Lo serio de la política
Como se podría intuir desde una perspectiva a caballo entre lo pésimo y lo óptimo, es justo decir que, del panorama político actual, mundial, continental, nacional y hasta regional, pocas cosas trascendentes o relevantes pueden esperarse y rescatarse. Las pocas, con un trasfondo importante, ya son abarcadas debidamente por quienes realmente aman el periodismo y aquello es motivo para seguir optimista ante la realidad. Las otras, y las que más, de trasfondo insustancial o directamente reiterativo, ya son ampliamente conocidas: corrupción, traiciones, escándalos y largas sartas de delitos cometidos a lo largo de los distintos territorios.
Sin embargo, dentro de los cambios políticos de verdadera importancia, no sólo se encuentran sucesos que pueden predestinar o alterar nuestra cotidianeidad, o incluso hechos que pueden cambiar sustancialmente el rumbo histórico de este o el otro país o continente. Hay algo más tras ellos. En este tipo de cambios políticos, hay surtidores de ideas. Estos podrían entenderse como el núcleo del hecho político del que pueden extraerse ideas acerca de la realidad menos superficial que los titulares y los reportajes. Son el lugar del que surgen las interpretaciones del mundo que nos llevan a entenderlo más allá del primario entendimiento de la opinión. El sitio tras el que puede verse funcionando la maquinaria de la historia actual. Los raros momentos, a los que nadie debería ser indiferente.
Esta variedad de cambios políticos son los que diferencian el pasquín del diario serio. Al reportero rosa del analista armado de conceptos. Y, sobre todo, los que interesan a todas las disciplinas de análisis social más riguroso. Y también, son aquellos gracias a los que el hombre de a pie puede curtir su intelecto, su entendimiento y depurar la consistencia de sus ideas. Por ejemplo, es natural que, uno tras entender a profundidad simbólica y políticamente los atentados del 11-S, ya no es el mismo.
Pues bien, de la inteligencia de ese tipo de sucesos tan importantes es que se ocupó la pensadora que nunca conviene dejar de estimar y tener en consideración: Hannah Arendt, judía de origen, oriunda de Alemania, perseguida política, discípula de eminentes filósofos y una voz casi prístina del análisis político hasta el día de hoy. Bajo sus presupuestos pasamos a entender a la política como una actividad que no debería tener otro fin ni otro resultado que el de llevar a las sociedades al esplendor de sus individuos por medio del uso de su propia libertad. Si lo vemos así, nos olvidamos y le perdemos importancia a los circos mediáticos que estamos acostumbrados a entender como la política, caracterizados por no poder generar una conclusión positiva sobre ellos al tratarlos en cualquier conversación.
Habíamos hablado de libertad y hay que continuar haciéndolo. Para Arendt la libertad es un atributo que posibilita a la existencia humana su esplendor o su miseria, y que se manifiesta, más o menos, en las tres esferas principales de vida en sociedad. A saber: la labor, el trabajo, y la acción. Labor es el comportamiento propio del humano para sobrevivir en el sentido más primito y biológico del término. Aquí, el ser humano no tiene libertad alguna porque su capacidad de expresión no es posible. Trabajo es el comportamiento al que tiende el ser humano que lo desliga de su primitividad. Mediante éste domina sus instintos y los transforma a su favor para este o el otro interés. Pero, como el trabajo produce objetos más allá de lo estrictamente biológico, pero no del todo necesarios para la supervivencia del hombre, quiere decirse que la esencia del trabajo en el humano es producir mundanidades acordes a su condición de especie más desarrollada. Por lo que aquí, el hombre es parcialmente libre. Y acción, es el comportamiento al que tiene del ser humano para hacerse a sí mismo según propia voluntad. Lograr la propia autorrealización de todos los individuos de la sociedad, asegurar su acción, es el verdadero y único fin serio que la política debería de perseguir.
Ejercer esta facultad es manifestar las más esenciales características de la vida humana fecunda: poder pensar y juzgar. Aquí, claramente, el hombre sí es libre al no estar coadyuvado por ninguna restricción de tipo biológico o circunstancial. El problema de esta esfera radica, en que no siempre se hace presente en nuestro día a día.
Pero, como la política se trata de hechos estrictamente hablando, surge la pregunta: ¿en qué sucesos calzan estos abstrusos conceptos sociológicos? Muy sencillo: en todas las manifestaciones mesiánicas del siglo XX. Y es que, ¿se sabe, acaso, cómo surgió su lado más tremebundo? Arendt respondería con objetividad la pregunta diciendo que la chispa del asunto fue la abolición de la subjetividad del individuo, la mutilación de la esfera de la acción del ciudadano común por parte de los totalitarismos. Para un gobierno totalitario la riqueza de la vida propia no sólo es ineficiente sino indeseable, porque deviene inevitablemente en rebeldía. Pero también resulta, que no todas las sociedades garantizan que sus integrantes puedan tener una vida intelectual sensu stricto o al menos acercarse.
E ahí el valor del pensamiento político de Arendt, postular la ley con la que mejor podemos observar un hecho político: cuando el hombre ve reducida y hasta mutilada su esfera de acción, cuando el hombre no comprende la importancia de cultivar una vida intelectual, de defender su libertad y de perseguir una felicidad propia y genuina, queda reducido a su más básica condición: la labor y el trabajo, convirtiéndose en el peón de un sistema que se mantiene a base de someter las libertades de los demás, y del que desertar no siempre es posible.
