Lugar seguro

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Hay días en los que el trabajo deja de ser trabajo.

Se convierte en un lugar donde intentas sostenerte mientras todo parece derrumbarse.

Nadie habla mucho de esos días.

Los días en los que sales de una reunión intentando mantener la compostura, caminas hasta la escalera de emergencia porque es el único lugar donde nadie te ve, te sientas unos minutos y, por primera vez en horas, dejas de ser el profesional.

Solo eres una persona intentando entender por qué duele tanto.

Porque sí.

A veces el pecho pesa.

Los ojos se llenan de lágrimas.

Y el ruido de la cabeza termina siendo más fuerte que cualquier conversación.

Cuando empecé a liderar, una persona a la que admiro me dijo una frase que, en ese momento, me pareció exagerada.

Prepárate para cuando todo esté mal.

Con los años entendí que no hablaba de un proyecto que fracasa ni de un indicador en rojo.

Hablaba de esos momentos donde el mundo deja de aplaudirte.

Donde las respuestas no llegan.

Donde las personas cambian.

Donde empiezas a preguntarte si realmente puedes con todo.

Porque crecer profesionalmente también implica atravesar temporadas donde uno se siente perdido.

Y no importa cuánto intentemos separar la vida del trabajo.

Somos humanos.

Lo que pasa en uno termina respirándose en el otro.

Hay decepciones que llegan a la oficina.

Hay miedos que se sientan con nosotros en las reuniones.

Hay silencios que pesan más que cualquier correo.

Y, aun así, seguimos adelante.

Quizá por eso he aprendido a valorar algo que antes daba por hecho.

Las personas que se convierten en refugio.

No las que tienen todas las respuestas.

Las que tienen tiempo.

Las que escuchan.

Las que abrazan.

Las que no intentan minimizar lo que sientes con un todo va a estar bien, sino que simplemente permanecen.

Hay personas que tienen un talento extraordinario para hacerte sentir en casa, incluso cuando todo alrededor parece un campo de batalla.

Y ese talento no aparece en un currículum.

No tiene un cargo.

No recibe bonos.

Pero cambia vidas.

Vivimos hablando de construir redes de contacto.

De hacer networking.

De ampliar nuestro círculo profesional.

Y pocas veces hablamos de cuidar a quienes sostienen nuestra salud emocional.

A quienes responden ese mensaje que escribimos con las manos temblando.

A quienes notan que detrás del estoy bien hay una batalla que no estamos contando.

A quienes aparecen sin hacer ruido, pero terminan siendo el lugar más seguro que tenemos.

Con el tiempo entendí que el verdadero privilegio no es conocer a muchas personas.

Es encontrar a unas pocas que se conviertan en hogar.

Esas que celebran tus logros, sí.

Pero, sobre todo, las que permanecen cuando no hay nada que celebrar.

Las que te recuerdan quién eres cuando tú empiezas a olvidarlo.

Hay una canción de Tini, Ellas, que me hizo pensar justamente en eso.

En esas personas que no siempre ocupan el centro de la historia, pero que son las que sostienen el escenario para que otros puedan seguir de pie.

Qué suerte tienen quienes encuentran un círculo así.

Y qué responsabilidad tan bonita ser ese lugar para alguien más.

Porque nunca sabemos qué batalla está librando la persona que tenemos al frente.

Tal vez hace diez minutos estaba llorando en una escalera de emergencia.

Tal vez sólo necesitaba que alguien la escuchara sin intentar arreglarla.

Tal vez nada más necesitaba sentir que no estaba sola.

Vivimos en un mundo que celebra a quienes llegan lejos.

Yo cada vez admiro más a quienes hacen que el camino de otros sea un poco menos pesado.

A quienes ofrecen un abrazo antes que un juicio.

Una escucha antes que un consejo.

Una presencia antes que una solución.

Porque los cargos cambian.

Los proyectos terminan.

Las crisis pasan.

Pero hay personas que se quedan para siempre en nuestra historia simplemente porque, cuando todo parecía derrumbarse, decidieron quedarse.

Y, a veces, eso salva mucho más que cualquier estrategia.