Lazos

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Entran dos coches a un centro cultural, uno de color blanco y el otro su opuesto. En este espacio los jóvenes aprenden técnicas de dibujo y desarrollan su imaginación, también conviven con la naturaleza y aprenden que no existen límites.

 

De esos dos coches descienden dos familias: dos madres y seis niños. Todos suben algunas escaleras de piedra. El primer grupo de hermanos incluye a una niña y dos niños, ellos tres suben rápidamente y dejan a su madre atrás. La otra familia está integrada por la madre, un niño y dos niñas. Ellos son tímidos y suben con lentitud, es su primera tarde.

 

La profesora encargada de la clase pide a todos los niños que se acerquen. Ella es alta y de gran belleza, su piel morena y más fina que la seda. Su voz es armoniosa, angelical. Algunos acuden sin pensarlo, otros se quedan atrás, pero al final llegan. No hay persona que se resista a su voz.

 

Las madres confían ciegamente a sus hijos y abandonan el recinto. La maestra y sus alumnos empiezan su recorrido. Los paisajes son armoniosos, humanidad y naturaleza tienen perfecto equilibrio. Hay pequeñas paradas donde la maestra desarrolla historias, mientras los niños mantienen la mente abierta.

 

En una de esas paradas la maestra pide a sus alumnos hacer pequeñas esculturas con ramas y hojas, y al mismo tiempo desarrollarle una pequeña historia. En este momento es cuando los lazos se forjan, amistades que serán de por vida. El grupo originario de seis niños intercambian piezas. La hermana mayor del primer grupo selecciona a su hermanito y la hermana menor del segundo grupo. El hermano mayor del segundo grupo selecciona a su hermana que ocupa el lugar de en medio y al hermano sobrante del primer grupo.

 

Mentes creativas se ponen de acuerdo y dan vida a su escultura. Ambos hermanos mayores tratan de imponer sus ideas en un principio, pero al final permiten que los demás participen. La maestra felicita a cada uno de los equipos por su esfuerzo.

 

El grupo sigue su camino. Llegan a un pequeño laberinto, que en lo ojos de los niños en inmenso. La actividad consiste en salir rápidamente. El hermano de en medio del primer grupo, quien es el más redondito de los seis integrantes, se queda atrás. Pierde de vista a sus hermanos, a sus nuevos amigos e incluso a la maestra.

 

El pequeño siente miedo. Grita fuertemente por ayuda, esperando que alguien que le escuche. No hay respuesta, aumenta su temor y empieza a llorar. Todos se han ido hacia una zona de juegos hechas por llantas. La hermana de en medio quien es la más atenta, está consciente de la ausencia de este niño. Ella camina hacia el laberinto sin que la maestra se dé cuenta y escucha los gritos.

 

–¡Aquí estoy!– exclama fuertemente con su voz aguda.

 

El niño escucha la voz y corre tratando de encontrar la salida. Grita mientras hace la otra actividad, pidiéndole a la niña que no deje de hablar. Pasan cinco minutos y para su paz encuentra la salida. Conmovido el niño abraza a la niña y se quedan así por algunos segundos. Pronto llegan a donde el grupo se encuentra, sus hermanos juegan juntos y se les unen.

 

Antes de que el sol se metiera, los niños realizan un dibujo. El niño la dibuja a ella y se lleva su dibujo a casa. Le comenta a su madre sobre su aventura del día de hoy, después de rezar.

 

Las aventuras de este dos grupos de niños comienzan. Pasa el tiempo, las tardes de diversión dentro y fuera de este recinto continúan. Su lazo de amistad es tan fuerte que hasta las madres se hacen amigas.

 

Ya han pasado trece años y a pesar de diferentes sucesos nada ha quebrado este lazo.