Maldita pandemia

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Roto o en piezas levantamos el cuerpo todos los días, intentando levantar también al estrés, a la paciencia y a la esperanza, nadie la tiene fácil, tenemos ya tres semanas con el Coronavirus cerca, impactando en cada calle, rincón y grieta cerca de nosotros, desde que lo veíamos lejano, afectando países de primer mundo, y hasta lo que ahora amenaza la tranquilidad en nuestra casa.

Me siento abrumada, todos los días, cada día, los mensajes, las llamadas, las críticas cercanas, es un tiempo de caos, caos cambiante, que muta a cada hora, a ratos pienso en el futuro, en qué va pasar cuando se me acaben los ánimos, cuando mi nivel de calma estalle y cuando mi salud no vaya bien, a veces pienso  en el presente, de repente, porque esta nueva idea de presente me ha cambiado por completo la vida, cuando me detengo a planear mi día, a quedarme ahí, y ya llegada la noche puedo pensar en el siguiente día, pero he olvidado hacer planes para el futuro, aquellas fiestas canceladas, los paseos, el viaje a la playa, y los abrazos pospuestos, no hay un futuro cierto.

El encierro ha sido el detonador de tormentas para muchas personas, mi caso es poco común; no hago cuarentena y por lo visto tampoco la haré, trabajo para el gobierno federal, mas particular, para el sector salud, del que tanto se habla, este sector que lo tiene que dar todo, con poco y en silencio, trabajo mediodía, una jornada pesada, en donde desfilan los rostros a medias (por el cubre bocas), los trajes de astronautas, el poco gel antibacterial y las preocupaciones comunitarias, trabajo con un equipo de gente que, en su mayoría, está comprometida, entusiasta de sacar un barco adelante, en donde somos conscientes del problema de salud más allá de esta singular pandemia, un lugar en donde la gente sigue llegando con gastritis, embarazos, fracturas o simples dolores del corazón, no hay lugar para el pánico y mucho menos fecha para un cierre, he mantenido mi mente ocupada las 7 horas que trabajo, en estar y aprovechar al máximo el tiempo lejos de casa, de mi familia y de mi hija, consciente del esfuerzo que hago cada día por salir adelante, en conjunto, por intentar mejorar el día de algunas pocas personas, porque afuera y desde mi teléfono el mundo está triste.

He tenido días de absoluta tristeza, soledad y hasta vergüenza, me da pena decir que salgo todos los días, que llevo a mi hija a la estancia (si, su estancia está abierta a madres trabajadoras del sector salud), y de regreso paso a la verdulería por jitomate, que mi esposo hace lo que puede, trabajando a puerta cerrada, en privado, girando los turnos, las jornadas, para intentar salir adelante todos los días, porque en la salud y en la enfermedad ¿no?, recibo las críticas de todos lados, ¡Cómo es posible, es que es tu salud!, pero la realidad es diferente para todos, enfrentamos retos diferentes, peleamos en diferentes frentes, aspiramos a felicidades distintas, a terrores individualizados y recaemos en muros muy nuestros, es fácil decir #quedatencasa desde el patio con jacuzzi, el menú listo y los niños jugando Xbox.

Supongo que es fácil decirlo desde la casa de Valle con hijos adolescentes que viven en el teléfono y ni platicar saben, desde mis ojos es difícil, con rentas que pagar, sueldos que pagar, alacena que mantener, el frutero por llenar y el tiempo por cubrir, desde mi cama, en donde mi ánimo, mi humor y hasta mi aspecto deben estar al 100% y saben qué, estoy hasta la madre, estoy nerviosa, tengo ganas de ver y abrazar a mi familia, extraño el gimnasio, las idas al súper con mi hija comiéndose una manzana, ir por hilos con mi mamá y tirarnos en el sillón a bordar, el cine, y extraño ver a la gente siendo normal, y no compitiendo estúpidamente por ver quién es el más productivo, el que mejor ordena el refri, el que les pone más actividades que un curso de verano a sus hijos, el que más ejercicio indoor hace, la mamá que más cocina y la familia que juega más juegos de mesa para estar unidos.

Seamos reales, hagamos todo lo que en nuestras manos esté, sin evangelizar con gel antibacterial al vecino y sin demandar comprensión como si fuera gasolina barata, mejoremos nuestros días, seamos positivos sin sonreír, y felices sin tomarnos una foto en el intento.

Maldito seas COVID19, QUE HASTA UNA COLUMNA TE TUVE QUE DEDICAR.