Líneas de Fuga y Máquinas de Deseo: El Rizoma Petrolero-Mineral
La imagen que comparto en esta columna es de la revista eslovena
Objektiv del pasado 09 de enero, diseñada por el esloveno
Tomaz Kosir (pueden escribirle al siguiente correo si desean una
copia de la portada: narocnina@dnevnik.si). Grandioso…
Líneas de Fuga y Máquinas de Deseo: El Rizoma Petrolero-Mineral
Tenemos bien sabido los acontecimientos geopolíticos que han estado pasando, pretendo (sin ser una pretenciosa) germinar información detrás del petróleo.
Empecemos sin jerarquías, solo por el inicio que no es ese de inicio final, sino con un rizoma, porque esto no puede ser más que eso, un rizoma no empieza ni termina, siempre está en el medio, entre las cosas, inter-ser, intermezzo.
No miren el mapa político, miren las cicatrices. La línea del oleoducto que atraviesa territorios kurdos como una sutura que no cierra, la mancha de deforestación en el Congo, un órgano extraído, la grieta en el permafrost de Groenlandia, un umbral que se abre. Esto no es un análisis, es una anatomía de un planeta vivo, capturado.
EL DESHIELO Y LA GEOGRAFÍA QUE SE VUELVE PALIMPSESTO, GROENLANDIA
El filósofo francés Gilles Deleuze hablaba de lo liso y lo estriado. Lo estriado es el espacio medido, controlado, parcelado: la geopolítica de los estados con sus fronteras fijas. Lo liso es el espacio nómada, el desierto, el mar, el hielo… un espacio de trayectorias, no de puntos.
Groenlandia ha sido, durante milenios, el territorio liso por excelencia, una superficie blanca, resistente, que repelía la inscripción humana permanente y su espesor era una negación de la explotación. El deshielo estría lo liso, transforma ese umbral impenetrable en una nueva superficie de inscripción para el deseo capitalista. Ya no es un muro, es una página en blanco donde se reescriben las rutas comerciales, las soberanías y las jerarquías del poder.
El deshielo es, por tanto, un evento geofilosófico, el planeta se reconfigura físicamente para ajustarse a los flujos abstractos del capital. El permafrost se desoculta. Liberando acceso como un programa informático y libera datos tras desencriptarse.
El Deseo Histórico de EE.UU
La obsesión estadounidense con Groenlandia es arqueológica, debemos recordar el acuerdo de 1941 y la oferta de compra de 1946 que fueron el reconocimiento de un punto de control absoluto en el cuerpo del mundo. Durante la Guerra Fría, fue el ojo incrustado en el Norte, un órgano de vigilancia en el «cuerpo sin órganos» del Ártico.
Hoy, esa amenaza se reactualiza, se puede observar claro como la retórica de «comprar Groenlandia» bajo Trump no fue una boutade; fue el inconsciente geopolítico de EE.UU. saliendo a la superficie, es el deseo de poseer la llave geográfica del siglo XXI.
Por otro lado, tenemos a China, que no ve a Groenlandia como un país, sino como un nodo crítico en su Ruta de la Seda Polar, la «Ruta del Hielo» que conecta Asia con Europa por un Ártico menguante y su inversión no es colonial en el sentido antiguo; es infrastructural y pre-emptiva. China juega con la autonomía deseante de Groenlandia, porque la isla, dentro del Reino de Dinamarca, anhela independencia económica (que sólo podría venir de la minería a gran escala), entonces China ofrece el capital y la tecnología sin las «lecciones de democracia» occidentales. Es un juego de seducción extractiva que conecta el deseo de independencia de Groenlandia con el deseo chino de minerales. Es el rizoma extendiendo un tentáculo, que podría verse como desde las minas de tierras raras de Bayan Obo en Mongolia Interior, hasta los yacimientos de Kvanefjeld en Groenlandia.
