribir así.
Nunca quise.
Porque pensar no consiste en escapar de la experiencia para observarla desde arriba, consiste en hundirse tanto en ella que aparezcan sus estructuras invisibles. Ahí comienza la filosofía, no cuando una se aleja de la vida, sino cuando descubre que la vida estaba llena de categorías antes de que existieran las categorías mismas.
Esta columna no es una tregua, ni un paréntesis íntimo entre dos análisis políticos para que el lector descanse. Es, por el contrario, la constatación de que no hay análisis político sin carne, no hay denuncia estructural que no haya sido pensada desde una cama, desde un bus, desde un insomnio. Si algo he aprendido en este año de escritura, es que el cuerpo no distrae de la política, la funda, puedes tener la estructura argumental más sólida, las fuentes más verificadas, la denuncia más justa, pero te digo, que si no pones la carne, tu carne, en el texto, el texto no late. Y un texto que no late no sostiene a nadie. La filosofía sin biografía es una astucia del poder para hacernos creer que el pensamiento nace en el vacío, como si los conceptos no tuvieran madre, como si la verdad no tuviera entrañas.
He conocido, en estos meses, la tentación de la pureza intelectual, esa tentación que nos dice que la militancia debe ser ascética, que la lucha debe ser impecable, que el sujeto revolucionario no tiene derecho a la pequeña mezquindad, a la duda, al deseo, al miedo. Esa tentación que castra el yo en nombre del nosotros. Pero la causa no se sostiene sola. La causa no es un ente abstracto que flota en el éter de la historia. La causa son cuerpos, son nombres, son manos que tiemblan, son espaldas que se curvan, son personas que aman y odian y dudan y fallan y follan. Negarlo no es radicalidad es mistificación.
El capitalismo, el colonialismo, el patriarcado no son sistemas que operan sólo en los parlamentos o en las corporaciones. Operan en la cama, en la mesa, en el silencio que no se dice, en la culpa que se mastica, y si no estamos dispuestas(os) a mirar esos lugares íntimos, a descolonizarlos también, entonces nuestra lucha es incompleta. No es que el enemigo esté sólo afuera, el enemigo está también en la voz que nos dice que nuestro dolor es una distracción, que nuestra fragilidad es una vergüenza, que nuestra necesidad de ternura es una debilidad política. Esa voz hay que silenciarla. Y no con más productividad, sino con el acto radical de habitar el propio ser.
Y para ser claros (a medias, tal vez) no, no estoy hablando de autoayuda, no estoy proponiendo una vuelta al yo como refugio individualista. Estoy hablando de la condición de posibilidad de cualquier política digna de ese nombre, un sujeto que se reconoce como tal, con todas sus contradicciones, y que desde ese reconocimiento se lanza al mundo. Porque solo desde la verdad de lo que somos podemos construir la verdad de lo que queremos. Cualquier otra cosa es construir castillos de naipes sobre arena movediza, cualquier otra cosa es repetir, sin saberlo, la lógica que nos separa.
En términos de construcción, no sé si esta columna sea la mejor que he escrito (o hecho), quizá sea la más desordenada, la más contradictoria, la menos rigurosa según los cánones de la academia o del periodismo serio. Pero es la mía, y por primera vez en meses, la columna me sostiene a mí. Y la verdad, queridos lectores, es que el mundo arde, pero yo también ardo. Y ese ardor, el mío, no es una concesión ni un distractor. Es el combustible que hace que mis palabras no sean solo ideas, sino vidas que se encuentran.
