Libertinaje aceptado

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Es evidente que la escala de valores se ha transformado para las nuevas generaciones y no necesariamente para bien. Lejos están aquellos días en los que había un respeto por los padres y abuelos y, al menos, se procuraba hacer la travesura sin que éstos, se dieran cuenta.

 

En nuestros días, ya no hay ni siquiera el pudor por hacer las cosas tras bambalinas y las relaciones entre padres e hijos se han tornado, por decir lo menos, desgastantes.  Es común ver como los hijos retan a los padres de una manera grotesca, y no entienden lo que significa llevar una vida dentro de un marco de reglas y obligaciones preciso.

 

El resultado, cientos de miles de adolescentes y jóvenes que se mandan solos y toman sus decisiones con base en supuestos, creencias y paradigmas que no coinciden con la concepción de orden que esperamos de ellos.

 

Son muchas las conductas cuestionables; levantarse a la hora que les venga en gana, no tender su cama, ir a cuanto compromiso social se les cruce sin siquiera decir a dónde y con quiénes van, no cumplir con las responsabilidades escolares, mentir, robar, caer en las garras de algún vicio, y demás situaciones descontroladas.

 

Pero aún con lo preocupante que todo lo anterior es, resulta que hay algo que le supera en tamaño y gravedad: el poco compromiso de los adultos responsables de todos esos jóvenes en formación.

 

Partamos de lo obvio, ninguna persona logrará erradicar aquellas conductas equivocadas si no se le enseña que a toda acción corresponde una reacción; si bien es molesto que un hijo no obedezca, lo es más que no exista una sanción ante la falta. Si no hacemos un llamado de atención ante una situación mal encaminada, ¿Cómo pretendemos que esa conducta se modifique en el corto plazo?

 

No confundamos, una cosa es dar la libertad natural para que cada quien utilice su albedrío de la mejor manera, pero una muy diferente es disfrazar la omisión, el poco interés o el desdén.  De esta manera, pasamos de la libertad al libertinaje.

 

Es importante enseñar a los herederos la importancia de ganarse las cosas, para lo cual cada uno de los miembros de un núcleo familiar debe asumir responsabilidades precisas para lograr un funcionamiento armónico de la principal célula social.  Vivir de oquis, de la nada, sin ofrecer nada a cambio, resulta una descortesía gigante. Lo irónico es que son los propios padres quienes ven y no ven, haciendo un mutis de miedo.

 

Luego nos lamentamos porque esos mismos libertinos con permiso acaban mal, y vienen los arrepentimientos por no haber reaccionado a tiempo.

 

¿De verdad no queremos ver las cosas como son?