El deseo identitario
Esto nos lleva al siguiente deseo, con la Unión Europea y Dinamarca, que encarnan una esquizofrenia geopolítica, por un lado, son los paladines del Acuerdo de París, la voz que clama por el deshielo como tragedia climática y por otro, son actores que no pueden permitirse perder el acceso a los recursos estratégicos que ese mismo deshielo libera.
Dinamarca ejerce una soberanía postcolonial difusa. Su poder sobre Groenlandia es frágil, negociado, y se enfrenta a la doble presión de EE.UU. (aliado militar) y China (inversor potencial). La UE mira con pánico cómo China teje su red en lo que considera su «patio trasero» geopolítico. Su respuesta es intentar estriar desde la norma: regulaciones ambientales, estándares laborales, tratados de inversión. Quieren que la explotación sea «responsable», es decir, que conserve una jerarquía donde ellos controlen las reglas del juego.
Groenlandia no es un «caso», es el síntoma inaugural del Capitaloceno, un lugar donde la lógica extractiva, al alcanzar su límite planetario (porque a ver, no hay más continentes vírgenes que conquistar), cambia la materialidad del planeta para crear nuevas fronteras. El deshielo es la plusvalía geológica y nos muestra que el deseo cínico capitalista que no solo explota la naturaleza, sino que la reprograma para seguir explotándola.
La pregunta groenlandesa es, por tanto, la pregunta esencial: ¿Podemos imaginar un deseo colectivo distinto para esa superficie que se revela? ¿Uno que no sea la repetición del viejo guión de conquista y extracción, sino la creación de un territorio verdaderamente liso, común, e inapropiable? O, como predican los estados y las corporaciones, ¿el único destino posible para lo que se desoculta es ser capturado, estriado y convertido en mercancía?
EL CUERPO ENFERMO, VENEZUELA
No es un estado fallido. El petróleo venezolano no es un recurso bajo tierra; es un órgano hipertrofiado, una glándula monstruosa que ha absorbido la fisiología completa del cuerpo social. Deleuze y Guattari hablan de la máquina colonial como un aparato de inscripción que marca cuerpos y tierras. Aquí, la Máquina Petrolera Estatal ha cumplido esa función, porque inscribió una sola lógica (la renta) en la psique colectiva.
Pero la máquina ha mutado. De un aparato de distribución (la Venezuela saudita que domesticaba el deseo con subsidios) pasó a ser una pura Máquina de Captura y ya no distribuye riqueza; captura toda moneda, todo producto, toda institución, para alimentar su propio circuito cerrado de supervivencia. El resultado es una esquizofrenia productiva, el país con las mayores reservas probadas de petróleo del planeta produce miseria, escasez y una diáspora de dimensiones pandémicas. La «enfermedad holandesa» se revela no como una metáfora económica; sino como un diagnóstico clínico (el cuerpo produce tanto de una sustancia (petróleo) que atrofia sus demás funciones (agricultura, industria, pensamiento)).
EL PETRÓLEO COMO MONEDA DE LA RESISTENCIA
Para esta parte tenemos
- La Alquimia Geopolítica, con las sanciones internacionales estrangulando el flujo legal de crudo, Venezuela ha tenido que inventar una alquimia de la fuga. El petróleo deja de ser una commodity para convertirse en moneda de trueque en la economía sombra global. Para esto leamos los siguientes ejemplos:
- Irán – Venezuela: Este es un intercambio simbiótico de pariah states. Irán envía condensado para diluir el pesado crudo venezolano y técnicos para reparar refinerías. A cambio, recibe oro, dinero en efectivo y, crucialmente, un puesto de avanzada en el patio trasero de EE.UU. Es un rizoma que conecta el Golfo Pérsico con el Caribe, burlando todo el sistema financiero occidental.
- Rusia – Venezuela: Aquí el intercambio es militar y de legitimidad, Rusia envía mercenarios, apoyo diplomático y lavado de imagen; a cambio, se queda con activos petroleros clave (Rosneft) y obtiene un punto de presión estratégico contra Washington. El flujo petrolero venezolano, así, se convierte en un fluido de poder que lubrica el eje antihegemónico.
