“Mi equipo”: con lealtad y respeto somos convivencia
Para hablar de la libertad en la acción humana hay que inmiscuirse –a profundidad– en elementos básicos como la dignidad, el respeto y la lealtad. Tienen todo que ver con la verdadera o la sana convivencia entre seres sociales. Sin embargo, existe un término medio: la persona desfalleciente, en unos casos desde la bondad y en otros desde la maldad, y éstos, junto a todos los demás tipos humanos que pueden existir en la sociedad, son los seres del Universo más dignos, con unos rasgos que no tiene ningún otro animal. Podemos hacer referencia a lo que decía Emmanuel Kant al respecto en el sentido de la idea de dignidad en tanto que somos seres de fines, no podemos ser utilizados como medios y no tenemos precio.
Así es, se trata de pasar de una simple idea normativa a una verdadera expresión de la realidad. Lo mágico de todo esto es que somos seres que podemos elegir, que tenemos la libertad psicológica, condicionada, a veces obstruida y limitada, pero que, al final, nos permite decir no. Esto va a implicar que somos personas, seres que tenemos condiciones para razonar y para construir conceptos generales, y de ahí surge el conocimiento filosófico, científico y técnico. Y esto hará posible el tema de la dignidad. Por ejemplo, Blaise Pascal compartía que toda nuestra dignidad está en nuestro pensamiento. También tenemos o podemos tener una sensibilidad estética, identificar sentimientos y emociones en el arte, literatura, música, pintura, escultura. Y no menos importante y determinante, es la capacidad que tenemos de comunicarnos y de dialogar, desde el hermoso instrumento del lenguaje, que es capaz de abrir la creación humana y por tanto la generación de cultura. Esto nos va a llevar al punto nodal más alto que es el tema de que somos seres capaces de convivir, pese a que hay que atravesar todo un sistema de normas sofisticadas y complejas, que pretenden encauzar y moderar todos los elementos negativos de la condición humana.
Ahora, pongamos enfrente el tema de la lealtad. Esta podrá definirse en términos morales, filosóficos, políticos y psicológicos. Podemos comenzar señalando que inició tratándose de una actitud confiable y positiva de las personas hacia lo que ha dado en llamarse el objeto de la lealtad. Sin embargo, si hablamos de una lealtad multipersonal implica la existencia de expectativas estructuradas de grupo, en relación con las cuales todos los miembros adquieren un compromiso. Bajo esta perspectiva, cabe señalar que con la lealtad tenemos lo que Martin Buber denominó el orden del universo, si colocamos como marco de referencia a la confianza, el mérito, el compromiso y la acción, esto por encima de las que podríamos llamar funciones psicológicas del sentir y el conocer. El interés en esta idea debe de ir mucho más allá de las nociones conductistas del respeto de la ley. Se trata entonces de que un miembro leal requiere de autoconocimiento, de interiorizar el espíritu de sus expectativas y asumir una serie de actitudes que se encaminen a cumplir con el mandato interior del ser, para encontrar un equilibrio entre el mandato de las expectativas externas y lo que nos ha indicado el ser desde la conciencia. Esto implica que no hay que olvidar el componente de obligación ética en la lealtad que estará en convenio directo con el sentido del deber, pero en equilibrio con el deber ser de las personas que se han comprometido por esa lealtad. Ahora bien, cuando nos topamos con una incapacidad de cumplir con el compromiso siempre traerá consigo un sentimiento de culpa regulado por fuerzas secundarias del sistema. Esto va a implicar que requerimos de una homeostasis del sistema lealtad que al final de cuentas dependerá de una regulación de culpas. Para ello hay que señalar que las distintas personas en el sistema tienen umbrales de culpa igualmente distintos, y resulta demasiado penoso mantener durante mucho tiempo un sistema regulado tan sólo por la culpa.
Al tiempo que la lealtad está determinada por la historia de vida del sistema del grupo de personas que lo conforma, la justicia del orden humano y sus mitos, el alcance de las obligaciones de cada persona y la forma de cumplirlas están codeterminados por el complejo emocional de cada persona en particular y por la posición que por sus méritos ocupa en el sistema. Los compromisos de lealtad son como fibras invisibles, pero resistentes que mantienen unidos fragmentos complejos de conducta relacional, tanto en las familias como en la sociedad en su conjunto. Es importante entonces señalar que para entender las funciones que cumple un grupo de gente, nada es más importante que saber quiénes están unidos por vínculos de lealtad y qué significa para ellos.
Esto nos llevará al debate respecto del hombre bueno. Podríamos decir que se trata del que es señalado por Séneca como El hombre es cosa sagrada para el hombre. Hablamos pues de una postura de carácter antropológico optimista y que fundamenta las sociedades abiertas y las ideologías liberales, democráticas y sociales. Tenemos entonces que se mezclan dos paradigmas que van conformando los momentos, las luces y las sombras de nuestra convivencia y de los talantes de las personas. Casi nadie obedece a los modelos puros, sino que se mezclan y se interpretan de acuerdo con la forma de ser de cada uno. De nuevo influye la educación, la pobreza, el egoísmo y aparece la violencia y otras expresiones más insidiosas de la maldad. Pueden inclusive aparecer descarnados perfiles perversos, malos modos, iniquidades, mentiras y junto a ellos bajezas insidiosas, etcétera. Junto a ellos, acciones nobles, con buen estilo y generosidad. Esto implica que las personas pueden pasar de la oscuridad a la luz y viceversa en sus comportamientos. Por ejemplo, podemos encontrarnos con el odio y el rencor en personas que no podíamos sospechar. Otras, nos utilizan o utilizamos a personas como si fueran medios, nos servimos de ellos, incluso les ponemos precio. Sin embargo, acá es donde tenemos que acudir al respeto. Con él no se faltará a la verdad en donde no habría posibilidad de la mentira y la injuria, no se dañaría sólo por dañar.
El respeto favorece la moderación, el juego limpio y la veracidad. La grandeza del respeto va a permitir que la lealtad nos garantice dar un paso y hacer frente a comportamientos inesperados, a traiciones, a desprecios y a conspiraciones. Por ejemplo, la traición es una tentación frecuente y la envidia o la alta opinión de uno mismo, cuando no una patología oculta, están en su origen. La lealtad nos asegura, nos da tranquilidad y, al tiempo, exige un comportamiento recíproco. En todo caso, ambas virtudes, respeto y lealtad, son condición y expresión de una vida digna, de una vida de personas libres.

