Los celos

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La tarde se va, mientras mi sombra rompe la cinta de la máquina.  Es posible perder la cordura dentro de esta fortaleza, escucho  mis sentidos confabular.

¿Qué? ¿Qué quieren? ¡No atormenten!

Apagué el teléfono, pero la incertidumbre sigue latiendo en los huesos.

Maldigo el frío.

Quebré mis dedos para no escribir, para rasgar esto que anímicamente me atormenta. De nuevo vuelve a rodear mi alma, esta incertidumbre, estos pasos que me atrasan.

En un santiamén el filo de mi sangre se puso alerta.

Los recuerdos que estaban bloqueados, regresan a la carne como avalanchas; esas pláticas sin rumbo, la música, los detalles en los que sabía elegir las bebidas según la hora y sobre todo que combinaba sus zapatos.

–¿Quién piensa en los zapatos?

Trato de no imaginar, de apegarme a mis seres imaginarios, de contarme esas historias turbias en donde lo encontraba con cualquiera.

Pero no basta, sigue taladrando.

Ordeno mis ideas, tiemblan dentro.

Fluyo hacia el lado opuesto del río, pero extraño ese color que le ponía a mi oído y a las fantasías.

Me hierven las entrañas de celos. Me escaldan la lengua; si me detengo, si pongo atención puedo escuchar en el silencio y arder como papel china.

Debería estar tranquila, no hacer caso a sus conquistas, debería estar entretenida con nuevas palabras; pero al parecer tengo atada la piel a su carne.

–¡Estoy tan despegada de mí!

Soy un ladrón que huye desesperado porque siempre hurga en el bolso donde las verdades se acumulan.