- El Coltán Fantasma y la promesa de un nuevo órgano parasitado
El anuncio de Chávez en 2009 sobre el coltán no fue un dato geológico; fue un acto discursivo performativo. Al declarar la existencia de una «reserva gigante», intentó injertar en el espacio enfermo de Venezuela el mismo rizoma de deseo y violencia que devora al Congo. Fue un intento de decir: «No solo tenemos el órgano enfermo (petróleo), también tenemos el órgano del futuro (coltán)». Pero en Venezuela, este mineral hipotético ha seguido la misma lógica parasitaria, ya que no se explota de manera industrial, sino que se rumorea que alimenta minería ilegal, contrabando y nuevas mafias. Es la promesa de una nueva maldición, un nuevo espacio por el que el mundo podría empezar a pelear, perpetuando el ciclo de dependencia y extracción caótica.
LA SANGRE DEL TELÉFONO EN LA REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO
Si el petróleo de Venezuela es un órgano pesado y visible, el coltán del Congo es la sustancia del intermezzo, es lo que conecta extremos que nunca se tocan, es decir no termina en sí mismo (nadie desea un lingote de coltán), sino que es el elemento de paso necesario para el deseo contemporáneo más puro, este que permita que me leas, la conectividad, la ubicuidad, la velocidad digital. Vuelvo a Deleuze, quien hablaba de la máquina de guerra nómada que se opone al aparato de estado, pues bien, en el Congo, no hay una máquina de guerra, hay múltiples máquinas de guerra devenidas máquinas de extracción, guerrillas, milicias, ejércitos nacionales y corporaciones transnacionales que forman un rizoma de violencia descentralizado. No luchan por un territorio para gobernarlo (lógica estatal), luchan por controlar puntos de intensidad (minas, rutas de contrabando) para extraer y exportar. El territorio no es un «estado fallido»; es un cuerpo hiper-explotado y segmentado, sobre el que se implantan mil pequeñas máquinas succionadoras.
La RDC no es un vacío de poder, es un espacio liso donde operan múltiples actores no estatales (M23, CODECO, etc.), cada uno conectado a redes financieras y comerciales globales. Ruanda y Uganda no son «vecinos intervencionistas»; son nodos procesadores de un rizoma que saquea el Congo y lava los minerales hacia los mercados globales, son en efecto, el sistema linfático de esta explotación.
La conexión más potente y éticamente elusiva es tu smartphone, el mío, nuestra laptop, el coche eléctrico, todos, son órganos transplantados, contienen coltán, cobalto, estaño, tungsteno. Su pureza tecnológica, su diseño impecable, enmascaran el origen convulso de sus componentes y somos, todos, cómplices biológicos. Nuestro deseo por lo nuevo, lo rápido, lo eficiente, es la energía motriz que alimenta las mil máquinas de guerra en Kivu o Katanga.
La tecnología que promete salvarnos del desastre climático (como los coches eléctricos, turbinas eólicas) requiere la perpetuación de un desastre humanitario en el Congo y se convierte en cimiento que se muerde la cola, donde la «solución» es la causa renovada del problema, eso tenemos que tenerlo claro, que la sangre y el sudor congoleños no son una externalidad; son la internalidad oculta de nuestra modernidad, que pronto se extenderá más.
Me pregunto entonces, ¿Qué define el destino de los pueblos cuando el mundo pelea por el petróleo (y los minerales)?, y mientra buscaba una respuesta colectiva, debo admitir que hasta esperanzadora, no encontré más que tres caminos que responden esta pregunta:
Si eres un «Órgano Vital» (Venezuela, Arabia Saudí): Tu destino es ser capturado, tu soberanía será constantemente violada, tu sociedad distorsionada por la renta, tu política reducida a un juego de lealtades a potencias externas.
Si eres un «Órgano de Paso» (El Congo): Tu destino es ser devorado, no serás capturado por un estado, sino despedazado por una red, y tu territorio se convertirá en un campo de batalla entre máquinas de extracción descentralizadas. Tu sufrimiento será necesario pero invisible, la sangre lubricante del progreso ajeno.
