Last land

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En el momento en que aquella flecha atravesó el costado de Anúa, todo por lo que había luchado comenzaba a desvanecerse, de rodillas, mirando fijamente hacia la nada y presionando la herida, el recuerdo de su aldea y de su padre Katúa, desfilaban por su mente.
Las únicas tres aldeas que sobrevivieron a la catástrofe, peleaban continuamente por los recursos escasos del planeta. La jefa de la tribu Primera yacía en su lecho de muerte mientras otras dos aldeas conspiraban para atacar tan pronto ella muriera. Tres días después, tras dejar su legado a Katúa, la jefa de la tribu muere y comienza la guerra. La tribu Primera poseía la mayor parte del territorio y siempre lucharon por defenderlo, hasta entonces lo habían logrado. Katúa preparó a su gente, pelearon con todo su corazón para no permitir que las otras tribus destruyeran el territorio que tanto trabajo les había costado restaurar; sin embargo, aunque salieron victoriosos, perdieron a muchos de sus integrantes, entre ellos Húku. Ya antes habían hecho acuerdos para que las tres aldeas pudieran vivir en alianza, pero pronto ésos se rompieron por las tribus Segunda y Tercera. Era imposible la unidad, y la tribu Primera no podía permitir que su mundo muriera de esa forma.
Cuando Anúa nació, Katúa y Húku hicieron una gran fiesta, los ancianos decían que su llegada traería la paz y con ella la esperanza de renovación del mundo. Así sucedió durante tres años hasta que Húku, murió en la última batalla, entonces la tristeza invadió a Katúa por largo tiempo. Los ancianos criaron a Anúa, la aldea la vio crecer y no perdieron la esperanza, pero su padre se alejó de ella. Trece años transcurrieron, en el cumpleaños dieciséis de Anúa, y después de agradecer a los dioses su existencia al traer la tranquilidad a la aldea, los ancianos y el jefe de la tribu Primera convocaron a una reunión urgente, un enviado proveniente de tierras lejanas llevó un mensaje para ellos; las aldeas enemigas se habían unido para exterminarlos, esto parecía ser la última de las guerras por el territorio y los recursos.
Muchos en la aldea se preguntaban entonces cuál era el verdadero propósito de Anúa, y si era cierto que traería la paz o sólo era un cuento de los abuelos, la incertidumbre comenzaba a apoderarse de ellos, el aire estaba envenenándose. Mientras algunos de los guerreros tomaban sus posiciones, la tribu temía por el planeta y su gente. Katúa se reunió con su hija después de años de indiferencia para explicarle los planes, ella tenía que guiar a la tribu mientras la batalla daba lugar en los páramos. Ella, convencida de que todo saldría bien, asintió con la cabeza a todo lo que su padre le indicaba y se dispuso a llevar al resto de la gente a las cuevas profundas en donde aguardarían a que todo terminara. Durante dos largos días no se supo nada de las tribus, al amanecer del tercer día, llego un mensajero; el padre de Anúa había sido secuestrado y pedían su cabeza a cambio de la vida de su líder. Los abuelos negaron tal petición, los aldeanos dudaban si Katúa aún estaba con vida o sólo era un juego sucio de las otras tribus, pero ella de algún modo los convenció, la idea de ser aquello en lo que todos confiaban, de ser la esperanza que todos tienen para subsistir, le daba fuerza, aun cuando fuera una gran carga, era su deber, así que los abuelos y su gente no tuvieron otra opción.
Anúa salió de las cuevas con tres de sus más cercanos guerreros. Unas horas después, al llegar a los campos de batalla, los jefes de las tribus Segunda y Tercera presentaron a su prisionero tumbándolo en el piso. Las condiciones eran el control del recurso, la mayoría del territorio y la cabeza de Anúa a cambio de Katúa y una parte de las tierras lejanas en las que no pudieran dominar ni salir, de lo contrario morirían ambos en ese instante. Anúa miró a los dos líderes, contó el número de guerreros que había de cada lado, vio a su padre que apenas respiraba y recordó las enseñanzas de los abuelos y el poder de su madre y su padre juntos. Hablo en nombre de su pueblo: Jamás –dijo con lágrimas de furia en sus ojos. Los líderes no podían creer lo que escuchaban ni lo que veían, la miraban con asombro, como nunca nadie había mirado a el guerrero más temido de ese mundo, en ese instante los guerreros que iban con ella tomaron a Katúa arrastrándolo a un lugar seguro, flechas provenientes de las tierras Primeras atravesaban los cuerpos de las tribus opositoras y Anúa peleaba como jamás nadie lo hubiera hecho a su corta edad.
Durante los años en que su padre estaba sumergido en la tristeza, Anúa aprendió mucho, de los abuelos la valentía, de los guerreros las estrategias y el combate, aunque de su padre no el amor, la tribu le confirió su confianza y su cariño. De aquellos años ella logró lo inimaginable, logró armar un plan a la par con el de su líder y eso la llevó a luchar en contra de las dos aldeas destructivas del planeta.
Los guerreros llevaron a Katúa a un refugio improvisado fuera de peligro, esperaron ahí hasta que él pudiera recuperarse de algunos golpes y heridas y estuviera consiente. Mientras tanto, algunos de los soldados que acompañaron a Anúa a la batalla fueron cayendo junto con los de las otras tribus, los jefes escapaban de la zona de guerra, también pocos de sus guerreros, de pronto se encontraban solos; la tribu Primera había logrado el desplazamiento de los enemigos. Anúa se limpió la cara ensangrentada, su respiración aún estaba acelerada y en ella se miraba una ligera sonrisa de alivio, de triunfo. Al contar el número de caídos y enviar mensajeros con buenas noticias a las cuevas y al refugio donde su padre estaba, se dispusieron a partir de aquel cementerio cuando de pronto, por la espalda, una flecha acaba con la vida de Anúa. La flecha le pertenecía al jefe de la tribu Segunda. Al parecer no era la última guerra que la aldea tendría que pelear, ni la tranquilidad que se esperaba conseguir para el mundo.