Si eres una «Superficie de Inscripción Futura» (Groenlandia): Tu destino es ser revelado y reescrito, tu significado geográfico (hielo, frontera, pureza) será borrado para inscribir uno nuevo (mina, ruta, plataforma) y tu población será un accesorio en la lucha por definir qué nuevo deseo se plasmará sobre tu cuerpo descongelado.
El destino, entonces, no lo deciden los pueblos, sino la lógica abstracta y predatoria del deseo capitalista global, que convierte territorios en funciones dentro de su metabolismo,
captura,
extracción,
apertura.
La lucha ya no es entre imperios por colonias, sino entre una máquina mundial extractiva y la posibilidad de crear cuerpos sociales y territoriales diferentes, capaces de existir fuera de esta trinidad maldita.
EL ESTRIADO COMO VIOLENCIA
Deleuze y Guattari nos enseñaron que el Poder no ejerce primero la soberanía y luego controla los recursos, en realidad su operación fundamental es anterior: estriar el espacio. Es convertir el territorio liso, el campo de trayectorias y devenir, en un mapa medido, parcelado, jerarquizado. El Estado-nación es la máquina perfecta de estriación porque crea fronteras, pasaportes, registros de propiedad, leyes de extracción.
Si analizamos un poco podremos ver claramente que los kurdos y los palestinos son los síntomas vivientes de esta violencia geopolítica, no son meros «pueblos sin estado», son mas bien una especie de cuerpos políticos que existen en la grieta entre el flujo y el estrato, y por ello son sistemáticamente aniquilados, física o políticamente, (de manera mas simple):
- Los kurdos representan un flujo que se territorializa sin permiso, u existencia atraviesa las líneas estriadas de cuatro Estados-nación (Turquía, Siria, Irak, Irán). Su mera continuidad cultural y política es una línea de fuga viva que desafía la lógica sagrada de la frontera westfaliana, su aspiración no es (sólo) un Estado, sino una autonomía, un nodo de autogobierno que pueda conectarse transversalmente, por encima de las fronteras impuestas.
- Palestina representa lo contrario (en cierto sentido), pues, la territorialidad negada, estriada hasta el paroxismo, un territorio diseñado para no poder ser un cuerpo político funcional y no, no es un «estado fallido”. En Palestina la estriación ha devenido en una carcinogénesis política, el territorio es cercenado, fragmentado en islotes (nótese en Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este) separados por muros, checkpoints, asentamientos ilegales y un régimen de permisos que controla cada movimiento de agua, cemento, medicinas y personas.
Ademas, ¿Sabía usted, lector, que Mientras la atención global se centraba en «salvar» a Venezuela (es decir, en controlar su flujo petrolero o en derrocar su gobierno), Israel amplió silenciosamente su ocupación en Gaza?, violando el acuerdo de alto al fuego de octubre de 2025. Este acto es la lógica misma del proyecto sionista de estriación máxima.
La paradoja es obscena y revela la jerarquía racial del sistema-mundo:
Venezuela debe ser «salvada» porque su flujo (petróleo, ubicación estratégica) es vital para el deseo de potencias rivales (Rusia, China) o para la hegemonía estadounidense.
Palestina «merece nada» porque su territorio es lo que se desea (para el proyecto de Gran Israel, para asentamientos, para seguridad militar), y su flujo (refugiados, soberanía, resistencia) es visto como una amenaza pura, un desorden a eliminar.
CODA
Hemos navegado por un rizoma que no tiene centro ni periferia. Groenlandia, Venezuela, el Congo, Kurdistán, Palestina, nodos aparentemente distantes, unidos por las líneas invisibles y viscerales del deseo capitalista por lo que yace bajo la tierra.
Desde el hielo que se deshace bajo el peso del deseo, hasta la sangre que seca en las grietas de las minas, pasando por el petróleo que envenena las venas de la política. No es una metáfora, es la anatomía brutal de nuestro presente.
Groenlandia, Venezuela, el Congo, Kurdistán, Palestina. No son casos aislados, son los nombres propios de una única función global de ser convertidos en funciones para un metabolismo que los antecede y los devora. Función de apertura, de captura, de extracción, de control. El destino de sus pueblos no lo deciden asambleas ni urnas, sino su posición en este circuito, si yacen sobre lo que el sistema necesita, serán violados, si obstruyen un flujo deseado, serán borrados, y si prometen un nuevo botín, serán reescritos.
Y la paradoja final, la que encierra la trampa del siglo, porque frente a esta máquina, las respuestas estatales (como el socialismo petrolero, el nacionalismo desarrollista, incluso las bienintencionadas regulaciones “verdes”) han mostrado su límite, o son cooptadas, o reproducen la lógica del monstruo que dicen combatir, buscando una mejor silla en la mesa del saqueo, ergo, “La máquina mundial extractiva” no tiene ideología; tiene un apetito y este se alimenta de cualquier estrato que le ofrezca acceso al flujo.
El coche eléctrico que debería salvarnos exige el coltán manchado de sangre; las turbinas eólicas que harán girar un futuro limpio requieren las tierras raras cuya extracción envenena el permafrost que se derrite, este es en definitiva un circuito infernal, uno donde la solución es la causa, renovada y perfeccionada.
He tratado de relacionar mi corazón filosófico con esta geopolítica, con el rizoma, y este por definición, nunca está terminado, en sus intersticios, en sus líneas de fuga, crece lo imprevisto. La esperanza, pero ojo, no una esperanza ingenua, sino una esperanza lúcida y combativa, no reside en tomar el control de la máquina, lo que busca es sabotear su lógica y cultivar deseos diferentes. Deseos que no busquen capturar, sino liberar; que no busquen extraer, sino regenerar; que no busquen abrir para poseer, sino revelar para compartir (y combatir).
El cimento del capital es poderoso, pero no es único, bajo el suelo arrasado, otras raíces pueden brotar. Las vemos en las solidaridades transfronterizas que unen a la diáspora venezolana con el migrante africano, en las alianzas improbables entre científicos del clima y comunidades indígenas que vigilan el deshielo, en el boicot internacional que estrangula la moral de la ocupación.
Puede leerse como un idealismo romantizado, pero no lo es, es un realismo de trinchera, ante una máquina que todo lo convierte en mercancía y flujo, la única estrategia sensata es construir y defender, con uñas y dientes, lo común, lo concreto, lo irreductible. No se trata de tomar el poder para administrar mejor el despojo, se trata de volvernos, desde mil puntos distintos, el fallo en su sistema, el virus en su código, la piedra en su engranaje.
El despojo es global, por lo tanto, la resistencia debe serlo también, que esta escritura no sea un epitafio, sino un manual de instrucciones para desmantelar la máquina. No somos meros escribas, somos topógrafos de las fallas. Y donde hay una falla, hay un punto de presión. Aprender a presionar es el único realismo que nos queda, por ahora.
(El andamiaje conceptual de este mapa debe mucho a la geofilosofía de Deleuze y Guattari, y a la noción del Capitaloceno (J.W. Moore). Las cicatrices en Groenlandia se trazan con los informes del AMAP y los análisis del Arctic Institute; las del Congo, con los testimonios recogidos por Séverine Autesserre y los fríos datos del Grupo de Expertos de la ONU. La anatomía de la ocupación en Palestina se detalla en la obra de Eyal Weizman y en los informes de B’Tselem, mientras que los flujos sombra del petróleo se rastrean en las investigaciones de Global Witness y el CSIS. Este texto es, en sí mismo, un nodo que intenta conectar esos puntos.)
Leclerc L. (2025) Greenland: Caught in the Arctic geopolitical contest. European parlament
Humpert, M. (2021). The Future of the Arctic: A New Global Playing Field. Artic Institute
Weizman, E. (2007). Hollow Land: Israel’s Architecture of Occupation. Verso.

